martes, 11 de diciembre de 2007

Grünewald vuelve a ambos lados del Rin

El realismo de los rostros, la precisión de la anatomía, los efectos dramáticos conseguidos gracias al dominio expresivo de los pliegues de los ropajes y, también, la pasión nórdica por la minuciosidad en la descripción del paisaje son ejemplos prodigiosos del arte de Matthias Grünewald. La explosión de virtuosismo que revela su obra quedó luego truncada, en Alemania, por el debate religioso entre la austeridad protestante y la Contrarreforma.

El guardián caído, obra realizada por Grünewald en 1515.

La ciudad francesa de Colmar y la alemana de Karlsruhe proponen hasta el 2 de marzo la extraordinaria posibilidad de descubrir la obra de ese artista mayor y mal conocido Mathis Neithart Gothart (1475-80/ 1528), pintor y dibujante más conocido como Matthias Grünewald.

En Colmar la propuesta se centra en la obra maestra que posee el museo, el celebérrimo retablo de Issenheim en madera de tilo pintada, de 3,30 metros por 5,90 metros, que ahora muestra todas sus caras. Si se mantiene cerrado, sólo es visible la Crucifixión. Si se abre parcialmente, el tema de la Anunciación se sitúa en primer plano. Y cuando la obra, con esculturas de Nicolas de Haguenau, se despliega al máximo, el protagonismo recae en San Antonio, ya sea recibiendo la visita del cuervo que le trae el pan, ya sea acosado por los diablos. Una quincena larga de dibujos preparatorios explica la manera en la que Grünewald concebía sus personajes y estudiaba cómo colocarlos en la madera. Su práctica marcó a muchos de sus contemporáneos, y eso es lo que la exposición intenta demostrar al convocar dibujos de Durero, Hans Baldung, Albrecht Altdorfer, Lucas Cranach, Hans Holbein o Leonardo da Vinci.

En Karlsruhe, que es el museo alemán con más obras de Grünewald en propiedad -tiene cuatro paneles y un dibujo de un total de 25 paneles y 35 dibujos-, se han reunido creaciones del artista dispersas por otros museos alemanes, en Oxford, Basilea o San Petersburgo. El espectador se encuentra así con un conjunto de 161 piezas -pinturas sobre madera, dibujos, esculturas- realizadas por sus contemporáneos. Los temas religiosos son centrales, obsesivos, pero el tratamiento es muy libre, naturalista o manierista, a menudo, alejado de las convenciones simbólicas medievales. En sus Cristos retorcidos de dolor, en esos hombres que sufren bajo la tortura, en esos músculos que se diría que quieren reventar la piel debido a la tensión a los que les someten los verdugos está la humanidad distinta de Grünewald y de todos los que, como él, conocen a la perfección los códigos iconográficos surgidos de los viejos retablos románicos pero son capaces de insuflarles una nueva vida.

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