lunes, 10 de diciembre de 2007

Vuelve la luz a la catedral de León

Pasados 200 años de la última restauración llevada a cabo en las vidrieras de la catedral de León, los maestros del vidrio vuelven a subir a su tejado ante la mirada atónita de las palomas. Ascienden por escaleras de caracol talladas en piedra y sortean tejas de estilo árabe y arcos góticos hasta acceder a la parte superior del ábside, sobre un andamio instalado a 26 metros de altura y donde se está desarrollando la mayor restauración en la historia del templo. Son 450 metros cuadrados de cristales de colores tan deteriorados por la corrosión y el tiempo que apenas dejan pasar la luz. Ahora, los artesanos del Taller de Vidrieras de la Catedral de León se encargan de recuperar, con un presupuesto de 4,5 millones de euros hasta 2009, cada pieza engarzada con mensajes bíblicos.

"Se realiza un trabajo de restauración y, sobre todo, de conservación preventiva. El deterioro se debe a agentes corrosivos en la atmósfera, microorganismos, lluvia, contaminación, actos vandálicos..., así que tratamos de evitar que se vuelva a repetir", explica José Manuel Rodríguez, coordinador del proyecto. Nadie olvida que en los años noventa, la mano del hombre destruyó varios vitrales a pedradas. Por eso se ha instalado ahora un sistema de protección doble: por un lado, una rejilla metálica exterior que evita impactos en las vidrieras, y, por otro, un segundo vidrio transparente que crea una cámara isotérmica para evitar daños por la condensación del aire. En total, tres capas hasta llegar a los paneles originales, que ganan tres diafragmas de luz después de pasar por una limpieza a fondo. "En realidad, no se hace restauración de autor y los conservadores tienen muy poco margen de maniobra. Ahora sólo se limpia y recupera lo que hay, no es como en el siglo XIX, la última vez que se restauraron las vidrieras, cuando creemos que, incluso, se añadieron algunos vidrios en huecos que anteriormente no estaban cubiertos", advierte Rodríguez. Por suerte, aquellos maestros vidrieros que en 1895 salvaron a la catedral de la ruina eran unos fanáticos del medievo y respetaron el estilo gótico francés de León que imitaba modelos como las catedrales de Reims y Amiens. Los colores predominantes, azul, rojo, amarillo y verde, volvían a vestir túnicas de reyes y profetas, apóstoles y ángeles que forman la cabecera del templo.

El reto del Taller de Vidrieras es repetir la hazaña o incluso mejorarla, con un estudio exhaustivo de las técnicas y materiales del siglo XIII al XIV. Los restauradores trabajan a pocos metros de la catedral, en un submundo de polvo, grisalla, plomo, pinceles y bisturís que descubren los dibujos oxidados. De ellos depende que se cumpla el mensaje simbólico de la época, que intentaba acercar la historia del cristianismo al pueblo analfabeto mediante dibujos. Desde el ábside orientado al este, hasta el sur, el recorrido del sol va iluminando a lo largo del día la iconografía religiosa. En la zona norte, formado por pasajes del Antiguo Testamento que no conocieron a Jesús, es decir, no fueron "iluminados", nunca llega la luz del sol directamente. El Árbol de Jesé o genealogía de Jesús, creado en el siglo XIII, es una de las joyas que acaba de llegar a las mesas de trabajo del taller, con una corrosión tan avanzada que apenas se puede distinguir el rostro del Pantócrator. "Esta vidriera está tan mal que después de limpiarla va a ser espectacular el cambio en los colores", afirma con entusiasmo la restauradora Arantxa Revuelta, mientras observa a través de una macrolupa las partículas de suciedad que cubren la figura religiosa. "Nuestro proceso de restauración comienza con la documentación fotográfica de cada panel que recibimos, para registrar su estado inicial, el proceso de trabajo y el resultado. Luego calcamos el emplomado en acetato, para saber por dónde van el plomo que une los vidrios, y a partir de ahí limpiamos en seco, corregimos posible abombamiento o deterioro del plomo y recuperamos la grisalla", describe Revuelta. Los restauradores son reacios a añadir piezas nuevas a las vidrieras. Sólo cuando se ha perdido algún vidrio se deciden a colocar otro nuevo, siguiendo las técnicas medievales que empleaban grisalla cocida al horno sobre vidrio soplado. Para garantizar que todo el proceso de recuperación respeta el modelo original, se ha creado un comité de expertos pionero, que cada dos meses supervisa las tareas del taller. Entre sus nombres figuran grandes maestros del vidrio como Carlos Muñoz de Pablos, premio de las Artes de Castilla y León; José María Fernández Navarro, químico del CSIC, o el vidriero flamenco Joost Caen, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de Bélgica. "A veces pueden surgir dudas porque en un mismo panel conviven vidrieras de distintos siglos, así que se consulta a los expertos para asegurarnos de que el resultado es el que buscamos", señala Revuelta.

El tiempo medio de restauración de una vidriera es de dos meses. El equipo de conservación calcula que serán necesarios 12 años y 16 millones de euros para recuperar los 1.800 metros cuadrados de vidrieras de toda la catedral, con 737 piezas, 3 rosetones de 8 metros de diámetro, 31 ventanales de 12 metros de altura y 48 espacios de diverso tamaño. No sólo se trata de recuperar el vidrio y confiar en una mayor protección de las piezas. El último paso antes de devolver las figuras a su lugar original consiste en crear un bastidor de latón que rodea el vidrio, a modo de marco artificial que antes no existía. Esto asegurará que las futuras restauraciones -quizás dentro de otros dos siglos- resulten más fáciles para los artesanos.

A más de 20 metros de altura, la coordinadora de montaje y desmontaje, Begoña Morán, habla con orgullo de esa "museización in situ de las vidrieras", mientras coloca con soltura un pétalo de rosa que compone la figura del Ángel Turiferario sobre un fondo de azul rabioso.

De momento, el taller ha restaurado 150 metros cuadrados, de los que 100 ya han sido instalados de nuevo en su lugar original. El proyecto de recuperación, fruto de la colaboración entre la Junta de Castilla y León, el cabildo de la catedral y Caja España, tiene por delante otros 1.650 metros cuadrados que dependerán de la aprobación de presupuestos durante la próxima década.

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