martes, 15 de enero de 2008

Diego Rivera, vida y pasión al fresco

Entre los grandes tesoros artísticos de México se halla el muralismo, que ha dado nombres tan ilustres como David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Diego Rivera, de quien se acaba de conmemorar el centenario de su nacimiento. La editorial Taschen, en colaboración con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México (Conaculta), ha publicado el estudio más completo realizado hasta la fecha sobre la obra mural de Rivera, que recoge en su totalidad en una edición de gran formato. Este ambicioso proyecto lo firman Luis Martín Lozano (historiador del arte, comisario, crítico y director del Museo de Arte Moderno de México de 2001 a 2007) y Juan Rafael Coronel Rivera (poeta, historiador, fotógrafo y comisario), quienes aportan abundante material inédito, entre documentos y fotografías, además de la reproducción de toda la obra mural, con profusión de detalles. Este monumental estudio se completa con un apartado dedicado a su obra de caballete (con más de 200 piezas realizadas entre 1929 y 1940) y una cronología artística.

Tras pasar trece años en Europa, Rivera regresó a México en 1921 para realizar murales al fresco, que le dieron fama internacional. Aprovechó el artista la decoración en los muros de importantes edificios públicos para reflejar su compromiso estético, político y social: la historia de México, la lucha de las clases trabajadoras, la reivindicación del indigenismo... Y es que la historia de este país centroamericano está grabada en cuevas, pirámides, tumbas, templos, iglesias, conventos, palacios y en los muros de sus edificios. La escuela muralista mexicana surge en la primera mitad del siglo XX, como consecuencia de la revolución de 1910. Diego Rivera se inició en el muralismo en 1921 con «La Creación» para el antiguo Colegio de San Ildefonso, una alegoría pictórica que quedó inconclusa. No abandonó los murales durante 35 años.

Tina Medotti, Los Angeles; por Edward Weston (1921)


Entre el interesante material fotográfico que incluye el libro, destacan fotografías de Rivera pintando sus murales realizadas por Tina Modotti, la célebre fotógrafa italiana que en 1922 llegó a México con Edward Weston y entabló una íntima amistad con Rivera, Kahlo, Siqueiros... Destacada luchadora antifascista, se afilió, al igual que Diego Rivera, al Partido Comunista Mexicano.

La Secretaría de Educación Pública y la Universidad Autónoma de Chapingo fueron dos de las primeras instituciones mexicanas en contar con murales de Rivera en sus paredes. La epopeya del pueblo mexicano quedó plasmada por Rivera en 276 metros cuadrados en los muros de la escalera del Palacio Nacional de la Ciudad de México, en los que trabajó de 1929 a 1935. Como curiosidad, cambió la imagen del dios Quetzalcóatl por la de Marx. En el mural del Palacio de Cortés en Cuernavaca, que hizo en esos años Rivera, rindió un tributo al mestizaje. En él aparece Zapata, el famoso guerrillero de sangre indígena.

Aunque México atesora la mayor parte de sus trabajos murales, Estados Unidos también cuenta con excepcionales ejemplos. Llegó a San Francisco en 1930 e hizo obras para el Luncheon Club y el Instituto de Arte de San Francisco. Su identificación con los trotkistas le valió la cancelación de sus proyectos en la URSS y su expulsión del Partido Comunista mexicano en 1929 por lo que consideraron una postura ideológica de corte burgués. Se emprendió entonces una campaña internacional de desprestigio, al que se sumó Siqueiros, que le tachó de oportunista, individualista y demagogo.

Pero su triunfo norteamericano llegó con la invitación de Frances Flynn Paine —empresaria artística y promotora de las artes populares mexicanas— para hacer una retrospectiva de Rivera en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Diego y Frida se instalaron durante tres meses en el Hotel Barbizon Plaza. A muchos llamó la atención que la postura abiertamente anticapitalista de Rivera no molestara a los ricos inversionistas estadounidenses. Incluso recibió un encargo del Instituto de Artes de Detroit en una época en la que las relaciones entre México y EE.UU. eran bastante tensas.

El episodio más polémico de su carrera como muralista lo vivió en Nueva York. El Centro Rockefeller invitó a tres artistas para competir por un mural: Picasso, Matisse y Rivera. El español ni siquiera contestó, Matisse no estuvo de acuerdo. La hizo el mexicano, pero su decisión de introducir la figura de Lenin desató la guerra. Se negó a quitarla y, tras recibir sus honorarios, el 9 de febrero de 1934 se destruyó el mural. Rivera pidió al Gobierno mexicano un lugar donde volver a crear la obra: la rehizo en el Palacio de Bellas Artes. El escándalo del Centro Rockefeller provocó que le retiraran un encargo para el pabellón de General Motors en la Feria Mundial de Chicago. El dinero que cobró del Centro Rockefeller lo empleó en un «Retrato de América» para la New Worker's School, sede del Partido Comunista. «Por primera vez pinté un muro que pertenecía a los obreros», comentó el artista.

El presidente mexicano Miguel Alemán declaró patrimonio nacional todos los murales y creó la Comisión de Pintura Mural, constituida por Siqueiros, Orozco y Rivera. Ellos escogían a los candidatos para decorar los inmuebles públicos. Uno de los más bellos murales de Rivera es «Sueño de una tarde dominical en la Alameda central», creado originalmente para el Hotel del Prado y que desde 1986 se halla en el Museo Mural Diego Rivera. Concebido como una enciclopedia imaginaria de los personajes de la historia mexicana, aparecen en él más de 150 figuras. En el centro, Rivera se autorretrata a los 9 años. De sus bolsillos asoman un sapo y una culebra. Da la mano a la calavera Catrina, creada por José Guadalupe Posada. A su lado, Frida sostiene el símbolo del yin y el yang (el eterno retorno). En el plano superior, las figuras de Benito Juárez, Porfirio Díaz y Francisco I. Madero. El arzobispo se negó a bendecir el hotel por una frase que incluyó Rivera («Dios no existe») en un pergamino en manos de Ignacio Ramírez. Por dicha frase el mural sufrió dos atentados y hubo agresiones a la Casa Azul de Coyoacán y al estudio de Rivera. Durante nueve años el mural estuvo cubierto por un biombo plegable.

El libro se cierra con dos murales perdidos: «Pesadilla de guerra y sueño de paz» y «Gloriosa victoria». Rivera denunció el secuestro del primero. Parece que se destruyó. El segundo apareció en el Museo Pushkin de Moscú.

Natividad Pulido (Madrid), Diego Rivera, vida y pasión al fresco, ABC, 14 de enero de 2008

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