La revolución sensual de Klimt

La fachada de estilo georgiano de la Neue Galerie fue diseñada en la esquina de la calle 86 con la Quinta Avenida por los arquitectos Carrere & Hastings para el industrial William Starr Miller en 1914. Y no da pistas del impresionante diseño que espera en el interior. Esta joya de museo es el sueño hecho realidad de sus cofundadores, el filántropo Ronald S. Lauder y el coleccionista Serge Sabarsky. Este último murió en 1996, antes de que se completara la reforma del museo, y fueron Lauder y la arquitecta Anabelle Selldorf quienes acabaron de dar carta de naturaleza a este oasis en pleno Manhattan.

Esperanza II, 1907-1908. Neue Galerie, New York

La exposición de Gustav Klimt [que hasta el 30 de enero muestra la retrospectiva más completa del artista austriaco que se ha organizado en Estados Unidos] refleja perfectamente la dedicación exclusiva del museo al arte expresionista alemán y austriaco. Después de romper con sus conservadores inicios, Klimt se convirtió en el primer presidente de los Secesionistas, cuya revista, Ver Sacrum, declaró la guerra al arte académico y estableció nuevas reglas para la pintura, la arquitectura, la música, el diseño y el grabado.

Su rebelión se plasmó en creaciones para la vida moderna: muebles, espacios para habitar, iluminación, vajillas, cuberterías y vestidos formaban parte de su estética, y en la tienda del museo se venden fieles reproducciones de diseños de Josef Hoffman, Adolf Loos y Kolman Moser. El Café Sabarsky, en el interior, domina Central Park y sirve a diario auténtica comida típica de la capital austriaca de la mano del principal chef vienés de Nueva York.

Se podría pensar que esta ciudad, donde se establecieron tantos exiliados europeos a causa de la II Guerra Mundial, incluidos los herederos de Freud y el psicoanálisis, debería haber sido el hogar natural para la obra de Klimt y de los expresionistas alemanes. Pero no fue así. En aquella época, arte implicaba francés. Modernismo significaba Picasso, Braque, Duchamp, Mondrian, Calder y Frank Lloyd Wright. A continuación, y en veloz carrerilla hasta Jackson Pollock, los expresionistas abstractos de Nueva York, Andy Warhol y el arte pop. Las corrientes figurativas quedaron relegadas y se llegaron a vender magníficos dibujos a precios bochornosamente bajos. La Mittel Europa, hasta hace 30 años, no estaba en la mente de nadie.

Lo extraordinario de la exposición reside en su alcance: incluye 120 dibujos de Klimt, que abarcan desde sus comienzos conservadores y academicistas hasta sus más audaces y eróticos desnudos, entre ellos varios bocetos de una mujer en avanzado estado de gestación.

Gustav Klimt, a la entrada de su estudio

La Viena fin de siècle de Klimt era una ciudad oscura e inquietante, de profundas contradicciones. Chocaban, en dramáticos enfrentamientos, los intelectuales modernistas y la rancia vacuidad del Imperio Austro-húngaro, con su sexualidad sumergida, su difunta clase militar y su burguesía confusa y reprimida. Fue la ciudad natal de Freud, pero también la que engendró a Hitler. Ninguna semejanza con la Barcelona de Picasso, y mucho menos con París: Viena era puro morbo.

En mi opinión, la pieza maestra de la exposición, el Retrato de Adele Bloch-Bauer, que alcanzó notoriedad gracias a los 93,4 millones de euros que pagó por su adquisición la Neue Galerie, tiene un aire hosco. Como si Klimt se sintiera oprimido por haber tenido que pintar tantas damas de sociedad. Mucho más atractivos son sus paisajes. Casa del guarda en Weisenbach junto al lago Attersee tiene una cualidad mágica: Klimt parecía más libre, más en paz, rodeado de frondosa naturaleza.

Fue en esta casa del guarda donde el artista pasó temporadas con la cuñada de su hermano, Emilie Flöge. Se conocieron cuando Emilie tenía 17 años y Klimt 29, y su colaboración duró hasta la muerte del pintor, 27 años después. Los retratos y fotografías que Klimt hizo a Emilie no son tan distantes como sus retratos de sociedad ni tan despiadadamente eróticos como sus desnudos. De hecho, en su glamuroso retrato (en el catálogo) de Emilie en azul, de 1902, ella parece ruborizarse. Es imprescindible la reproducción fotográfica del impresionante Friso de Beethoven [que se conserva en el Museo Belvedere de Viena]. También destaca la reconstrucción del estudio de Klimt, con su mobiliario y objetos decorativos.

Traducción de News Clips

Bárbara Probst Salomón, La revolución sensual de Klimt, El País, domingo, 6 de enero de 2008

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