Memamorfosis neoyorquinas

Desde la séptima y última planta del New Museum of Contemporary Art, diáfana y casi transparente, hay una impresionante vista de Manhattan: quien quiera ser testigo de la transformación de la calle Bowery, en el Lower East Side, encontrará en ella la mejor perspectiva de un barrio en plena transformación. Un lugar donde antes también convivían arte y mala vida, pero de forma muy diferente. En los moteles baratos de Bowery estuvo más de un poeta beat, y creadores como Robert Frank o Jim Jarmusch residieron en un barrio de pobres y prostitutas. Hasta el punk se concibió ahí, en el CBGB, local que alumbró a Patti Smith y Talking Heads. Pero los tiempos han cambiado, el CBGB se vio obligado a cerrar sus puertas en 2006 debido al aumento desproporcionado de los alquileres, y hoy se abren hoteles de lujo y spas.

Hace un mes se inauguró el nuevo museo dedicado al arte joven. Nueva sede de una institución concebida en 1977 por una comisaria, Marcia Tucker, despedida del Whitney Museum of Art por ser demasiado radical. Con su llegada, el barrio comenzó su metamorfosis, una de las más radicales que han ocurrido en los últimos años en el siempre cambiante Nueva York.

Fue precisamente el anuncio en 2003 de que el New Museum se trasladaba del ultrachic Soho al áspero Bowery lo que disparó el mercado inmobiliario de un área en la que en apenas en cuatro años han nacido hoteles y condominios de lujo a expensas de inquilinos poco pudientes que ahora se ven obligados a abandonarla. Muchos de ellos eran artistas como Zito, un retratista cuyo antiguo estudio en la calle Ludlow ha sido sustituido por un spa. Y aunque en la zona siempre hubo un rico circuito de arte underground repartido en locales como el del Collective Unconscius, hoy desaparecido, la llegada de una nueva hornada de galerías de arte ha convertido el Lower East Side en una de las mecas artísticas oficiales de la ciudad.

La mayoría son mucho más tradicionales y comerciales que las de colectivos que llevan décadas en el barrio como ABC No Río, que resisten atrincherados los ataques del mercado inmobiliario, pero comparadas con las galerías de Chelsea, las del Lower East Side y aledaños (East Village y Chinatown) aún tienen cierto sabor independiente. "Nos instalamos aquí porque no queríamos ser un punto más perdido en el océano de galerías de Chelsea", explica Mirabelle Marlen, quien abrió Rivington Arms junto a Melissa Bent en 2002, con 22 años y recién licenciadas en Historia del Arte. "Queríamos mostrar a artistas que empezaban, emergentes, gente joven fuera de los circuitos comerciales, y en Chelsea había demasiada presión. Además, los alquileres eran mucho más altos".

Claro que las dimensiones de los espacios de Chelsea son grandiosas comparadas con las de esta zona. Aquí sería imposible crear algo como Gagosian o Paula Cooper (dos de las galerías insignia de Chelsea), porque no se trata de edificios industriales, sino de antiguas construcciones residenciales en las que a principios del siglo XX se hacinaban los obreros para trabajar en fábricas como las que había en Chelsea. "Para un artista joven y sin dinero, tener que llenar paredes inmensas significa mucho trabajo y mucha inversión. Aquí, además, la experiencia para el visitante también es más íntima", asegura Augusto Arbizo, responsable de Eleven Rivington, un espacio que acaba de inaugurarse y que constituye la segunda pata de la galería Greenberg Van Doren.

Los coleccionistas han empezado también a pasearse por el Lower East Side. Además, el boyante momento que vive el mundo del arte, con ventas imparables desde hace cinco años, permite a los galeristas expandir horizontes. "El New Museum va a traer visitantes y negocios. Lo malo es que cuando una zona se pone de moda los alquileres se disparan y mucha gente se ve obligada a irse. Y en este caso muchos de los perjudicados han sido artistas", afirma Deborah Fries, una veterana de otras épocas cuyo Fusionarts Museum ha resistido durante casi dos décadas el envite de los tiempos.

Hoy los museos y el arte en general ya no pueden separarse del patrocinio comercial. Durante la fiesta de inauguración del New Museum, patrocinada por Calvin Klein, la puerta de este edificio, que ha costado 40 millones de euros y ha sido diseñado por los japoneses Kazuyo Sejima y Ryue Nishizahua / SANAA, ofrecía focos, paparazzi y alfombra roja, mientras a 10 metros de la escena, otra fila de personajes muy diferentes dejaba constancia de lo que fue Bowery y de lo que muy pronto dejará de ser: una treintena de homeless (sin techo) y yonkies hacían cola, como viene ocurriendo desde hace más de un siglo, para entrar en el refugio para pobres más antiguo de Nueva York, el Bowery Mission.

Wallace Whitney, de la galería Canada, gestionada por artistas y escondida en un edificio del contiguo Chinatown desde 2001, lo explica así. "Cuando nosotros abrimos aquí no venía nadie. Pero lo cierto es que el boom que vive el mercado del arte, que se ha reflejado en la apertura de un montón de galerías, permite que ahora muchos artistas jóvenes podamos vivir del arte, y eso, hace una década, era impensable. Es inevitable ponerse nostálgico, pero mientras los creadores no se vuelvan más comerciales sólo para vender, lo que está ocurriendo en el Lower East Side es positivo".

Barbara Celis, Metamorfosis neoyorquinas, El País, miércoles, 9 de enero de 2008

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