El renacimiento de José Guerrero

José Guerrero (Granada, 1914- 1991) fue, además del gran representante español del expresionismo abstracto estadounidense, amigo y confesor de gente tan indispensable como Motherwell, Pollock o Rothko. Antes de trasladarse definitivamente a Nueva York, animado por su esposa, la periodista neoyorquina Roxana Pollock (nada que ver con el gurú de la action painting), Guerrero vivió una etapa figurativa y algunos acercamientos al cubismo desde lugares como Madrid, París, Roma y Londres. Pero tras hacerse un autorretrato justo a su llegada a Nueva York -su último cuadro figurativo- se volcó completamente en el expresionismo abstracto, inyectándole su contundente brochazo de colores brillantes y cálidos.

José Guerrero trabajando en la obra Ronda en su estudio de Nueva York a principios de los años ochenta -ARCHIVO JOSÉ GUERRERO

La historiadora del arte Inés Vallejo y Yolanda Romero, directora del Centro Guerrero de la Diputación de Granada, emprendieron hace poco más de tres años un intenso trabajo de investigación "casi policial", en palabras de Vallejo, para producir el catálogo razonado de José Guerrero. Un compendio definitivo de dos volúmenes de 1.300 páginas y ocho kilos de peso, a través de los cuales se puede ver "la evolución de un artista que hizo historia en el expresionismo de Estados Unidos y que sólo se empezó a conocer en España hacia los años ochenta", afirma Inés Vallejo. En el catálogo figuran también textos de los historiadores y críticos de arte Juan Antonio Ramírez y Serge Guilbaut.

No fue una tarea fácil. Con el respaldo de la Fundación Telefónica, ambas lograron desplegar una especie de operativo de búsqueda de las obras en museos, fundaciones e instituciones del mundo. Y lo más complicado de todo, localizaron a coleccionistas particulares e incluso a propietarios de guerreros que no tenían ni idea de que poseían un guerrero.

Guerrero y Robert Motherwell. Greenwich Village, 1979.- A. J. G.

Su incansable búsqueda las llevó el año pasado hasta el que fuera el antiguo estudio del artista en el barrio de Chelsea, en Nueva York, hoy reconvertido en buhardilla, donde sólo queda un rasgo inconfundible de su pasado bohemio: una estrecha y alargada rendija sobre la escalera que el pintor utilizaba para meter y sacar sus cuadros. "Para Guerrero, su paso por Nueva York fue fundamental. Fue allí donde se formó como artista", afirma Vallejo. El propio Guerrero lo recordaba en una pequeña biografía escrita por Antonio Muñoz Molina: "En aquella ciudad y en aquel mundo había un desafío tan grande que no era posible rendirse. Aprendí de todos esos artistas una cosa que nadie me puede quitar: su coraje, su libertad y su potencia".

Guerrero fue bien acogido en el círculo artístico de Nueva York, donde entabló amistad con creadores de la talla de Steinberg, Rothko, Lindner, Motherwell o Kline. Además, Betty Parson, una de las más importantes galeristas del momento, se convirtió en la marchante de sus obras.

Unos archivos decisivos

Justamente los archivos de Parson fueron pieza fundamental en el rastreo de las obras de Guerrero. "Anotaba los nombres y las direcciones de los compradores, así que con esos datos pudimos localizar varias obras, a pesar de que habían pasado más de 50 años", explica la responsable del catálogo. Otros archivos fundamentales fueron los que con esmero llevaba Roxane Pollok, su esposa, a quien está dedicada esta obra.

Además del internamiento en viejos archivos de galeristas y museos, Inés Vallejo y Yolanda Romero prácticamente empapelaron con letreros de Se busca las principales galerías y centros de arte y publicaron anuncios en los principales diarios de todo el mundo. Incluso encontraron un lienzo de Guerrero en Alaska. Entre las 1.500 obras que lograron recoger para este catálogo razonado, figuran piezas que se adquirieron hace muchos años en el Rastro de Madrid, varios cuadernos de dibujo del artista y cómo no, se quedaron por fuera presuntos guerreros que no pasaron los muy rigurosos exámenes.

Una de las obras más conocidas de Guerrero es La brecha de Viznar (1966), retrato de la muerte de García Lorca, a quien conoció en su juventud en Granada, y probablemente responsable de que él viajara a Madrid a buscarse la vida como artista. En los ochenta y noventa volvería al tema en La brecha II y La brecha III. Menos conocidos son sus lienzos coloristas, producidos en Nueva York entre 1950 y 1980.

Carolina Ethel/Bárbara Celis (Madrid/Nueva York), El renacimiento de José Guerrero, El PaÍS, 27 de marzo de 2008

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