sábado, 8 de marzo de 2008

El romántico tecnológico

La publicación de la obra completa de Richard Rogers en tres volúmenes que acaba de editar Phaidon propone la ocasión de realizar una mirada retrospectiva sobre el significado de la visión cultural del siglo XX que se ha realizado a través de la obra de este arquitecto, premio Pritzker 2007, cuya trayectoria acaba de ser objeto de una retrospectiva en el Centre Pompidou (edificio del que Rogers es autor junto a Renzo Piano).

La monografía, rigurosamente supervisada por Kenneth Powell, resulta extremadamente útil por su didáctica narración, la cuidada utilización de gráficos y dibujos de arquitectura, junto con fotos de los edificios en uso. Aunque pueda incurrir en algún momento en una excesiva amabilidad a la hora de retratar al individuo, en su trascendencia como obra crítica supera con creces la grandilocuencia iconográfica y el elogio vacuo que suele estilarse en este tipo de publicaciones. El análisis que brinda de la personalidad arquitectónica de Richard Rogers permite diseccionar la figura de un arquitecto prototípico de una época: del desarrollo de su trabajo en la segunda parte del siglo XX y cómo ésta se ha sabido adecuar, con virtudes y defectos, al presente.

Fecha de nacimiento. El relato biográfico de Rogers marca un vínculo profundo con la práctica y la vivencia reflexiva sobre la arquitectura casi desde el mismo momento de su nacimiento en Florencia en 1933: hijo de una familia culta e intelectual, cuenta entre sus parentescos con relevantes nombres de la arquitectura italiana del siglo XX, y desde muy temprano se equilibró entre la impregnación por el omnipotente peso de la dimensión histórica de la ciudad adquirido en Italia y una especie de instintiva atracción por el espíritu del diseño moderno, que se afirmaría cuando comenzó sus estudios en la Architectural Association en 1954. Alllí, Rogers vivió la energía intelectual del Londres de posguerra.

Comenzó a afianzar la preocupación por la función social de la arquitectura, que ha definido su aproximación ideológica, y los planteamientos de su lenguaje arqui-tectónico a partir de su estancia en EE.UU. a comienzos de los años 60, cursando estudios en la Universidad de Yale, donde afirma que fue «subyugado» por la obra de Frank Lloyd Wright y de los maestros modernos, y en donde constituyó una profunda revelación la experiencia de la esencia norteamericana de la modernidad. En Yale se forjó la amistad y afinidad intelectual entre Rogers y Norman Foster, que culminaría en la fundación del efímero estudio Team 4 en Londres. «Éramos la primera generación que fue inspirada por los maestros del Movimiento Moderno, pero sin subordinarse a él. Fuimos una generación afortunada», afirma Rogers, valorando aquellas tempranas trayectorias de dos de los arquitectos que definirían la arquitectura británica de la segunda mitad del sigloXX. En 1967, Rogers estableció un nuevo estudio junto a su esposa Su, socióloga de formación, que fue definiendo un interés activo por la arquitectura. Un periodo poco prolífico en términos constructivos -en el que diseñó fundamentalmente proyectos para viviendas unifamiliares, edificios industriales y algunos prototipos experimentales netamente representativos de la evolución del lenguaje moderno-, pero que resultaría decisivo para la consolidación de la visión arquitectónica de Rogers, que llevaría a la asociación con Piano en 1970.

Esperanza del 68. Juntos diseñaron el proyecto para el concurso del Centro Pompidou en 1971, un edificio que -aunque finalizado en 1977- «expresaba las esperanzas de 1968», y en el que cristalizaron las influencias que Rogers recibió durante sus años de formación londinense, además de las ideas visionarias e idealistas de Archigram y de los arquitectos de las primeras vanguardias. En él se expresa con mayor intensidad la fuerza creativa del equipo que dirigieron Piano y Rogers durante casi toda la década. La separación profesional entre ambos se produjo tras ganar el segundo el concurso para la sede del Banco Lloyd?s en 1978, lo que supuso su definitivo reconocimiento como uno de los principales arquitectos internacionales y la posibilidad de llevar adelante el establecimiento sólido de un concepto de estudio arquitectónico multidisciplinar: un concepto que planteaba una definición eficaz del trabajo del arquitecto y su posición como agente social, tratando de resultar coherente para manejarse y servir dentro de las estructuras y jerarquías de funcionamiento económico, político y social del final del siglo XX. La arquitectura de Rogers es reflejo de la comprensión más racional de la mentalidad y de los ideales modernos: de la arquitectura como símbolo de valores y esperanzas de progreso universales y de la convicción en el potencial transformador de la última tecnología.

Una firma sólida. Constituida a la manera de una corporación, Richard Rogers Partnership inicia una trayectoria que, en esta monografía, queda recogida en el segundo y tercer volúmenes, dedicados a las grandes estructuras que ha construido alrededor del mundo desde su constitución a inicios de la década de los años 80 y que se mantiene en plena fuerza, siendo hoy su mayor aval la garantía de buen rendimiento y calidad que toda compañía fuerte y prestigiosa puede garantizar a un cliente.

Si el nombre de Richard Rogers se relaciona inmediatamente con lo que se dio en llamar en los años setenta high-tech, posiblemente la lectura de su biografía induzca a reflexionar cierta ingenuidad y maleabilidad intelectual de un arquitecto que puso toda su esperanza en la tecnología, esperanza que terminó llevándole a un camino estancado, ya que el hecho de hacer arquitectura trasciende la posibilidad del uso del potencial tecnológico del momento. Suponer que la tecnología permitiría desarrollar un lenguaje arquitectónico fue un error, por lo que Rogers se vio obligado a recurrir a lenguajes en boga en determinado periodo que le llevaron a concebir proyectos de valor arquitectónico discutible, así como le supuso -siguiendo el cambio de los vientos- adoptar un discurso forzadamente ecologista -en el que muchas de sus obras actuales difícilmente encajan- para complacer en cierto modo a los pedidos del establishment para el que trabaja, pero que en modo alguno invalida su importancia definitiva como figura de la arquitectura del siglo XX.

Fredy Massad, El romántico tecnológico, ABCD las Artes y Letras, núm 839, 1 de marzo de 2008

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