jueves, 20 de marzo de 2008

Sebastiano el incomprendido

Veneciano de nacimiento, contemporáneo de Leonardo, Miguel Ángel, Rafael y Tiziano, Sebastiano Luciani (1485-1547), llamado "el del Piombo", ha sido quizá uno de los proscritos de la historia del arte. Eso creía al menos Nabokov, quejoso de la "indebida incomprensión" que rodeó a este tipo equilibrado, laico y progresista, músico de talento y conversador cultísimo que prefirió pintar poco a competir por la gloria. Ahora, el Palazzo Venezia de Roma reivindica la maestría de este buen perdedor renacentista, al dedicarle su primera, y deslumbrante, exposición monográfica, abierta hasta el 18 de mayo de 2008.

Retrato de soldado (1512), una de las obras de Del Piombo que se exhiben en Roma

Hace casi 500 años, en 1511, Sebastiano del Piombo decidió dejar su Venecia natal, donde se habían ninguneado sus pinturas al fresco en diversas iglesias, para buscarse la vida en Roma. El banquero del Papa, y mecenas por antonomasia de la época, Agostino Chigi, le contrató para trabajar en su imponente villa pegada al Tíber, La Farnesina, entonces en construcción.

Si era 1511, la cosa andaba francamente mal para triunfar en los feudos vaticanos. El agua del Tíber destilaba veneno -siete Papas en apenas cuatro décadas-, Miguel Ángel estaba en el andamio pintando la Capilla Sixtina, y Rafael trabajaba a pocos metros, en las estancias vaticanas que hoy le deben el nombre. Rafael no sólo era un pintor sublime, sino el jefe máximo de una pujante escuela que tenía entre sus garzoni, aprendices, a Giovanni da Udine, Perin del Vaga y Polidoro da Caravaggio. Además, era protegido de Chigi, así que no debió gustarle el fichaje de Luciani. Éste decidió hacer amistad con Miguel Ángel, que lo adoptó y le enseñó a mejorar sus bocetos, según se dice, para contrarrestar la hegemonía de la escuela del pintor príncipe.

Sebastiano era una especie de outsider: desconfiaba del canon, se burlaba de Tiziano. Eso, más la ayuda que le prestó Buonarotti, y la falta de una obra magna, colosal, le acarreó mala prensa y contribuyó a considerarlo una figura menor. Por haber inventado una manera de pintar al óleo sobre la piedra, lo tildaron de experimentador, incómodo partidario del far nuovo. Decían que esa forma de pintar era femenina.

En Roma vivió su plenitud artística; era una época de enormes cambios, la Contrarreforma, el Saqueo de Roma. Sebastiano tuvo la suerte de recibir encargos de muchos nobles de la corte española. De ahí su extensiva presencia en palacios, museos e iglesias hispanas, El Prado, la Catedral de Burgos, Jaén, Valencia, Barcelona, Salamanca. El comisario, Claudio Strinati, ha reunido esas obras en una sala especial, llamada La suerte de Sebastiano en España.

Con el tiempo, cambió, abrazó la religión, y el conjunto de su obra se fue acercando a la estela de los grandes. Una prueba es que uno de sus mejores retratos, el que hizo en 1511 al cardenal Ferry Carondelet (préstamo de la Thyssen madrileña), se atribuyó a Rafael durante siglos. En 1519, los expertos sentencian que su Resurrección de Lázaro era más bella que la de Rafael.

Famoso de repente, reconocido y favorito de los Médicis, Luciani se convertiría en Del Piombo en 1531, y no por su dominio de los tonos metálicos y grises, sino por un encargo del papa Clemente VII que antes sólo había recibido Bramante: colocar el plomo en las bulas pontificias. Un trabajo burocrático, bien remunerado, que le alejó de la pintura full time. "Lo llamaron lento, indolente", explica Strinati. Tras pelearse con Miguel Ángel por un malentendido, su grandeza quedó demediada.

Poco antes de morir retrató a hombres y mujeres anónimos, santos, cristos y navegantes (ahí está su Cristóbal Colón, enviado por el Metropolitan de Nueva York), dejó memorables escenas religiosas y dominó como pocos el color. Manierista y oscuro, fue a la vez cálido y brillante.

Resucitado ahora, como dijo Nabokov, el "genio indebidamente incomprendido" ha sido saludado como el acontecimiento de la temporada artística romana. El montaje de Luca Ronconi y Margherita Palli, apoyado en las luces y las sombras del iluminador de Peter Greenaway, sitúa las cuatro decenas de obras y tres docenas de dibujos de Sebastiano -y algunos de Miguel Ángel para confrontar influencias- tras unas ventanas-altar que permiten asomarse, y adorar, 500 años después, a un retratista de una potencia nada frecuente.

Miguel Mora, Sebastiano el incomprendido, El País, 20 de marzo de 2008

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