La «egiptomanía» invade la Ciudad Eterna

La Ciudad Eterna es también la Ciudad de los Obeliscos, pues custodia en sus espléndidas plazas la mayor colección, traída a Roma por sucesivos emperadores para gloria propia y de la Urbe. Pero la presencia de Egipto en Roma es mucho más profunda. En el subsuelo de la ciudad hay grandes templos de Isis y de Serapis, mientras que las esfinges y las estatuas de divinidades fluviales, sobre todo el Nilo y el Tíber, se encuentran por doquier. Quien visite de aquí a noviembre el Castel Sant´Angelo, el colosal mausoleo de Adriano a orillas del Tíber, se encontrará una gratísima sorpresa: la exposición «La Loba y la Esfinge» sobre el extraordinario impacto del arte y la religión egipcias en la cultura clásica romana y, a través de ella, en la cultura occidental.

Fuente de los Cuatro Ríos, con obelisco egipcio. Piazza Navonna, Roma

Cuando un turista entra en la Piazza Navona no piensa en Egipto, pero la Fuente de los Cuatro Ríos sostiene un gran obelisco que Domiciano se trajo de Assuan, y Bernini esculpió al Nilo como el personaje de rostro cubierto pues todavía no se había explorado su nacimiento.

El peregrino que llega a la Plaza de San Pedro dirige su mirada a la basílica, y casi no se da cuenta de que en el centro de la plaza hay un altísimo obelisco que se apropió Augusto el año 30 antes de Cristo cuando conquistó Egipto al derrotar a los legendarios Marco Antonio y Cleopatra. Augusto se lo llevó hasta Alejandría, y allí permaneció en el puerto hasta que Calígula lo trajo a Roma en una enorme galera construida especialmente para esa tarea.

Las afiladas agujas egipcias, símbolo del contacto entre la tierra y el cielo, presiden grandes plazas como la Piazza del Popolo, y otras más pequeñas como la del Panteón o la de Santa Maria Sopra Minerva, donde Bernini dejó un obelisco a lomos de un simpático elefante. Los monolitos custodian algunas de las grandes basílicas -el más alto de Roma está frente a San Juan de Letrán-, pero también iglesias menores como la Trinitá dei Monti, en la cima de las grandiosas escaleras que suben desde la Plaza de España. Hay obeliscos frente al Palacio del Quirinal -sobre las espaldas de Cástor y Pólux- y en la cumbre del mirador del Pincio, así como en tantos otros lugares de la ciudad.

Quien camine por Roma con ojos «egipcios» se encontrará con las estatuas de dos divinidades fluviales recostadas en la Plaza del Capitolio. Son el Nilo y el Tíber, esculpidos también, con su cornucopia de flores y frutos, en la Villa de Adriano, la residencia más bella jamás construida por un emperador, y que ahora han vuelto a acompañarle en su mausoleo.

Juan Vicento Boo (Roma), La «egiptomanía» invade la Ciudad Eterna, ABC, 11 de julio de 2008

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