El tesoro aguardaba en el maletero

A veces, los inquilinos más ilustres terminan por regresar. A Federico II, el rey que hizo de Prusia una potencia militar europea de primer orden, le gustaba tanto su pequeño palacio rococó de verano que mandó que lo enterraran en su jardín. De noche y sin solemnidades, cerca de sus galgos italianos favoritos. Su sobrino y heredero no obedeció el testamento, así que su deseo no se cumplió hasta 1991, 205 años después de muerto. El Gobierno de Helmut Kohl decidió sepultar sus despojos donde él había pedido: en la más alta de las seis terrazas que preside Sanssouci, su delicada residencia de asueto en Postdam.

Una vista del palacio rococó de Sanssouci, en Postdam, residencia de verano de Federico el Grande.- AFPSanssouci -en francés, sin preocupaciones- ha sido ahora una vez más un lugar de regresos inesperados. Diez de las obras maestras de la colección iniciada por Federico el Grande han vuelto a la galería del complejo palaciego para el disfrute de sus visitantes. Y ello ha ocurrido tras un asombroso y rocambolesco viaje.

Entre los tesoros, perdidos desde la Segunda Guerra Mundial, figuran un Maria lactans, pintado en el taller de Rubens en 1616, así como Betsabé en el baño, de Jean Raoux (1719) y Diana y Calisto, de Cornelis van Haarlem (1623). Su recuperación ha sido aún más asombrosa que los deseos funerarios del rey que mandó levantar las paredes donde colgaron hasta 1942. En el fragor de la Segunda Guerra Mundial, las autoridades las transportaron al palacio donde Federico pasó los días más felices de su juventud como príncipe heredero, en Rheinsberg, unos 90 kilómetros al norte de Berlín. Allí se guardaron durante la contienda cientos de cuadros de la colección. Pero al final de la guerra, en 1945, muchas pinturas habían desaparecido.

Las diez obras que ahora son el centro de todas las miradas en Sanssouci reaparecieron en marzo. El propietario de una casa de subastas de Berlín llamó a la Fundación de Palacios y Jardines Prusianos. Explicó que le habían llevado unos cuadros que le sonaban y que posiblemente eran un "botín de guerra" soviético. El buen ojo del experto se confirmó cuando un hombre de unos 35 años llegó desde Berlín enviado por el marchante para reunirse con Samuel Wittwer, el director de exposiciones de la Fundación. Sacó de su automóvil cuatro lienzos sin marco. Cuenta Wittwer que el berlinés quedó asombrado ante la reacción entusiasta de los presentes. Una experta copia de Rubens, un cuadro de su taller, el Betsabé de Raoux y un retrato del pintor de la corte prusiana Antoine Pesne. Llevaba un tesoro en el maletero. El hombre contó que los había encontrado entre los trastos que regalaba a quien los quisiera una vecina que se mudaba. Dejó los cuadros en Postdam, sin pedir nada a cambio, y volvió a Berlín. Durante unos días se lo tragó la tierra. Cortó el contacto con la Fundación y dejó de contestar al teléfono. En Postdam quedaron perplejos.

Al poco, llegó un correo electrónico de una mujer que sabía más cosas: resulta que nunca hubo tal vecina, que había sido una mentira porque su familia temía las consecuencias de tener en casa semejante colección de arte. Ofrecía la mujer a Wittwer que recogiera los otros cuadros depositados en la casa de subastas. El van haarlem, el van limborch y el vleughels habían regresado de Holanda, donde se certificó su autenticidad. Unos días más tarde, entregaron tres obras de Gerrit Dou.

La rocambolesca historia quedó así reconstruida. La tía abuela del hombre del maletero estaba casada con el alcaide del palacio de Rheinsberg. El mando ruso la expulsó de su casa y ella se llevó la decena de cuadros consigo a la zona de ocupación soviética, donde pronto se fundaría la República Democrática Alemana. Como no tenía mucho sitio en casa mandó los cuadros a su hermana, que vivía en Berlín Oriental con sus dos hijos.

Aseguran que habrían vendido las pinturas si hubieran sabido cómo o a quién. La hermana de Birkenmeier se fue a la Alemania occidental en 1960. Los cuadros se quedaron en Berlín Este, en casa de su sobrina. Al parecer, varios de ellos los tenía guardados debajo del sofá. Hasta que decidieron intentar subastarlos hace unos meses.

Es imposible saber por qué se llevó la tía abuela del hombre del maletero aquellas pinturas. Si lo hizo porque le gustaban. Si su intención era asegurarse una fuente de ingresos tras perder su casa. O si, quizá, pensaba que con ellas podría negociar en caso de verse en dificultades con las fuerzas de ocupación soviéticas.

Wittwer considera que, en cualquier caso, ella "preservó" y "protegió" las obras de su posible confiscación por parte de Stalin. La familia ha percibido una recompensa por devolverlas. Los museos públicos quieren que el ejemplo cunda: la Fundación prusiana aún echa en falta otros 3.000 cuadros desaparecidos en la guerra.

Juan Gómez, Berlín: El tesoro aguardaba en el maletero, EL PAÍS, 26 de junio de 2010

Comentarios

DRA. VICTORIA PERCIANTE ha dicho que…
QUE MARAVILLOSA HISTORIA!!!!