sábado, 17 de julio de 2010

Cirugía en el quirófano del Prado

Mayte Dávila, dando los últimos retoques al Adán de Durero.- G. L.Escenario de una película imaginaria cuya trama mezcla sin freno pasado, presente y futuro... o clínica de lujo para ciertos objetos inanimados de incalculable valor, el taller de restauración del Museo del Prado recibe al visitante entre paredes acristaladas, mesas repletas de misterios y paletas cargadas de color. Ahí se puede ver cómo Adán y Eva, de Durero, está a punto de abandonar la operación sufrida durante casi dos años para pasar a las salas nobles del museo después de quedar limpios del maltrato del tiempo y de los zarpazos del hombre.

Sin posibilidad de tiempos muertos se encuentra ya a la espera de un tratamiento intensivo Felipe III a caballo, el gigantesco óleo pintado por Velázquez hacia 1634, al que entre otras cosas, una restauración caprichosa le había hecho ensanchar 20 centímetros en cada lateral.

El nuevo taller de restauración del Prado, situado en la última planta de la ampliación realizada por Moneo, ofrece un espectáculo grandioso en el que las joyas de la pinacoteca van desfilando para un auténtico tuneado de lujo. Lo delicado del trabajo hace que estas salas sean las más desconocidas del museo. Pero ayer pudieron ser visitadas para conocer al detalle los trabajos realizados bajo la dirección de George Bisaca, restaurador del Metropolitan de Nueva York, y José de la Fuente, restaurador de soportes de madera del museo madrileño, dentro del curso El Prado oculto. La vida secreta del museo, que dirige Francisco Calvo Serraller. Los dos expertos se han ocupado de restaurar anteriormente las tablas de piezas tan importantes como Las tres gracias, de Rubens, o El descendimiento, de Van der Weyden.

Mayte Dávila y su hermana Rocío forman parte del equipo de restauración que, desde hace décadas, dirige Pilar Sedano. Por las manos de ambas han pasado las telas más famosas del museo, meninas incluidas. Mientras Mayte da los últimos toques a los ya recuperados Adán y Eva, muestra con orgullo las fotografías en las que se puede ver al detalle el estado en el que se encontraban las tablas antes de entrar en su Adán y Eva, de Durero, fotografiado ayer al término de su lavado de cara, en los talleres de restauración del Museo del Prado.- GORKA LEJARCEGIparticular quirófano: cuatro agujeros en torno a la cabeza de Eva, la serpiente prácticamente reventada por la tensión de las tablas o la parte superior del muslo casi invisible por los surcos producidos al paso de la carcoma, entre otros muchos desastres.

"Las dos tablas", recuerda Mayte Dávila, "han sufrido mucho". Desde que la reina Cristina de Suecia se las regaló a Felipe IV porque le desagradaban, sufrieron el intento de ser quemadas por parte de Carlos III. Pasaron después a la Academia de Bellas Artes de San Fernando y, antes de llegar a las salas nobles del Prado, estuvieron durante muchos años sufriendo humedades brutales en los sótanos del Casón del Buen Retiro.

¿Qué criterios se siguen para que el cuadro se aproxime lo más posible a su estado original? Mayte Dávila explica que siempre se busca el modelo original, pero que a veces es muy complicado por las malas restauraciones y repintes caprichosos hechos en el pasado. "Las obras se someten a todo tipo de análisis con los aparatos más modernos. Se tienen muy en cuenta los documentos que informan sobre el pasado del cuadro y luego, quienes hacemos este trabajo, tenemos una especie de sexto sentido que nos hace intuir cómo hay que actuar". La sensación que tiene la restauradora ante las dos tablas ya casi a punto es de felicidad absoluta. "Contemplar, por ejemplo, esta cascada de cabellos de Eva o el brillo de sus piernas es un espectáculo impresionante".

A la espera de recibir atención, se encuentra una de las obras más importantes de Velázquez, Felipe III a caballo. Lo más urgente es devolverla a sus dimensiones originales. No se le cortarán los centímetros añadidos. Se correrá el marco y se expondrá de manera que se vea la manera en la que fue retratado por el artista sevillano.

Después le tocará el turno a La reina Mariana de Austria, otra de las obras deslumbrantes de Velázquez. Los rojos, rosas y blancos de su vestido volverán a recuperar las tonalidades originales que el tiempo ha apagado.

Ángeles García, Madrid: Cirugía en el quirófano del Prado, EL PAÍS, 8 de julio de 2010

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