El Maxxi sitúa a Roma en el arte contemporáneo

Exterior del Museo de Arte del siglo XXI (Maxxi), de Roma, de la arquitecta Zaha Hadid.- ROLAND HALBEI

Hay edificios con tanta personalidad que se comen todo lo que contienen. Otros en su anónima funcionalidad son tan solo contenedores de lujo. El Maxxi (no es megalomanía, sino el acrónimo de Museo de Arte y Arquitectura del siglo XXI), que se inauguró a finales de mayo en Roma, es la materialización de un sueño. Es impactante, futurista y espectacular, pero también funcional, versátil y adecuado a los cometidos de un museo del nuevo milenio, con los retos expositivos que esto implica. Quizás sea una de las obras cumbre de Zaha Hadid, la arquitecta angloiraní, que consiguió el encargo ganando en un concurso a 273 arquitectos de la talla de Toyo Ito, Rem Koolhaas y Jean Nouvel. Esto sucedía en 1999. Tuvieron que pasar cuatro años para que, en 2003, el Ministerio de la Defensa cediera un área de cuarteles para saldar la deuda de la capital italiana con el arte contemporáneo. El proceso fue largo y el proyecto, constantemente amenazado con recortes presupuestarios, sobrevivió a cuatro ministros de Cultura de diversos partidos y sorteó varias crisis políticas y económicas. "Fue muy duro, pero valió la pena", resumía Hadid, el día de la puesta de largo.

Aunque es gigantesco (21.000 metros cuadrados, la mitad para exposiciones), el edificio, con sus líneas sinuosas, no solo se incrusta armónicamente en el entorno, sino que restablece la viabilidad del barrio, interrumpida por casi un siglo de uso militar, con sus jardines abiertos, donde reposa la impresionante Calamita Cósmica de Gino de Dominicis, un esqueleto humano de 24 metros, con la nariz de Pinocho. "Concebí el Maxxi como un campus urbano, organizado en función de derivas direccionales, flujos, campos de fuerza y distribución de densidad, en vez de hacerlo por determinados puntos clave", explicaba Hadid, el rostro enmarcado por el cuello de un traje acorde con las formas onduladas de su museo.

De entrada la silueta resulta impactante, sobre todo por el cuerpo rectangular que sobresale de la estructura horizontal del edificio como si flotara en el aire. Una vez en el amplio vestíbulo, que da acceso a las salas, el auditorio, la bibliomediateca y los demás espacios, la mirada abarca un entramado de rampas y pasarelas, entrelazadas a diversas alturas y a menudo suspendidas en el vacío, que conectan salas de paredes onduladas, que se repliegan sobre sí mismas, con imprevisibles aperturas hacia el exterior y vistas hermosas también hacia el interior. Parece faraónico, pero ha sido pensado según criterios ecológicos y sostenibles. Los espacios, fluidos y flexibles gracias a un sistema de paneles móviles, gozan de luz natural, calibrada mediante un sofisticado mecanismo, según las épocas del año y las condiciones meteorológicas. El hormigón de tacto sedoso que reviste todas las paredes se combina con cristal y acero, otorgando a los espacios la neutralidad necesaria para que las obras sean las verdaderas protagonistas.

La firma de Hadid, que se resume en la forma orgánica del mostrador del hall, en hormigón y fibra de vidrio, introduce las grandes instalaciones: el involucro en pvc de Anish Kapoor, el wall drawing de Sol Lewitt, el iglú de Mario Merz, los tapices de William Kentridge, la cárcel de Alfredo Jaar y el museo imaginario de Ilya y Emilia Kabakov, que ocupa tres niveles con sus enormes cuadros y gigantescos visitantes que continúan más allá del suelo y el techo. Los recorridos predeterminados de los museos tradicionales han sido sustituidos por múltiples itinerarios posibles, sin que el visitante tenga que recorrer nunca el mismo camino. Al principio parece laberíntico y complicado, pero al final la experiencia resulta mucho más dinámica y gratificante que una visita rígidamente pautada.

Spazio, el primer montaje temático de las colecciones permanentes de arte y arquitectura, que se mantendrá hasta febrero de 2011, plasma la voluntad interdisciplinaria de las dos directoras, Margherita Guccione (arquitectura) y Anna Mattirolo (arte), en un único recorrido que incluye unas setenta obras (todos los grandes nombres de la segunda mitad del siglo XX y también muchos jóvenes), de las 300 que conforman el fondo del Maxxi, que dialogan con las instalaciones site-specific de 10 estudios de arquitectura internacionales, incluido el sevillano Recetas Urbanas.

Destaca la propuesta del pionero colectivo de videoarte Studio Azzurro, que desarrolla a lo largo de una pared de 40 metros un relato interactivo de la arquitectura italiana de los últimos sesenta años, con fragmentos cinematográficos, entrevistas, fotografías y dibujos, todo ensamblado de forma inédita y sorprendente. El programa inaugural, que se mantendrá hasta noviembre, comprende sendas exposiciones monográficas del arquitecto Luigi Moretti, el videoartista turco Kutlug Ataman y el visionario Gino de Dominicis, artista clave de la vanguardia italiana, aunque poco conocido en el extranjero. El público lejano que quiera ver en tiempo real un fragmento de la vida cotidiana del Maxxi puede hacerlo a través del ojo robótico de la instalación de Katja Loher (http://maxxi.katjaloher.com), que forma parte de NETinSpace, un conjunto de obras que explora las conexiones y contaminaciones entre la realidad física y virtual.

Aprovechando la inauguración del Maxxi, también el Macro (Museo d'Arte Contemporanea Roma) ha querido enseñar durante un fin de semana la reestructuración de los espacios históricos de la cervecería Peroni, firmada por Odile Decq. La nueva ala, que se abrirá al público en octubre, ha costado 20 millones de euros (contra los 150 del Maxxi) y, aunque no hace alarde de espectacularidad, convence con su diseño elegante y sus detalles geniales. Si el Maxxi regala a la ciudad sus jardines, el Macro hace lo propio con la superficie del techo y la terraza, donde una fuente de agua reciclada se encarga de refrescar el ambiente y enlazar las salas del museo con escaleras y pasarelas, prolongaciones ideales de las calles del barrio histórico que lo rodea. El sello estilístico de la arquitecta francesa se hace patente en el diálogo visual entre el gran foyer negro que resplandece con la luz natural del lucernario y el esqueleto del auditorio, verdadero corazón del museo, lacado en rojo sangre.

A la espera de la inauguración definitiva, la programación continúa hasta el 28 de agosto en las Macro con la misteriosa instalación interactiva de Gilberto Zorio, las pinturas monocromas de João Louro y la instalación orgánica del español Jorge Peris, una obra viva, sometida a un proceso biológico acelerado, que reproduce una salina en permanente evolución. La voluntad del director Luca Barbero de enriquecer la colección con obras site-specific se plasma en los dos últimos encargos: los espejos danzantes de Daniel Buren, suspendidos en el hall y la nube de 7.000 cometas de Jacob Hashimoto para el espacio de unión entre las dos alas.

Maxxi. Via Guido Reni, 4. De martes a domingo, de 11 a 19 horas. www.fondazionemaxxi.it Macro. Via Reggio Emilia, 54. De martes a domingo, de 9 a 19 horas. www.macro.roma.museum

Roberta Bosco: El Maxxi sitúa a Roma en el arte contemporáneo, EL PAÍS / Babelia, 24 de julio de 2010

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