domingo, 30 de octubre de 2011

Un Museo en el museo

El Año Dual España-Rusia culmina, en su aspecto cultural, con la gran exposición de fondos del Hermitage de San Petersburgo que se verá en el Museo del Prado. Un acontecimiento que da pie a una revisión de la nueva literatura postsoviética.

La bebedora de absenta (1901), de Pablo Picasso, una de las obras de El Hermitage en el Prado.-Hay algo enorme y milagroso en ver surgir un velázquez de un cajón de embalaje. Cuatro o cinco personas en bata blanca asistían al acontecimiento como un equipo de médicos y enfermeras dispuesto a intervenir. A pocos metros se colgaba con las precauciones necesarias Descanso en la huida a Egipto de Nicolas Poussin. El maestro francés ha sido una referencia de composición en todos los iconos de la pintura moderna, desde los bañistas de Cézanne a los saltimbanquis de Picasso. La frialdad habitual de Poussin se ve compensada con algunos detalles tiernos. El asno bebe en un pilón, María y el Niño reciben una bandeja de dátiles del tamaño de meloncillos, José sonríe a la mujer que le ofrece un cuenco de agua. El cuadro de Velázquez representa un almuerzo de mendigos y pícaros donde no falta el lujo de un mantel de hilo que valoriza la escena como si fuera un mantel de altar. Es curioso acoger a un velázquez en el Prado. Es como recibir a un miembro de la familia que ha emigrado al extranjero. Uno de los pícaros, con la cabeza rapada al cero para evitar los piojos, levanta el dedo pulgar y sonríe al espectador. A pesar del ambiente despreocupado del almuerzo toda la escena está impregnada de esa indecible melancolía velazqueña que debió ser la melancolía de toda España en la época de los últimos Austrias.

Cuando yo era joven las obras de arte no viajaban, o viajaban poco, cualquiera que hubiera sido su ajetreada vida anterior. Una vez depositadas en las pinacotecas o en las grandes instituciones culturales las obras de arte parecían alcanzar un descanso definitivo que a veces se trataba de un merecido descanso. Con los riesgos y aventuras que han sufrido algunos cuadros se podrían escribir novelas. Las obras de los grandes maestros nacían en el taller, corrían una suerte diversa según los azares de la historia o de las peripecias de sus propietarios sucesivos y terminaban por disfrutar del sueño de los siglos en la penumbra entonces poco frecuentada de los museos. Museo era sinónimo de panteón. Todo esto ha cambiado mucho. Las obras de arte se mueven. Ahora no nos asombra, pero debería asombrarnos si no hubiéramos perdido nuestra capacidad de asombro, que una selección de piezas del Museo del Hermitage de San Petersburgo se exhiba en el Museo del Prado. Un museo acoge al otro. Es un museo en el museo.

En 1941, San Petersburgo, entonces Leningrado, sufrió el largo asedio de las tropas alemanas, lo mismo que Madrid sufrió un asedio de tres años durante la Guerra Civil. Las colecciones del Hermitage y del Prado fueron parcialmente evacuadas. Los dos museos tienen una épica. El museo que fundó Catalina la Grande envía al Prado una muestra del tesoro imperial, una exhibición de escultura y artes decorativas, y una escogida selección de pintura que va desde los grandes maestros clásicos hasta la modernidad. La exposición ha llegado acompañada por 13 conservadores y funcionarios del museo ruso.

Junto con la selección de pintura, el Museo del Hermitage ha desembarcado en Madrid una cueva de Alí Babá con muestras de la colección de orfebrería. Antiguamente se almacenaba en una dependencia de palacio llamada El Gabinete de las Maravillas. El gusto por la abundancia de oro y joyas es un rasgo de carácter oriental. Buena parte de las piezas exhibidas procede sin embargo de talleres occidentales, incluido el del maestro Fabergé, el famoso fabricante by appointment de los huevos de Pascua del zar. Resulta difícil imaginar que sobre esos tesoros intactos ha pasado la revolución rusa, se ha asaltado el Palacio de Invierno y ha tenido lugar la Segunda Guerra Mundial. Eso dice mucho sobre el genio protector que vela por encima de las mayores convulsiones. Estas joyas brillan ahora como resucitadas de otro mundo, supervivientes y testigos de un Antiguo Régimen casi incomprensible en su esplendor. Cualquiera que sea su rango o su mérito, la orfebrería fatiga pronto la mirada. Uno busca por instinto o por descanso las piezas más sencillas, como esas flores azules, precisamente del taller de Fabergé, que se reconocen como flores familiares de los caminos en los linderos de campos de cereal. Es una sublimación de la naturaleza como hubiera podido describirla un autor místico. Las flores son de esmalte, las espigas son de oro y el vaso de agua, con un efecto óptico que engaña al ojo, está labrado en un fragmento macizo de cristal de roca.

El tesoro arqueológico de los zares forma la colección llamada del Oro Siberiano, el oro de los escitas, un pueblo guerrero, etnológicamente mal definido, del que ya habla Herodoto. Es un arte funerario arcaico, remoto para nosotros, remoto incluso para el mundo eslavo, hallado en las tumbas de sus reyes, desperdigadas por la estepa euroasiática. Algunos broches de formas suaves y bulto casi plano representan motivos violentos y de lucha. Una leona con atributos de cabra y lagarto rompe con las mandíbulas la cerviz de un caballo. La leona es leona y el caballo es caballo. La parte monstruosa de los animales es un recurso decorativo. En la impresión de crueldad y en el motivo mismo de la leona y la víctima se reconoce la influencia de los bajorrelieves de Asiria. Un peine de largas púas representa una escena de batalla. Dos guerreros a pie combaten contra un tercero a caballo sobre el cadáver de otro caballo. Es una instantánea congelada, pero llena de ruido y furia. Su perfil recuerda escenas similares labradas en el mármol de frisos griegos o dibujadas en línea continua en las vasijas negras de Ática. Desde Grecia y Asiria al mundo de los escitas. ¿Cómo se transmiten las formas? Los elegantes brazaletes de sus mujeres han inspirado a Bulgari.

Una de las salas del Museo del Prado, durante la instalación de las obras del Hermitage. A la izquierda, Muchacha vestida de negro (1913), de André Derain. A la derecha, Conversación (1909-1912), de Henri Matisse.- FOTO: SOFÍA MOROEl guardián de toda la exposición es un Perro de Paul Potter con mayor presencia que el retrato oficial de la emperatriz en traje de gran gala. Es un perro de aspecto feroz pero flaco y triste, que ha permanecido demasiado tiempo encadenado. El pintor holandés ha firmado su nombre sobre la caseta del perro como si fuera la puerta de su casa. Me pregunto cuál sería en aquel momento su estado de ánimo. Paul Potter es el autor de un famoso cuadro que representa a un novillo de raza, redondo, bien cebado, que se exhibe en el museo Mauritshuis de La Haya. Entre aquel novillo satisfecho y este perro desgraciado algo debió pasar en la vida del artista.

En la sala de escultura surge un busto de Voltaire por Houdon. Es un Voltaire calvo, escéptico y viejo, con toga de senador romano. La mueca cínica del joven Voltaire de Houdon que está en París se ha transformado en la sonrisa de este viejo desdentado. Trabaja el escultor y trabaja el tiempo. El filósofo librepensador fue unos años el ideólogo por necesidad de la despótica Catalina ilustrada. La emperatriz compró el busto en memoria de aquella relación.

De repente, un San Sebastián de Tiziano. Parece que se abren las puertas, que se nos caen escamas de los ojos. Su presencia se impone en la sala como la presencia del perro. Nada que ver con los sansebastianes torneados. Como en el tenebroso San Sebastián de Ribera se tiene la impresión de contemplar a un verdadero hombre sacrificado, al hijo de aquel Adán expulsado del Paraíso. La organización del museo ha escogido a un Efebo de Caravaggio tocando el laúd como imagen pública de toda la exposición. Mirar cuadros es como sacar cerezas de un cesto. Las cerezas se enredan como los cuadros recuerdan otros cuadros. El adolescente del laúd evoca toda la serie de efebos de Caravaggio dispersada por los museos de medio continente como una incitación al abuso de menores. Hay que pasear la mirada entre este Caravaggio y aquel Tiziano para comprender la distancia entre la sugerencia del placer y la evidencia del dolor.

En la segunda planta, dedicada a la pintura moderna, la mayoría de los cuadros expuestos proceden de aquellos legendarios coleccionistas rusos que emigraron con la revolución. Un gran matisse azul domina la sala. Picasso se halla bien representado con un Bodegón con botella de Pernod de la época cubista, una enorme Mujer desnuda de la época del arte negro, desparramada sobre un diván como una marioneta sin hilos y una triste prostituta a punto de convertirse en un espectro delante de un vaso de absenta. Pero es el gran lienzo de Matisse el que atrae las miradas. A Picasso le hubiera dado un ataque de nervios. Matisse se ha retratado a sí mismo de perfil, prisionero en un pijama de rayas en una especie de estado sonámbulo. Una misteriosa mujer sentada, también de perfil, se funde a medias en el azul de la noche. Todo el cuadro está impregnado de atmósfera onírica. El motivo de la ventana abierta, recurrente en Matisse, se abre sobre las llagas de un jardín sembrado de tulipanes rojos. El arabesco de la barandilla de hierro separa el jardín luminoso de la atmósfera del sueño. Algo hace pensar en la consulta de Edipo a la Esfinge. Seguramente se puede hacer un rosario de interpretaciones pero sólo Matisse sabía lo que soñó aquella noche.

La exposición se cierra con aquello que en la escena final de las películas del cine mudo se llamaba un fundido en negro. La historia empieza con un cézanne inacabado, un remolino de follaje azul que parece inaugurar en la pintura moderna la expresión abstracta del motivo. Y hay un Cuadrado negro de Malévich que parece representar el camino sin salida de la abstracción. Entre aquel cézanne y este malévich sólo pasaron treinta años. Seguramente Malévich llegó a esa intuición temprana en un momento desesperado, pero su Cuadrado negro fue acogido con tal éxito que Malévich lo repitió en varios ejemplares como lo hubiera hecho un buen pintor de oficio. En realidad, por todo lo que anunciaba sobre el largo camino de la pintura abstracta, es un cuadro sobrecogedor.

El Hermitage en el Prado. Paseo del Prado, s/n. Madrid. Del 8 de noviembre al 25 de marzo de 2012. Exposición patrocinada por la Fundación BBVA y Acción Cultural Española. Manuel de Lope (Burgos, 1949) ha publicado recientemente Azul sobre azul (RBA. Barcelona, 2011. 492 páginas. 24 euros).

Manuel de Lope: Un Museo en el museo, EL PAÍS / Babelia, 29 de octubre de 2011

viernes, 21 de octubre de 2011

Delacroix, el último romántico

CaixaForum Madrid, en colaboración con el Louvre, acoge la mayor retrospectiva del pintor francés en el último medio siglo

Una joven admira «Las mujeres de Argel en su aposento», de Delacroix. EFE

En uno de los poemas de «Las flores del mal», Baudelaire habla de Goya: «Goya, una pesadilla de cosas ignoradas,/de fetos que se cuecen en un gran aquelarre,/de viejas ante espejos y muchachas desnudas,/tentando a los demonios al ponerse las medias». Pero también de Delacroix: «Delacroix, rojo lago donde acuden los diablos,/al que un bosque de abetos siempre verdes sombrea,/donde extrañas charangas, bajo lúgubres cielos,/pasan como un suspiro sofocado de Weber». Eugène Delacroix (1798-1863), viajero romántico francés, siempre soñó con España. Siendo muy joven, se encaprichó con los «Caprichos» de Goya. Después viajaría a Algeciras, Cádiz, Sevilla... Resulta paradójico que el «pintor del color», como se le conoce, se sumergiera en el negro de Goya. «Todo Goya palpitaba a mi alrededor», escribió a un amigo. De esa pasión surgieron obras como «Estudio de trajes suliotas y de figuras goyescas».

También admiraba a Velázquez y, en general, todo lo español, que deja una profunda huella en su trabajo. Hoy tiene Delacroix la oportunidad de saldar su deuda con España, de rendir un homenaje póstumo a nuestro país, con esta gran retrospectiva en CaixaForum Madrid, organizada en colaboración con el Louvre. Fruto del acuerdo que mantienen desde 2009 el museo francés y la Obra Social «la Caixa», es la mayor monográfica del maestro francés tras la que conmemoró en el Louvre el centenario de su muerte en 1963: reúne 130 obras de todas sus etapas, lo que permite conocer la evolución pictórica en su carrera. Además, recoge los descubrimientos de las últimas investigaciones en torno al pintor, tras la reedición de sus diarios en 2009. Está siendo éste un otoño artístico impresionante: en tan solo unos días se han inaugurado en España grandes exposiciones de Miró (Barcelona), Giacometti (Málaga), Brancusi-Serra (Bilbao) y ahora Delacroix (Madrid). ¿Quién da más?

Hay muchos Delacroix en Delacroix, como refleja a la perfección esta muestra. El hombre moderno, burgués, liberal conservador, que pintó una de las obras maestras de la Historia del Arte, «La Libertad guiando al pueblo» —uno de los tesoros del Louvre—, fue también un orientalista, como explica el comisario de la exposición, Sébastian Allard, pero «no un colonizador. Fue más allá de su país a buscar su propia esencia. Y esa fue una lección de humanismo». En una sala, presidida por «Las mujeres de Argel en su aposento», se ha logrado reunir todas sus grandes escenas orientalizantes. En 1832 Delacroix participó en una misión diplomática francesa en el norte de África. Fue para él una inspiración inagotable.

El pintor y sus obsesiones

Gracias a sus diarios, comenta el comisario, «sabemos que Delacroix se pone en duda constantemente y eso se ve en su pintura. Cree no tener la solución para ella y por eso a veces deja sus creaciones en bocetos». Uno de los mejores, «La muerte de Sardanápalo», está presente en la exposición. Su maestría en el retrato queda patente en obras como «Louis-Auguste Schwiter», retrato que compró Degas. Además, cuelgan los tres únicos autorretratos que salieron enteramente de su mano, lo que da una idea de lo ambicioso del proyecto. Dos de ellos, en los que se retrata con mirada desafiante, abren la exposición.

Entre las obsesiones de Delacroix, la literatura. Ilustra el «Fausto» de Goethe. Éste, tras ver las litografías, reconoció: «Delacroix ha superado mi propia visión». Lee y recrea obras de Dante, Milton, Cervantes, Walter Scott y, sobre todo, Lord Byron, que fue para él una figura tutelar. Gracias a él, el pintor tomó partido a favor de la independencia de Grecia en su lucha contra el imperio otomano. Otra de las joyas de la exposición es la obra «Grecia expirando sobre las ruinas de Missolonghi», préstamo del Museo de Bellas Artes de Burdeos y su particular homenaje a Lord Byron, que murió en aquella ciudad griega. La imagen central del cuadro —una mujer que acepta su sacrificio, pero se mantiene en pie— semeja una estatua griega, pero, al mismo tiempo, es una Piedad renacentista. No faltan sus paisajes, sus pinturas de animales (leones, tigres...), desnudos femeninos y masculinos —una sala confronta, en monumentales cuadros, a Medea furiosa con un conmovedor San Sebastián—. Pintó grandes decorados (se exhiben sus estudios para el techo de la galería de Apolo del Louvre) y también fue un pintor religioso (sus crucifixiones se centran en «La soledad de Cristo»).

«Me tratis como solamente se trata a los grandes muertos». Con esta solemne frase que le dijo Delacroix a Baudelaire, impresa en la pared, se cierra este apasionante viaje al fascinante universo de Eugène Delacroix.

Natividad Pulido, Madrid: Delacroix, el último romántico, ABC, 19 de octubre de 2011

miércoles, 12 de octubre de 2011

La escultura reducida a su esencia

El Guggenheim de Bilbao confronta medio centenar de piezas de estos dos grandes maestros

Son dos de los escultores más relevantes del siglo XX. Uno, rumano; el otro, norteamericano. El primero nació en 1876; el segundo, 63 años después, en 1939. Constantin Brancusi y Richard Serra están tan lejos, artísticamente hablando, el uno del otro, que casi llegan a tocarse. Resulta paradójico, pero así queda patente en la gran exposición que dedica a estos creadores el Guggenheim de Bilbao, en colaboración con la Fundación Beyeler de Basilea.

Medio centenar de piezas distribuidas en la segunda planta del museo bilbaíno son suficientes para comprobar cómo en el arte se puede llegar a un mismo fin a través de caminos bien distintos, si no opuestos. A simple vista, uno podría preguntarse qué tienen que ver las torsiones elípticas de acero de Serra, gigantescas, de varias toneladas de peso, con las esculturas en piedra o bronce pulido de Brancusi, tan frágiles y exquisitas que parecen quebrarse con solo mirarlas. Pero si rascamos un poco en ambos trabajos, ni la escultura de Serra es tan dura como la pintan, ni la de Brancusi tan débil como parece. En ambos casos, la idea y la forma se simplifican hasta el extremo: no hay nada accesorio, la escultura se reduce a la esencia.

Una de las tres versiones de «El beso» de Brancusi que hay en la muestra —la más antigua que hizo, de 1907— observa «La materia del tiempo» de Serra desde el balcón superior situado frente a la joya del Guggenheim. Es como si el viejo maestro mirara con orgullo el trabajo del discípulo. Y es que la influencia de la obra de Brancusi es esencial en la carrera del escultor californiano. Éste obtuvo una beca de la Universidad de Yale (1964-65) para estudiar en París. Visitó a diario la reconstrucción del taller de Brancusi, que había muerto siete meses antes, dibujando en su cuaderno, como intentando atrapar en él toda la sabiduría del maestro. Aquella experiencia le marcó profundamente. Lo describió como «un manual de posibilidades». Su taller se exhibe en la explanada de acceso al Pompidou en un edificio diseñado por Renzo Piano. También Piano diseñó la Fundación Beyeler, donde recaló esta muestra. Entonces, la serena arquitectura del italiano dialogó con las esculturas de Brancusi y Serra. En este caso el diálogo a tres bandas se produce con la poderosa y retorcida arquitectura de Gehry.

La exposición de Bilbao reúne un siglo de esculturas. A través de medio centenar de obras, es posible admirar la evolución de cada artista, pues hay trabajos de todos sus periodos. De Brancusi se muestran esculturas que abarcan cuatro décadas: desde sus exquisitas «Musas dormidas» en bronce pulido y cabezas de niños, hasta sus trabajos en mármol. Como «Princesa X», de 1915. Tiene una curiosa historia. Se retiró del Salón de los Independientes porque creían que representaba un falo. En realidad, es una mujer que se mira en un espejo. Brancusi lo demostró aportando el material que utilizó en su ejecución y la obra regresó al Salón. También muy interesantes son sus trabajos en madera, que parecen tótems. Es el caso de «Adán» y «Eva» o «Rey de reyes», que hizo para un marajá. Y, espectacular, la última sala, dedicada a los «Pájaros» de Brancusi. Cinco de ellos, bellísimos, subidos a altos pedestales, parecen echar a volar en una sala de enormes techos y luz natural.

Serra no ha acudido a la inauguración de la muestra en Bilbao, pues se halla en su ciudad natal, donde el MoMA San Francisco dedica una retrospectiva a sus dibujos. Abundan en la exposición de Bilbao trabajos monumentales con planchas de acero de varias toneladas, como «1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8», de 1987, que solo se había expuesto una vez; o «Circuito Bilbao», realizada para la ocasión, aunque es una escultura que hizo en el 72 para el MoMA. También hay una pieza con caucho de 1966-67 —su emblemática serie «Belts» (Cinturones)—, así como trabajos muy recientes: siete obras sobre papel (utiliza barra de óleo negro sobre papel japonés) y cubos en acero autopatinable, realizados este año.

Natividad Pulido, Bilbao: La escultura reducida a su esencia, ABC, 8 de octubre de 2011

El Museo del Prado presenta su colección de miniaturas

El Museo del Prado ha dado a conocer este lunes su colección de miniaturas, una de las más relevantes que se conservan en España así como la publicación del catálogo razonado de estas piezas que el prado expone por primera vez.

El Museo del Prado da a conocer su colección de miniaturas
La exposición, constituida por 36 miniaturas y tres pequeños retratos, podrá visitarse desde este martes 11 de octubre hasta el 26 de febrero en la primera sala de la cámara acorazada en la que se exhibe de forma permanente el Tesoro del Delfín. "Se habla de las colecciones ocultas del Museo del Prado. Quizás ésta sea la más oculta de todas", ha dicho Gabriele Finaldi, director adjunto de Conservación del Museo del Prado.


Durante la presentación de esta muestra, el Museo ha dado a conocer la publicación que recoge y analiza en profundidad, también por primera vez, las 164 miniaturas y los 16 pequeños retratos que conforman esta curiosa e importante parte de sus fondos. Este volumen es obra de la exhaustiva investigación realizada desde 1987 por Carmen Espinosa Martín, la principal especialista en miniaturas de España.


Según ha explicado esta experta, esta colección muestra un 50 por ciento de obras de autores españoles y es una de las más relevantes de los museos españoles, que no internacionales, ya que España apenas está presente en otras colecciones extranjeras.


Pintadas al gouache sobre vitela, tablillas de marfil o papel, las miniaturas representan la faceta más íntima de la pintura ya que, en general, pertenecían a la esfera de la vida privada aunque también desempeñaron una función de Estado, pues los monarcas regalaban joyeles con miniaturas a los embajadores y emisarios extranjeros con motivo de su proclamación, matrimonio o por la firma de tratados, convenios y acuerdos.

MINIATURA NO SIEMPRE MINI


Espinosa ha aclarado que miniatura no hace referencia al tamaño de la obra sino a una específica "técnica pictórica". En este sentido, se han reunido los pequeños retratos más significativos de la colección entre los que figuran nombres de artistas bien conocidos como Francisco de Goya (con su óleo sobre cobre de Juana Galarza de Goicoechea de 1805) pero otros muy desconocidos como Guillermo Ducker, Florentino Decraene, Juan Pérez de Villamayor, Cecilio Corro o Luis de la Cruz y Ríos, cuyo retrato de la Infanta Luisa Carlota de Borbón es "la joya" de esta colección, ha dicho.


El buen pintor de miniaturas ha de poseer destreza y precisión en el manejo del pincel dado que los pigmentos se aplican mediante la superposición de puntos de color en las zonas de la carne. El resto del soporte se prepara como en la pintura al óleo.

Tanto los pequeños retratos como las miniaturas que se exhiben ahora por primera vez en el Prado son técnicamente pinturas, realizadas en diferentes tipos de soportes y con distintos materiales pero con idéntica función. En España, no hubo miniaturas en sentido estricto hasta el siglo XVIII, ha recordado Carmen Espinosa, y la función que desempeñaban las miniaturas en otras cortes de Europa aquí la desempeñaban los pequeños retratos, de ahí la importancia de los tres ejemplares que se muestran en la exposición.

ESPAÑOLES Y EXTRANJEROS

Entre las 36 obras que responden a la definición de miniaturas, se incluyen obras de miniaturistas españoles, mayoritariamente del siglo XIX. Entre ellos el retrato de Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Pacheco, IX duque de Osuna de Guillermo Ducker; el retrato del periodista Ramón de Navarrete y Fernández Landa obra de Cecilio Corro; Isabel II, reina de España, de Juan Pérez de Villamayor; o un San Miguel, de Manuel Arbós y Ayerbe. Entre los artistas extranjeros de finales del siglo XVIII y principios del XIX aquí representados se encuentra la Pareja de retratos de mujeres, de Charles Guillaume Alexandre Bourgeois; el retrato de Francisco I, emperador de Austria, de Heinrich Friedrich Füger; o el retrato de Hans Axel von Fersen de Niclas Lafrensen.

UN ABANICO ESPECIAL

A esta presentación se incorpora el homenaje a una de las personas destacadas en la historia del Museo del Prado, tras la reciente adquisición de un Abanico de boda, de Luis Eusebi, cuyo "país" está pintado al gouache sobre piel de cisne; y varillaje de marfil con aplicaciones de madreperla, que se expone por primera vez al público. El italiano Luis Eusebi (1773-1829), destacado pintor de miniaturas, de países de abanicos y, sobre todo, historiador de la pintura, trabajó en los inicios del Real Museo de Pinturas en 1819, con funciones al frente de lo que entonces se denominaba Conserjería del Real Museo. Además de las tareas propias de su cargo redactó los catálogos del Real Museo hasta la fecha de su muerte, y participó activamente en la elaboración de los planes artísticos de la Institución, que hoy muestra, con este abanico, una de sus escasas obras localizadas. El montaje se acompaña, además, de un video en el que se puede apreciar en detalle, mediante imágenes ampliadas, la técnica de ejecución y la gama de colores.

Ep, Madrid: El Museo del Prado presenta su colección de miniaturas, La Razón, 10 de octubre de 2011

domingo, 9 de octubre de 2011

Una mirada inédita de Velázquez

El profesor Peter Cherry, experto en arte español del XVII, atribuye al genio sevillano un óleo hallado en una colección particular del Reino Unido. La revista 'Ars Magazine' muestra la obra en su último número.

Imagen del lienzo 'Retrato de hombre', atribuido a Velázquez según el estudio de Peter Cherry en 'Ars Magazine'.El azar, en combinación con la mirada curiosa, suele estar detrás del hallazgo de nuevas piezas que se añaden al puzzle incompleto de la producción pictórica de los grandes genios. Esto ocurre especialmente en aquellos autores poco aficionados a rubricar sus obras, caso de Diego Velázquez (Sevilla, 1599 - Madrid, 1660). De nuevo, la fortuna se ha cruzado en el camino de un lienzo -mezclado entre "una remesa de cuadros británicos mediocres"- que podría engrosar el listado de los retratos sin nombre del maestro sevillano. En esta ocasión, la historia parte del interés de una antigua alumna de un curso de pintura española del profesor Peter Cherry, del departamento de Historia del Arte y la Arquitectura en el Trinity College de Dublín, al contemplar en una pequeña obra "la indumentaria española que luce el retratado". La estudiante recordó que "su sencillo cuello de golilla era una prenda de atuendo cortesano que sustituyó la gorguera como símbolo de la austeridad del nuevo reinado de Felipe IV", como había tratado en clase hacía muchos años. Así lo cuenta el propio Cherry en el artículo de portada del nuevo número de la prestigiosa revista Ars Magazine, ya distribuida entre suscriptores y librerías especializadas, que muestra por vez primera este Retrato de un hombre, obra localizada en el Reino Unido procedente de la antigua colección de Matthew Shepperson (1787-1874), un pintor británico de escaso recorrido.

El cuadro, un óleo sobre lienzo de apenas 47 centímetros de alto y 39 de ancho, fue retirado de una subasta celebrada en Oxford en agosto de 2010. Según recuerda Cherry, durante la vida de Shepperson hubo en Gran Bretaña un creciente interés por el arte español y, en especial, por la obra de Velázquez. En los años posteriores a la Guerra de la Independencia se asistió a un crecimiento de la importación de pintura española en Inglaterra y, dice el autor del texto, "por más que Shepperson no sea conocido como artista-coleccionista, tenía evidentemente buen ojo y bien pudiera haber adquirido el cuadro como ejemplo de una cabeza excelentemente pintada". En cualquier caso, estas circunstancias imprecisas explicarían que esta pieza nunca fuese incluida en la bibliografía sobre Velázquez y muestre hoy evidentes signos de desgaste y suciedad.

Fechado entre 1632 y 1635, es decir, tras el primer viaje a Italia del pintor, el cuadro representa a tamaño natural a un hombre de entre 50 y 60 años, cuya sola mirada, de una fuerza y solemnidad magníficas, habla de la personalidad y autoridad de este desconocido. En cuanto al estilo, Cherry recuerda que "la cabeza está iluminada desde un punto elevado y frontal, de forma que concuerda con los retratos del período madrileño de Velázquez", para ponerlo en relación con otros de sus retratos como el de Francisco Pacheco o el Retrato de Juan Martínez Montañez, ambos conservados en el Prado, entre otros ejemplos de su mirada frente a los demás.

Por último, el análisis radiográfico del cuadro -para conocer el material y los procedimientos pictóricos empleados- señala que las características del lienzo se ajustan a las empleadas por el sevillano en los años centrales de su carrera y concuerda, en opinión del autor, con el retrato ecuestre del Príncipe Baltasar Carlos o a la Santa Rufina que custodia la Fundación Focus.

Indica Fernando Rayón, en la carta del director que abre este nuevo número de la revista, que "por cada cuadro del maestro que hemos publicado", como La educación de la Virgen, hallazgo presentado por John Marciari en el número de julio-septiembre de 2010, "hemos desechado algunos más que no nos parecían dignos de aparecer en nuestras páginas. Pero este Retrato de hombre sí". El respeto y atención con que los investigadores saludan cada nuevo número de esta revista, el rigor documental de los estudios y las firmas que participan convierten esta aún joven publicación trimestral en una referencia internacional en el ámbito del arte. Con todo, el terreno de las atribuciones no es una ciencia exacta y el estudio del profesor Cherry es la primera palabra de un debate que deberá ser trasladado al resto de la comunidad científica, al que deben sumarse las necesarias tareas de limpieza. Será finalmente el Museo del Prado, máxima autoridad en la producción velazqueña, la institución encargada de autentificar una obra que podría ampliar el legado del universal maestro sevillano.

Patricia Godino, Sevilla: Una mirada inédita de Velázquez, El Día de Córdoba, 8 de octubre de 2011

A modo de justificación...

Recomedamos también
El presente blog pretende ser un compendio de los artículos, y publicaciones recogidos en los medios de comunicación (escritos y audiovisuales), principalmente de España, para el estudio de la Historia del Arte. Aspira a ser una guía complementaria para su conocimiento y una referencia para la reflexión y análisis del mundo que nos rodea para difundir la defensa del patrimonio a futuras generaciones. Tuvo su origen a comienzos de junio de 2007, como blog de aula en la materia de Historia del Arte, para la modalidad de Humanidades y Ciencias Sociales de 2º de Bachillerato en el I.E.S. Carbula de Almodóvar del Río (Córdoba). Pero la idea fue creciendo y adquiriendo una dimensión inesperada. Ahora, en un nuevo destino profesional deseamos continuar la experiencia, manteniendo la identidad, para poder alcanzar a nuestros alumnos, en su forzado contacto con la materia, y con el público en general, para que profundice en los entresijos de un aspecto de la civilización de gran calado.