miércoles, 6 de junio de 2012

Cuando Picasso vio a Rubens en Florencia

El periodista Baltasar Magro, gran conocido de Televisión Española, donde ha dirigido programas como «Informe Semanal», es también un consumado escritor. Autor de títulos como «El círculo de Juanelo», «En primera línea» o «La hora de Quevedo», en su nuevo libro, «La luz del Guernica» (Roca Editorial), aborda la creación de uno de los cuadros más icónicos de la Historia. Ayer estuvo firmando ejemplares en la Feria del Libro de Madrid.
«Los desastres de la guerra», de Rubens. PALAZZO PITTI. FLORENCIA
«Los desastres de la guerra», de Rubens. PALAZZO PITTI. FLORENCIA
 
-¿Por qué ha escogido un icono como el «Guernica» de Picasso como protagonista de su nuevo libro?
-El motivo por el que yo intenté abordar este tema era conocer más al personaje, a Pablo Ruiz Picasso. Tiene una dimensión gigantesca. Entré en dos momentos críticos de su vida, que además están relacionados de alguna manera. Por un lado, un viaje a Italia en 1917; por otro, el momento en el que pinta el «Guernica», veinte años después. Uno de sus grandes biógrafos, John Richardson, mencionaba el desplazamiento que hizo a Florencia y tuve la oportunidad de comprobar que Picasso estuvo en el Palazzo Pitti delante de un cuadro extraordinario: «Los desastres de la guerra», de Rubens. Es un momento muy delicado de su vida. Acaba de morir Eva Gouel, una mujer que amaba. Decide cambiar de vida. Pasa del cubismo, tiene una época neoclásica y se casa con una bailarina rusa. El «Guernica» también viene de una etapa muy crítica en Picasso. Ha dejado de pintar y se ha dedicado a escribir. Durante un año no tocó un pincel. El Gobierno de la República le encarga que pinte un cuadro para la Exposición Universal de París. Lleva cinco meses y es incapaz de hacerlo. Ocurre el bombardeo de Guernica. Así es como vino Guernica a mi novela.

Realidad o ficción

-¿Se ha permitido licencias de ficción en el libro o es fiel a los hechos?
-Me he permitido muy pocas licencias. Escribo que en ese viaje a Italia conoce a otro español, el general Mola. Pudo haber ocurrido, aunque no hay constancia de que ocurriera. Cuando Picasso termina de pintar el «Guernica», Mola muere en un accidente de aviación. Yo he ido buscando los testimonio de personas que estuvieron en el proceso de creación del «Guernica». La base es completamente real. Hasta ahora no se había abordado el relato a través de esas personas.

-¿Han sido testimonios directos o a través de archivos?
-He hablado con muchos especialistas en la obra de Picasso y he consultado documentos, como el relato que hace esos días su secretario. Me han dado la secuencia, casi día a día y hora a hora, de lo que ocurrió durante el mes que creó esa pintura extraordinaria y que se ha convertido en todo un símbolo.

La obra de un genio

-Del «Guernica» se ha escrito hasta la saciedad. ¿Por qué decide abordar un tema del que parece que ya se había dicho todo? ¿Qué novedades aporta?
-La diferencia que tiene este relato respecto a los anteriores es que éstos parten de ideas preconcebidas y aquí no. Lo que hay es un reflejo de los hechos reales a partir de los testimonios de las personas que vieron ese proceso y de lo que Picasso hablaba, que hablaba poco. He intentado recrear esa atmósfera, ese ambiente, novelado por supuesto, con mucho material. No he querido hacer un ensayo. Hubiera tenido que defender una tesis sobre el cuadro y no quiero hacerlo. Pretendo que la gente saque sus propias consecuencias.

-¿En qué medida está plasmada la crisis personal que sufría Picasso en aquellos años en el «Guernica»? ¿Fue para él una especie de catarsis?
-Creo que con el «Guernica» Picasso dio un salto, supera con este cuadro toda la crisis que venía arrastrando. Rompe con todo lo anterior. Y le ayuda a salvarse. Es una obra magistral. Atrae o inquieta a todo tipo de personas. Hay que verla como la obra de un genio.

-La relación de Picasso con las mujeres ha dado mucho de sí. También en su libro. ¿Fueron víctimas del artista?
-Son víctimas voluntarias, pero víctimas. En algunos casos hubo una relación de dependencia hacia él exagerada y dañina cuando se rompe la relación. Podemos incluso considerar que alguna fue su esclava sexual. De la única mujer que creo que estuvo enamorado en su vida fue Eva Gouel, que murió. El resto de relaciones son muy complicadas. Hoy sería considerado casi, casi como un delincuente.

-Sin embargo, Eva Gouel no forma parte de ese selecto club de mujeres picassianas del que siempre se habla: Olga Koklova, Marie-Thérèse Walter, Dora Maar, Françoise Gilot y Jacqueline Roque.
-No tuvo una vida después de Picasso, como ha ocurrido con las demás; no fue madre de ninguno de sus hijos, no escribió nada...

-Hablaba antes de que en el viaje a Florencia descubre «Los desastres de la guerra», de Rubens. Sí hay un cierto parecido entre ambas obras.
-Una de las aportaciones de mi novela es que él estuvo delante de ese cuadro. Alguna vez se había hablado de esa vinculación, pero jamás se había demostrado que estuvo físicamente delante de ese cuadro. Pero Picasso no sólo bebió de él, sino de otras muchísimas cosas. Esa cabeza que se desliza por el espacio dejando su huella con el brazo alargado está en «La matanza de los inocentes», de Guido Reni. Un pintor español que ha leído mi novela me comentó que el caballo del «Guernica» está en otro cuadro de Reni. Hay una cita en mi libro de Bertolt Brecht, que dice: «Todo pertenece a aquel que es capaz de mejorarlo y dotarlo de nueva vida». No estoy llamando copista a Picasso, ni mucho menos. Es un devorador de imágenes.

-¿De dónde sacó la certeza de que vio el cuadro de Rubens en Florencia?
-Mi hijo encontró en Estados Unidos, en el ámbito universitario, un trabajo donde se hablaba más de ese viaje. Estuvo en los Uffizi y en el Palazzo Pitti. Es imposible no ver el cuadro más espectacular que hay colgado allí. Cuando ves el «Guernica» no hay ninguna duda. Lo vio. La mujer con el brazo levantado de Rubens es Europa y la de Picasso con los brazos levantados que sale de la casa en llamas es España. Es indiscutible. La grandiosidad del «Guernica» es que nadie entiende lo que hay ahí: sabemos que hay dolor, una madre con un hijo, un caballo, un toro... Pero da igual. La gente se engancha a esa poesía. 
-El dolor de Picasso por España es innegable...
-Cuando está pintando el «Guernica», aparte de ser español y su apoyo a la República, se están produciendo los sucesos de Barcelona, en las calles hay centenares de muertos. Y allí vive su madre, su hermana, su cuñado, sus sobrinos... Lo pasa mal. Vive al segundo lo que está ocurriendo en nuestro país.

Picasso y el Prado

-Aparte de Picasso, desfila por la novela una galería de personajes muy interesantes.
-La relación con su secretario, Jaime Sabartés, yo creo que nunca ha estado tan contada. También aparecen el embajador de España en Francia, Luis Araquistain; Max Aub, Juan Larrea, Alberto Sánchez, Bergamín... Están en el entorno de ese momento y le visitan continuamente. También Kahnweiler, su marchante, el que creó a Picasso a nivel de marketing comercial. 

-Una curiosidad. ¿Le parece que el cuadro está bien en el Reina Sofía? El Prado quiso recuperarlo.
-A mí no me gusta mucho el Reina Sofía, es un espacio muy duro. Si hubiera podido elegir, hubiera escogido el Prado, sin ninguna discusión. No hay que olvidar que Picasso fue director honorífico de este museo. Admiraba a los clásicos españoles: Velázquez, El Greco... Le habría encantado estar ahí.

Otros libros sobre el «Guernica»

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