martes, 12 de febrero de 2013

El Prado alumbra una joya primitiva

La clave que acabó resolviendo el misterio tomó la forma de una ortiga. La conservadora del Prado Pilar Silva tenía la certeza de que La oración en el huerto, tabla francesa del siglo XV descubierta en una colección privada española y presentada ayer al mundo con los honores que el museo reserva a “las grandes joyas”, no era una obra cualquiera. Es más, estaba prácticamente convencida de hallarse ante una pieza hecha en la corte de Luis I de Orleans (1372-1407). La figura femenina aparecida en la parte inferior izquierda cuando se hubo retirado el repinte resultó ser Santa Inés. Y el duque (y regente) de Francia tenía razones para pedir al artista su representación: tanto su padre (Carlos V) como su mujer (Valentina Visconti) eran devotos de la santa. Así que, se dijo Silva, la figura masculina no podía ser sino la de Luis I de Orleans.

Claro que en el espinoso mundo de las atribuciones y desatribuciones del arte antiguo, las intuiciones sirven de bien poco frente a las certezas.

El antes y el después de 'La oración en el huerto': un repinte ocultaba las figuras de Luis I de Orleans y Santa Inés en la parte inferior izquierda
El antes y el después de 'La oración en el huerto': un repinte ocultaba las figuras de Luis I de Orleans y Santa Inés en la parte inferior izquierda
La enigmática figura masculina viste una túnica “a la última moda del siglo XV”, moteada de ortigas doradas. Las investigaciones condujeron a Silva a la conclusión de que el duque “había elegido esta divisa, símbolo heráldico del aguijón de la muerte, a medida que se incrementaban las desavenencias con los duques de Borgoña (primero con su tío Felipe el Atrevido y después con su primo Juan Sin Miedo), a la par que sus ambiciones políticas”. De modo que el donante solo podía ser uno: el ambicioso Luis I, que acabaría salvajemente asesinado en las calles de París a manos de sus enemigos.

“El descubrimiento de las ortigas fue el eureka de esta historia”, recordaba ayer la conservadora ante la tabla, de 56,5X42 centímetros, que ciertamente luce un envidiable estado de conservación gracias a la labor de María Antonia López de Asiaín. La restauradora se ha dedicado durante más de un año a la tarea en el taller de la pinacoteca, donde últimamente andan acostumbrados a los milagros.

El obrado en esta ocasión se hace evidente al comparar el antes y el después del rescate. Una fotografía recuerda al lado de la pieza en la sala 58 A (donde permanecerá hasta abril) el estado en el que la tabla llegó en 2011 al museo, cuando su anterior propietaria, una anciana para la que se rogó el anonimato (aunque se dieron algunos datos: proviene de una familia francesa llegada a España en tiempos de Napoleón) la puso a disposición de Sotheby’s para su venta. Tras unos primeros estudios que confirmaron su valía, la pinacoteca pagó por ella 850.000 euros.

Nadie se atrevió ayer a aventurar cuánto costaría la obra ahora que se conoce su verdadera importancia; en todo el mundo solo se conserva una docena de tablas de esta época y características. La hipótesis de que aterrice una similar en el mercado es altamente improbable, por decirlo educadamente. Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación, sí ofreció una pista: el Louvre pagó recientemente siete millones de euros por una parecida, de mayor tamaño aunque peor estado de conservación.

A Finaldi se debe, como en ocasiones anteriores (tan memorables como el descubrimiento de El vino de la fiesta de San Martín, de Pieter Bruegel el Viejo) la fe en las posibilidades de la obra. La mantuvo incluso ante tempranos pronunciamientos negativos, como el de Michel Laclotte, exdirector del Louvre, quien dudó seriamente de la procedencia parisiense de la pieza para colocarla en la órbita de la Escuela del Danubio.
Cierto es que las primeras radiografías invitaron al optimismo. Gracias a ellas, se descubrió que un grueso repinte ocultaba dos figuras de la composición original. La agresiva capa de pintura ayudó irónicamente a una mejor conservación de esa parte de la obra, según recordó López de Asiaín, cuya paciente labor, apoyada económicamente por la Fundación Iberdrola, se puede admirar en un vídeo que acompaña a la exposición. Cuestión distinta es por qué nadie querría tapar una porción tan importante del cuadro: “Probablemente se hiciera con una venta en mente. Quizá consideraron que esas dos figuras entorpecían la pureza de la escena religiosa”.

En aquel momento del proceso ya solo restaba fechar la obra y buscar un posible autor. Los expertos del Prado ofrecen ante el primer enigma una aproximación: la tabla pudo ser pintada “hacia 1405-1408”. Es decir, poco antes o justo después de la muerte del tipo que la encargó (a nadie se le escapará el simbolismo de la escena; Cristo en su última oración antes de ser traicionado).

En cuanto a la autoría, Silva no tiene más remedio que quedarse esta vez en el terreno de las hipótesis y señalar a Colart de Laón como posible pintor del cuadro, que muy probablemente fue concebido como la porción central de un tríptico. Aparte de las semejanzas estilísticas con las obras que de él se conocen, De Laón (1377-1411) fue pintor de Luis I de Orleáns y llegó a habitar el mismo edificio que el duque.

Pese a los indicios, su nombre se acompaña en la cartela de un signo de interrogación. Y esta vez, mucho se teme Silva, ninguna ortiga acudirá en su ayuda para resolver el enigma.

Iker Seisdedos, Madrid: El Prado alumbra una joya primitiva, EL PAÍS, 12 de febrero de 2013

domingo, 10 de febrero de 2013

Ronda nocturna con Javier Sierra por el Museo del Prado: siete cuadros esenciales

4. La transfiguración (Rafael)

La última pintura del maestro de Urbino, tenía 34 años solamente cuando murió, es «La transfiguración». Cuando fue enterrado, encima de su catafalco fue colocado este cuadro. 

Detalle inferior de La transfiguración, de Rafael
Detalle inferior de La transfiguración, de Rafael
Es bastante excepcional en la historia de Rafael, es casi un tratado de cómo este mundo se comunica con el otro: «En la parte superior está Jesucristo, flanqueado por Elías y por Moisés. En la parte terrestre, en la inferior, todo repleto de apóstoles, pero ninguno ve lo que está sucediendo. Ninguna mirada está puesta sobre escena impresionante, que está teniendo lugar sobre sus cabezas, excepto una de un personaje que no está descrito en los Evangelios y que es el niño descrito como el poseído, el endemoniado, es un niño al que le están apuntando la mayoría de los dedos. Ese niño tiene un ojo puesto en la parte superior de la escena y otro en la inferior. El estrabismo está muy forzado marcando que es el único de toda la escena capaz de ver lo que ocurre en las dos partes de la representación. Es más, un brazo apunta el cielo y otro a la tierra marcando claramente el eje hacia el que debemos mirar. A una pequeña lección: en medio de la escena aparece una mujer, de espaldas, que es una representación de Sofía, de la sabiduría clásica, y esa mujer tiene sus manos con sus dos índices apuntando al niño, invitándonos claramente que a través de la Sofía, de la sabiduría, se puede llegar a comprender la existencia de nuestros mundos y localizar aquellos que son capaces de ver nuestros mundos. 

¿Por qué Rafael en el último tramo de su vida se preocupa por esto? Todo tiene que ver con sus lecturas. En el Maestro del Prado lo que se presenta también es la existencia de libros, manuscritos, alguno de ellos nunca impreso, que sirvieron de inspiración a muchos pintores para comunicar mundos. Ese libro, el eje intelectual del Maestro del Prado, es el Apocalipsis Nova, una de cuyas copias se conserva en el Monasterio del Escorial. Y se da la casualidad de que el oficio de tinieblas, el sepelio de Rafael, se celebró en la Iglesia de Roma donde se abrió por primera vez la Cristiandad. Nada es casual.

sábado, 9 de febrero de 2013

Ronda nocturna con Javier Sierra por el Museo del Prado (3)

3. La historia de Nastagio Degli Onesti (Boticelli)

Estamos ante las tres únicas tablas de Boticelli que tiene el Museo del Prado. Llegaron aquí poco antes de la Guerra Civil, fue una donación de Cambó, un político catalán que las compró en una subasta maravillado porque -decía- cada vez que las contemplaba su estado de ánimo cambiaba. El nuestro también. 

Uno de los tres paneles de Boticelli del Prado
Uno de los tres paneles de Boticelli del Prado

Lo interesante de estas tablas, explica Javier Sierra, es que nos cuentan una historia de fantasmas: «Para comprenderla tendríamos que leer un cuento del Decamerón, que es el cuento de la historia de los amantes crueles. Cuenta la aventura de Nastagio, un joven de Rávena, que es rechazado por una joven adinerada y que fruto de la depresión -los hombres no estábamos acostumbrados a que nos rechazaran en aquella época- acude a un bosque a las afueras de la ciudad para quitarse la vida. Cuando entra en el bosque para quitarse la vida, de repente ese lugar se llena de ruido y de vida, aparece un jinete enarbolando su espada con unos perros de caza persiguiendo a una muchacha. 

Nastagio se queda muy impresionado, trata de parar al jinete, pero éste le echa a un lado y le dice que está cumpliendo una misión divina persiguiendo a la mujer, le da caza, le abre la espalda, le saca las vísceras y se las da de comer a sus perros. Horrorizado por la escena, Nastagio comienza un parlamento con ese jinete. Éste le dice que lleva trescientos años haciendo la misma escena, y que cada viernes vuelve a iniciar la persecución de esta mujer, y que ellos dos -la chica que acaba de fallecer bajo su espada y él han caído presos de una maldición. Que él pidió la mano a aquella muchacha y ella le rechazó, que él acudió a ese bosque y se quitó la vida y que Dios decidió castigarle a él por suicida y a ella por haberle rechazado. Y le advirtió que cada viernes volvería a hacer la misma escena. Y Nastagio urde un plan.

Invita a la familia de la muchacha y a la muchacha a un banquete campestre justo en el lugar donde se ha producido esa aparición. En medio del banquete, irrumpe de nuevo el jinete con los perros persiguiendo a la muchacha y el único que no se asusta es Nastagio, el hombre de los jubones rojos, que les explica a todos lo que ha sucedido. Y saca de ahí la moraleja de que más vale no rechazar a un hombre no sea que caiga una maldición. Son los únicos fantasmas del Prado».

viernes, 8 de febrero de 2013

Ronda nocturna con Javier Sierra por el Museo del Prado (2)

2. El triunfo de la muerte (Brueghel el Viejo)

Dejó huella El Jardín de la Delicias. El gurú artístico del joven Sierra, ese maestro de apellido Fovel, lleva al barbilampiño escritor frente a otro cuadro inquietante, El triunfo de la muerte, de Brueghel el Viejo, «una suerte de pesadilla de peste y destrucción, lo que parece una extensión extrema del infierno del Bosco», afirma Javier Sierra. 

El triunfo de la muerte. Brueghel el Viejo.
El triunfo de la muerte. Brueghel el Viejo.
«Brueghel el Viejo lo pinta unos años después de El Jardín de las Delicias. Él conoció la obra de El Bosco porque en el taller de impresión donde él trabajó de joven se imprimían las estampas de El Jardín... y de otras obras de Jerónimo Bosco. Por lo tanto, enseguida se familiarizó con esas imágenes oníricas y extrañas. Pero a lo que se dedicó durante toda su vida Brueghel fueron paisajes, escenas bucólicas, de la vida cotidiana, y unas pocas escenas bíblicas más o menos pacíficas. Esta, El triunfo de la muerte, es una excepción. Es una de sus últimas tablas, el triunfo de la muerte representa algo que se describe en el capítulo XX del Apocalipsis: la destrucción total de la Humanidad y la llegada del reino milenario. Después de lo que se representa en esta imagen vendrá un tiempo de mil años en el que Jesucristo señoreará la Tierra. Y después de ese periodo de mil años, que influyó muchísimo en la mentalidad medieval y renacentista, vendrá la gran lucha, la gran confrontación entre el bien y el mal, que decidirá si la especie humana sobrevivirá o no. 

Es un cuadro terrible, en apariencia. Hay miles de esqueletos, representando la muerte, que están cercando poco a poco a los últimos hombre vivos, que están representados en este lugar. Las hordas de soldados de la muerte están empujando gracias a máquinas terribles a estos últimos humanos hacia un cajón, que da la impresión de que cuando esté lleno se va a cerrar. Aparentemente no hay esperanza. Pero el maestro del Prado me explicó que este cuadro se pinta unos treinta y cinco años después de que Hans Holbein el Joven, un importante pintor, diseñase lo que se conoce como el alfabeto de la muerte. Es una tipografía, tallada en imprenta, en donde aparecen desde la A a la Z representaciones de esqueletos -es decir, de la muerte, cercando al ser humano en todas las facetas de la vida. Algunas de las representaciones de Holbein en el Alfabeto de la Muerte encajan casi milimétricamente con algunos de los esqueletos de esta pinturas. De tal manera, que si seleccionamos esas partes, que son iguales, obtenemos un conjunto de letras y si las juntamos esas letras tenemos un mensaje, y si leemos el mensaje comprenderemos el sentido profundo de este cuadro...».


jueves, 7 de febrero de 2013

Ronda nocturna con Javier Sierra por el Museo del Prado (1)

1. El Jardín de las Delicias (El Bosco)


«A las ocho, por la entrada de los Jerónimos». La invitación para pasar una noche a solas con El maestro del Prado en las tripas de la pinacoteca llega con sigilo, enigmática, en un sobre -¡zas, la bicha!-, pero sin machacantes en su interior. Madrid a esas horas es capital sin dolor, algo fría y siempre acogedora. Ni un alma por las calles, ni un caballero con jubón. Ladra algún perro descarriado. Aparcamos en la plaza de Colón. Caminata hasta la Iglesia de los Jerónimos, bajamos las escalinatas y oteamos un ejército de cámaras, periodistas y reporteros de radio. Aún no ha llegado nuestro misterioso convocante. ¿Diez, quince, veinte, treinta negritos? ¿Habrá cena con deguelle de postre? Nos piden el carné para que nos identifiquemos por si al alguien le da por descuidar un velázquez. Pasamos el fortín y llega nuestro anfitrión: el escritor Javier Sierra, que presenta su libro «El maestro del Prado». Ni un japonés a la redonda. Carretera y manta por las tripas de la pinacoteca. Primera parada de la ronda nocturna: «El jardín de las delicias», de El Bosco.
El Jardín de las Delicias. El Bosco
El Jardín de las Delicias. El Bosco
En 1990, Javier Sierra se encuentra por primera vez con el maestro del Prado, personaje a quien dedica su libro. Se lo tropezó sin él buscarlo, delante de «La perla», de Rafael. Mientras el joven Sierra curioseaba, ese misterioso personaje se ofreció a guiarle durante una serie de días por las obras menos «populares», pero más inquietantes del Prado. Con “El maestro del Prado” Javier Sierra explica a los lectores para qué se inventó el arte, qué función tenía el arte desde sus orígenes: «Y para comprender eso tenemos que viajar a sus orígenes, a hace cuarenta mil años cuando nuestros antepasados, los primeros sapiens, comenzaron a pintar los primeros trazos bidimensionales sobre lo más profundo de las cavernas. Esa función trascendente del arte se fue perdiendo, pero no todos fueron ajenos a esa función sobrenatural del arte. Arrancamos este viaje delante de El jardín de las Delicias, una obra que admite múltiples interpretaciones, es una de las más complejas que alberga este Museo. Frente a esta obra, en septiembre de 1598 murió Felipe II, esperando encontrar el camino para que su alma ingresara en el más allá. Felipe II se convirtió en un voraz coleccionista. La manera de leer este cuadro es que muestra el momento de la creación, cuando Dios presenta a Eva a Adán, y en el panel central tenemos la corrupción de la especie humana, la corrupción de la carne. Finalmente, el último panel sería como una advertencia: si esa corrupción llega a sus niveles máximos, llegaremos al infierno, a la destrucción. Pero Jerónimo Bosco pintó una secta, los adamitas -o los hermanos del espíritu libre- que perseguían la regeneración del ser humano. Su objetivo era volver a ingresar en el paraíso del que habíamos sido expulsados. Esa secta de adamitas oficiaba sus ritos completamente desnudos y en cavernas. Si las tesis que apuntan a Jerónimo Bosco era una adamita entonces la interpretación de este tríptico es justo a la inversa de lo que nos han explicado. El panel del infierno representaría el momento histórico en el que nos encontramos, de la máxima corrupción, de la ausencia de la naturaleza. El famoso hombre árbol está reseco, muerto. El panel central sería el esfuerzo que harían los adamitas por regenerar ese ser humano que está en fase de disolución. Y su objetivo sería integrarse en el paraíso, convertirse en los hombres perfectos. Es el único cuadro de El Bosco que no está firmado. Pero justo en la esquina inferior derecha del panel central, asomando de una cueva aparece el único hombre vestido de este panel central, lo hace señalando a una mujer, como si fuera la nueva Eva que se hubiera creado recientemente. Y lo hace con un gesto que es con el que será retratado años más tarde por un grabador muy famoso. El Jardín de las delicias era una obra de arte con una función espiritual y de meditación para los adamitas. Los adamitas espiritualizaron la erótica. Los Hermanos del Espíritu Libre, el culto por el cuerpo, atletas que no veían el sexo como una incitación a la lujuria».

miércoles, 6 de febrero de 2013

La abstracción es joven: 40.000 años

Figura de mujer en marfil de mamut (27.000 años de antigüedad). / AP
Figura de mujer en marfil de mamut (27.000 años) / AP
La figura abstracta de una mujer con enormes senos y prominentes nalgas da forma a la minúscula escultura en marfil que Pablo Picasso adoraba, hasta el punto de encargar dos copias en yeso para apropiarse de esa fuente de inspiración. Era su obra favorita, un trabajo creado hace nada menos que 23.000 años tomando como material el cuerno de un mamut.

El malagueño valoró enormemente su descubrimiento en los años 20 del pasado siglo, en la cueva de un pueblo pirenaico francés, pero la Venus de Lespugue acabó pasando a los anales más como espécimen arqueológico que por el gozo estético de su contemplación. Y, sin embargo, el homo sapiens que habitaba Europa en la Edad de Hielo era capaz de concebir piezas artísticas que manejan los conceptos de la escala, el volumen, la luz y el movimiento, tal y como reivindica la fascinante exposición que mañana abrirá sus puertas al público en el Museo Británico de Londres.

La muestra El arte de la Edad de Hielo: nacimiento de la mente moderna propone otra mirada a aquellas esculturas, grabados y pinturas producidas hace al menos 10.000 años —aunque algunas de las obras presentes en el British atesoran 40.000 años de historia— y que encarnan los primeros trabajos de arte figurativo conocidos en el mundo. Representación, pero también ilusión y abstracción en el más del centenar de piezas exhibidas revelan, en palabras de la comisaria Jill Cook, cómo los protagonistas de aquella era eran capaces de “almacenar, transformar y comunicar ideas a través de imágenes visuales”. De ese modo opera la mente moderna a la que alude el título de la exposición londinense.

El discreto aunque publicitado recinto que ha reservado el Museo Británico a tan exclusivo despliegue —porque muchas de esas piezas, procedentes de toda Europa, son extremadamente delicadas y raras veces ven la luz— ha incorporado obras de insignes artistas del siglo XX como Henri Matisse o Henry Moore como marco de reflexión sobre el arte, sus motivaciones y múltiples influencias. El retrato más antiguo que se conoce hasta la fecha —la cabeza de una mujer hallada en Moravia (actual República Checa) en 1920 esculpida en marfil de mamut hace 27.000 años— sorprende al visitante al presentar unos rasgos alargados y próximos a los de las mujeres de Modigliani.

Uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de aquella década, y que tuvo su escenario en una cueva de Baden-Württemberg (Alemania), nos muestra el torso esculpido de un hombre con cabeza de un león, es decir la combinación de rasgos humanos y animales como prueba de la capacidad imaginativa del artista de hace 32.000 años, que quiere expresar en su obra ideas por encima del mundo real que le rodea. A esa mente creativa le llevó, según los cálculos de los expertos, cuatro centenares de horas ejecutar su pieza, un empleo del tiempo muy valioso que conferiría especial relieve a su trabajo en el seno de la comunidad en la que habitó.

Matisse compartió la misma obsesión por la figura femenina que el autor (de hace casi 30.000 años) que representó a una mujer madura y obesa a causa de su fertilidad, inmortalizada en la figura de la cerámica más antigua de la que se tiene noticia hasta la fecha. En un tiempo más reciente, pero todavía a años luz de nuestro presente, otra escultura de un desnudo femenino ilustra las primeras etapas del embarazo en otra figura rescatada en territorio ruso.

Muchos de estos descubrimientos, como el grupo de tallas de cabezas de caballo hallado en otra cueva del Pirineo y que casi sugeriría una producción en serie, indican que las sociedades de la Edad del Hielo valoraban a unos artistas encomendados expresamente a su labor. Y que estos no tenían necesariamente una impronta naturalista, como demuestra una serie de figuras de animales esculpidos en marfil, que desprenden quizá una imagen de la reencarnación de los ancestros o bien la idea de un creador mítico.

El grabado, ejecutado en un segmento seccionado del cuerno de un mamut, que muestra a un ciervo macho persiguiendo a una hembra —con la cabeza y su cornamenta reclinadas y rendidas ante la llamada de la especie— es el reflejo de la ambición de un artista que no dista tanto del concepto que hoy conocemos. El autor ha seleccionado una pieza de marfil, al igual que sus pares posteriores optarían por otros materiales más propios de las sucesivas épocas como la madera o el lienzo, para ejecutar una composición que tiene en cuenta el espacio y el posicionamiento de sus sujetos. El medio, concluye Cook, sería diferente, “pero la mente creativa que produjo ese trabajo es la misma”.

Esas empresas tan creativas y producidas en una era que hoy cuesta imaginar más allá del básico instinto de supervivencia han desembarcado en el Museo Británico (hasta el 26 de mayo) de la mano de maravillosas miniaturas, aquellas que gentes como Picasso intuyeron como precursoras de lo que hoy conocemos como arte.

Patricia Tubella, Londres:  La abstracción es joven: 40.000 años, EL PAÍS, 6 de febrero de 2013

A modo de justificación...

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El presente blog pretende ser un compendio de los artículos, y publicaciones recogidos en los medios de comunicación (escritos y audiovisuales), principalmente de España, para el estudio de la Historia del Arte. Aspira a ser una guía complementaria para su conocimiento y una referencia para la reflexión y análisis del mundo que nos rodea para difundir la defensa del patrimonio a futuras generaciones. Tuvo su origen a comienzos de junio de 2007, como blog de aula en la materia de Historia del Arte, para la modalidad de Humanidades y Ciencias Sociales de 2º de Bachillerato en el I.E.S. Carbula de Almodóvar del Río (Córdoba). Pero la idea fue creciendo y adquiriendo una dimensión inesperada. Ahora, en un nuevo destino profesional deseamos continuar la experiencia, manteniendo la identidad, para poder alcanzar a nuestros alumnos, en su forzado contacto con la materia, y con el público en general, para que profundice en los entresijos de un aspecto de la civilización de gran calado.