miércoles, 12 de octubre de 2011

La escultura reducida a su esencia

El Guggenheim de Bilbao confronta medio centenar de piezas de estos dos grandes maestros

Son dos de los escultores más relevantes del siglo XX. Uno, rumano; el otro, norteamericano. El primero nació en 1876; el segundo, 63 años después, en 1939. Constantin Brancusi y Richard Serra están tan lejos, artísticamente hablando, el uno del otro, que casi llegan a tocarse. Resulta paradójico, pero así queda patente en la gran exposición que dedica a estos creadores el Guggenheim de Bilbao, en colaboración con la Fundación Beyeler de Basilea.

Medio centenar de piezas distribuidas en la segunda planta del museo bilbaíno son suficientes para comprobar cómo en el arte se puede llegar a un mismo fin a través de caminos bien distintos, si no opuestos. A simple vista, uno podría preguntarse qué tienen que ver las torsiones elípticas de acero de Serra, gigantescas, de varias toneladas de peso, con las esculturas en piedra o bronce pulido de Brancusi, tan frágiles y exquisitas que parecen quebrarse con solo mirarlas. Pero si rascamos un poco en ambos trabajos, ni la escultura de Serra es tan dura como la pintan, ni la de Brancusi tan débil como parece. En ambos casos, la idea y la forma se simplifican hasta el extremo: no hay nada accesorio, la escultura se reduce a la esencia.

Una de las tres versiones de «El beso» de Brancusi que hay en la muestra —la más antigua que hizo, de 1907— observa «La materia del tiempo» de Serra desde el balcón superior situado frente a la joya del Guggenheim. Es como si el viejo maestro mirara con orgullo el trabajo del discípulo. Y es que la influencia de la obra de Brancusi es esencial en la carrera del escultor californiano. Éste obtuvo una beca de la Universidad de Yale (1964-65) para estudiar en París. Visitó a diario la reconstrucción del taller de Brancusi, que había muerto siete meses antes, dibujando en su cuaderno, como intentando atrapar en él toda la sabiduría del maestro. Aquella experiencia le marcó profundamente. Lo describió como «un manual de posibilidades». Su taller se exhibe en la explanada de acceso al Pompidou en un edificio diseñado por Renzo Piano. También Piano diseñó la Fundación Beyeler, donde recaló esta muestra. Entonces, la serena arquitectura del italiano dialogó con las esculturas de Brancusi y Serra. En este caso el diálogo a tres bandas se produce con la poderosa y retorcida arquitectura de Gehry.

La exposición de Bilbao reúne un siglo de esculturas. A través de medio centenar de obras, es posible admirar la evolución de cada artista, pues hay trabajos de todos sus periodos. De Brancusi se muestran esculturas que abarcan cuatro décadas: desde sus exquisitas «Musas dormidas» en bronce pulido y cabezas de niños, hasta sus trabajos en mármol. Como «Princesa X», de 1915. Tiene una curiosa historia. Se retiró del Salón de los Independientes porque creían que representaba un falo. En realidad, es una mujer que se mira en un espejo. Brancusi lo demostró aportando el material que utilizó en su ejecución y la obra regresó al Salón. También muy interesantes son sus trabajos en madera, que parecen tótems. Es el caso de «Adán» y «Eva» o «Rey de reyes», que hizo para un marajá. Y, espectacular, la última sala, dedicada a los «Pájaros» de Brancusi. Cinco de ellos, bellísimos, subidos a altos pedestales, parecen echar a volar en una sala de enormes techos y luz natural.

Serra no ha acudido a la inauguración de la muestra en Bilbao, pues se halla en su ciudad natal, donde el MoMA San Francisco dedica una retrospectiva a sus dibujos. Abundan en la exposición de Bilbao trabajos monumentales con planchas de acero de varias toneladas, como «1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8», de 1987, que solo se había expuesto una vez; o «Circuito Bilbao», realizada para la ocasión, aunque es una escultura que hizo en el 72 para el MoMA. También hay una pieza con caucho de 1966-67 —su emblemática serie «Belts» (Cinturones)—, así como trabajos muy recientes: siete obras sobre papel (utiliza barra de óleo negro sobre papel japonés) y cubos en acero autopatinable, realizados este año.

Natividad Pulido, Bilbao: La escultura reducida a su esencia, ABC, 8 de octubre de 2011

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