lunes, 14 de mayo de 2007

El Louvre muestra al más transgresor y sabio Ingres en una gran antológica

El museo del Louvre de París abre el próximo viernes una gran retrospectiva dedicada a Jean-Auguste-Dominique Ingres (Montauban 1780-París 1867). Ingres no había sido protagonista de una atención equiparable desde 1967, a pesar de que su cota no ha dejado derevalorizarse. Se trata de una exposición que, en palabras de Vincent Pomarède, comisario del acontecimiento, pretende "presentar todo Ingres". La muestra, que reivindica la faceta religiosa y de pintor de género del artista, permanecerá abierta en el museo hasta el próximo 15 de mayo.

La source (1856), de Jean-Auguste-Dominique Ingres

Por qué hablar de "todo Ingres"? Sencillamente, porque en esta ocasión la muestra -compuesta de 79 óleos y 101 dibujos- no ha querido limitarse a sus célebres retratos o desnudos, tan elogiados y tan influyentes entre otros artistas, de Degas a Picasso, sino reivindicar el Ingres pintor de telas de historia o renovador de un género condenado a la decadencia -la pintura religiosa- o su talento aplicado a las "estampas de trovadores". En definitiva, de lo que se trata es de no celebrar única y exclusivamente los aspectos que son más fáciles de asumir por la modernidad, sino también de integrar en la trayectoria creativa del artista facetas que no encajan con la historia de la pintura confundida con la de la conquista de la libertad de expresión. La máxima orsiana que asegura que "todo lo que no es tradición es plagio" resume a la perfección la trayectoria de Ingres, empeñado en salvar las técnicas de sus grandes maestros -Holbein, Rafael, Velázquez, Tiziano, Giotto...-, al tiempo que aportaba a cada obra un elemento de novedad, ya fuese por su elección inesperada de una paleta casi monocromática, ya fuese por concepción del encuadre, ya fuese por su atrevimiento en la desmesura.

En su día, en los años que preceden a la Revolución de 1848, los caricaturistas dibujaban a Ingres como el caballero que, lanza en ristre, se enfrenta a Delacroix. Esu na batalla en la que, "si triunfa Ingres, el color será prohibido en toda línea", mientras que si es Delacroix el que consigue descabalgar a su rival "es la línea la que será prohibida". Y cada pintor simboliza otra cosa, Delacroix, la libertad anarquista de los seguidores de Proudhon, Ingres, el conservadurismo monárquico de Thiers, el político que, años más tarde, dirigirá la cruel represión contra la Comuna y meterá en la cárcel a Courbet, realista y padre de los impresionistas.

Leyendo la biografía de Ingres se descubre que su oportunismo político nunca le privó de lucidez y que el mismo respaldo que pudo manifestar públicamente por unac arnicería que restablecía los derechos de los aristócratas, no le impedía manifestar pocas semanas después su disgusto ante los excesos de crueldad de los matarifes. ¿Todo se reduce en él a una mera cuestión de gusto?

Durante años, los especialistas le han dado vueltas y más vueltas a un dilema que puede resumirse así: "¿Es Ingres el más conservador de los revolucionarios o el más revolucionario de los conservadores?". La actual exposición pone fin al dilema, al probar que Ingres es las dos cosas a un tiempo, que su atrevimiento a la hora de pintar un Júpiter malhumorado y gigantesco no le impide presentar al pobre Symphorien bajo un aspecto de hermafrodita que desata la cólera de todos los musculosos de la ciudad, u organizar el espacio en torno a un Jesús que les habla a los doctores siendo el centro de todas las líneas de fuga, incluidas las trazadas a partir del color.

Sabiduría y transgresión son los dos motores de un pintor del que se sabía de la exactitud psicológica de sus retratos -el del editor Bertin, el de la vizcondesa de Hassonville, el de monsieur Rivière son algunos de ellos-, pero del que no se había comprendido hasta qué punto asociaba pureza y erotismo. Un gran perverso, en resumen.

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