sábado, 6 de noviembre de 2010

Cristina Iglesias, en su Atlántida

No parece haber límites en los sueños de Cristina Iglesias. Se atreve con todo. Su última «osadía», una ciudad sumergida en aguas de la isla Espíritu Santo, en Baja California (México). Tan singular proyecto, en el que lleva inmersa cuatro años y que se inaugura mañana, ha sido promovido por la Fundación Mexicana para la Educación Ambiental. En él han colaborado tanto biólogos marinos y conservacionistas de costas de La Paz, como miembros del Instituto de Oceanografía de San Diego. Arte y naturaleza, en estado puro, dialogan como nunca antes habíamos visto.

Un buzo junto a la escultura de Cristina Iglesias. FUNDEA

Recién aterrizada en México, Cristina Iglesias (San Sebastián, 1956) hace un alto entre inmersión e inmersión para hablar con ABC de estas sugerentes «Estancias sumergidas», título del proyecto. La conversación tiene que llevarse a cabo vía satélite, pues las conexiones son muy malas en este bello pero recóndito lugar. Uno de esos paraísos perdidos miltonianos que aún quedan en el planeta. Se halla en el Mar de Cortés, nombre con el que se conoce al golfo de California. Fue nombrado así por Francisco de Ulloa en 1539 en honor del conquistador español Hernán Cortés. Desde julio de 2005, las islas del Mar de Cortés fueron declaradas Patrimonio Mundial de la Humanidad.

«Nació como una propuesta que se enmarca en un plan de protección de la naturaleza: devolver Espíritu Santo, esta isla, que es un parque natural, al pueblo mexicano —explica la escultora—. La idea fue crear una pieza que fuera símbolo de esa voluntad. Hemos trabajado junto a biólogos marinos, científicos, proteccionistas de la naturaleza, pescadores... para construir una pieza que participa también de un proyecto de refugios marinos, muy importante en todo el golfo de California. La pieza construye un lugar, una idea laberíntica de dos estancias, compuestas por celosías». Comenta Cristina Iglesias que se ha utilizado el material más adecuado para que la vida se adhiera a ellas y crear así un arrecife de coral. Es un cemento especial, con un ph neutro, y acero inoxidable en el interior. El objetivo, que no fuera agresivo con el medio marino y favoreciera la creación de vida.

El lugar fue elegido por los especialistas: era el que reunía las condiciones idóneas: «Tiene un fondo arenoso, en el que lo que crezca será nuevo». La pieza se halla a 15 metros de profundidad. Cada una de estas estancias sumergidas es de 36 metros cuadrados y tres metros de altura. Esta ciudad subacuática evoca la mítica Atlántida. Toda la obra de Cristina Iglesias tiene una pata en la poesía y otra en la filosofía. Y esta no iba a ser menos. «Sí, es cierto, me he basado en esa idea de la Atlántida y he utilizado un fragmento del libro “Historia natural y moral de Las Indias”, de un jesuita, el padre Josep de Acosta. En él describe la idea del Nuevo Mundo, de la Atlántida como una ficción, como una vasta extensión entre continentes. Me parece que construía memoria en el fondo marino». El texto, dice, se despliega por las catorce paredes de celosía que conforman toda la pieza: «Crean esa especie de refugio, donde los peces podrán protegerse y desarrollarse».

¿Se podrá transitar libremente por ese laberinto? ¿Necesitarán permisos especiales los buceadores? «Cualquiera podrá hacerlo, siempre con unas condiciones mínimas de protección. Es un lugar protegido. A pesar de lo remoto del mismo —está cerca de La Paz, pero hay una hora de barco—, la gente podrá nadar junto a la pieza, bajando con oxígeno. Con snorkel, y desde el cielo, en los meses más claros (octubre y noviembre) se podrá admirar esa especie de Atlántida». Las estancias son de un color verdoso: «Las sumergí en septiembre. Desde entonces he buceado muchas veces y ya tienen estrellas de mar y no hay un centímetro de ellas sin plancton, sin vida». Para la escultora, el mar «siempre tiene algo de desconocido, de lugar donde no sabes qué va a pasar, donde te puedes perder. Un sentimiento de pérdida no negativo, sino cercano a esa pérdida del sentido de la dimensión de las cosas».

¿Sabía bucear antes de hacer la pieza o ha aprendido por exigencias del guión? «Que fuera bajo el mar lo planteé yo porque era en una isla bellísima y desértica. Antes había hecho algo de buceo, pero muy poco. Siempre me había atraído. Ha sido una aventura para mí y un descubrimiento: un sueño que he podido vivir». No lo recuerda, pero han sido muchas las inmersiones que ha llevado a cabo en estos cuatro años que ha durado el proyecto. Aunque la idea se desarrolló en su estudio de Madrid, se muestra satisfecha de que la pieza se haya construido en La Paz. Mañana, durante la inauguración, se presentará el tráiler de un documental sobre la obra que se está filmando.

Para Cristina Iglesias no parece tener límites físicos la escultura. ¿Algún otro lugar extraño donde sorprendernos instalando otra pieza? «Bueno, tengo muchos proyectos. No los busco por su dificultad, sino por el poder del arte de construir algo que antes no existía. Saber que ahí abajo existe ahora ese lugar... te hace pensar. Nunca dejo de soñar. Y tengo la suerte de tener en el futuro proyectos del mismo nivel de intensidad». Uno de ellos será en Toledo, pero no quiere adelantar aún nada, y también está ultimando una pieza para la colección de Bernardo Paz en Inhotim (Belo Horizonte, Brasil), que se inaugurará en marzo: «Será también una especie de laberinto en medio de una selva». Terminamos la charla. Se baja a bucear, a reencontrarse con su Atlántida.

Esta escultora donostiarra nacida en 1956 pertenece a una familia que rezuma cultura por todos sus poros: sus hermanos son músicos, escritores, cineastas... Estuvo casada con el también escultor Juan Muñoz, que falleció en 2001. Es madre de dos hijos. Entre sus últimos proyectos destacan las puertas de la ampliación del Prado y el homenaje a las víctimas del terrorismo en el Parlamento vasco.

Natividad Pulido, Cristina Iglesias, en su Atlántida, ABC, 28 de octubre de 2010

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