domingo, 20 de abril de 2008

El arte de Mayo del 68: Un valle de lágrimas

Las revoluciones en el arte han terminado por ser fagocitadas por el propio sistema. A finales de los sesenta se predicó su "desmaterialización" y las denuncias políticas. Todo ello ha entrado a formar parte de la actual estandarización

Las fechas tienen su propio centro de gravedad. 1968 no sólo fue el año del nacimiento de la revolución estudiantil en París, también enterró a Marcel Duchamp, el más destructivo y audaz de todos los artistas de la historia, después de Picasso. El mismo año se testificó una nueva revisión museística del minimalismo y el comienzo organizado del arte conceptual, cuyo núcleo duro lo formaba el grupo del crítico y mánager neoyorquino Seth Siegelaub: Lawrence Weiner, Joseph Kosuth, Robert Barry, Douglas Huebler y Dan Graham llevaron un paso más allá la idea de reproducción y distribución nacida del movimiento pop. La llamada "desmaterialización" del arte había nacido de las discrepancias en la consideración del ready-made, como un acto enunciativo ("declaro que este urinario es una obra de arte"), o como la anulación de dicha elección que, en palabras de Duchamp, llevaría a la "reacción de indiferencia visual, la anestesia absoluta".

Vive la revolution, de Asger Jorn

Duchamp fue al arte lo que la velocidad al tiempo. Su coraje fue extraordinario. Inventó la idea de la "copia original" en 1935, el mismo año en que Walter Benjamin y André Malraux contemplaron el destino del arte en manos de la reproducción. La poesía de Duchamp es inconcebible sin su trabajo con y a través de la banalidad. Fue un posromántico revolucionario, un presituacionista. Un error afortunado en la Historia del Arte.

Las aventuras de la Modernidad se cuentan como momentos efímeros según el cociente de su caracterización formal y de los pliegues en los que desigualmente se invierte. Para el filósofo Jacques Rancière, el arte como "la vida de las formas", en el sentido autónomo, debe oponerse al arte como "vida real" y (posiblemente) auténtica revolución. Ésta fue la astucia de los integrantes de la Internacional Situacionista (1957-1972) al enfrentarse al ascenso de la sociedad de consumo mediante la creación de "situaciones" y derivas subversivas. Promover la lucha de clases mediante "la batalla del tiempo libre" fue una de sus proclamas. Pero antes que artística, la situacionista fue una vanguardia política que intentó hacer realidad sus estrategias críticas en intervenciones en la calle. En 1966, cuatro años después del cisma que llevó al movimiento a abandonar sus estrategias culturales, el núcleo duro participó en la primera revuelta estudiantil en Francia, en la Universidad de Estrasburgo, que estuvo orientada por el opúsculo escrito por Mustapha Khayati, Sobre la miseria en el mundo estudiantil. Un año más tarde vieron la luz sus dos críticas más importantes de la cultura capitalista, La revolución de la vida cotidiana, de Raoul Vaneigem, y La sociedad del espectáculo, de Guy Debord, dos textos decisivos para que se produjera el levantamiento de Mayo del 68.

Desde que el arte es oficialmente revolucionario, se ha transformado en un evento de vida muy corta, inocentes sabotajes que acaban dando sentido a la continuidad de la Historia. Como consecuencia, se ha ido creando toda una industria de la nostalgia (este mismo artículo) que acaba siendo cómplice de la amnesia y la parálisis del pensamiento de una sociedad frígida que sólo se siente estimulada por los artificios del consumo y la moda. Que un individuo como Thomas Krens, quien hasta hace unas semanas fue el ideólogo de la llamada marca Guggenheim, haya afirmado en este mismo periódico que en Abu Dabi se propone hacer "algo grande, faraónico" sin que crítico alguno desenvaine su espada, quiere decir que El Sistema ha dejado el globo bien barrido y despejado para las manipulaciones de los grandes visionarios corporativos. Vivimos en una historia estandarizada en perpetuo cambio que nos devuelve pequeños fragmentos de revueltas que suenan a la imagen del Che estampada oportunamente en la sudadera de un joven universitario.

Pin up, de Zoe Leonard


En este sentido, la noción de "revolución" tiene hoy un aparente carácter anacrónico. Desde la Comuna de París, en 1871, hasta el movimiento activista alemán de la primera década del siglo, la citada Internacional Situacionista, el Activismo Vienés, la caída del muro en 1989 y hasta, posiblemente la última manifestación revolucionaria, en 2001, con las masivas protestas en la cumbre de los G8 en Génova, el largo siglo XX ha sido una concatenación de arte y revolución, si bien esta unión ha sido resbaladiza, llena de momentos de fragilidad y caídas. Un valle de lágrimas. Una de las tesis situacionistas, Sobre la Comuna de París (1962) anuncia: "El éxito aparente del movimiento revolucionario se halla, en realidad, en sus fracasos esenciales, mientras que sus fracasos son sus éxitos más notables".

Por lo que se refiere al arte de las dos últimas décadas, los deseos utópicos empiezan y acaban en "formas de resistencia" encadenadas en un sinfín de conexiones micropolíticas. Artistas como Hans Haacke, Adrian Piper, Martha Rosler, Leon Golub, Nancy Spero, Krzysztof Wodiczko, Zoe Leonard, Andrea Fraser o las actividades de colectivos y guerrillas neosituacionistas nacidos en los ochenta con la crisis del sida (los grupos ACT-UP, Grupo Material, General Idea, Gran Fury, Border Art Ensemle, RePo History) se resistieron a la regresión ideológica del arte. Estos movimientos han tenido que convivir con el giro reaccionario en política, acompañado por otro en estética, como se evidenció con la resurrección de formatos considerados "viejos", como la pintura al óleo y la estatuaria en bronce. Entonces, y aún hoy, el mundo del arte se había entregado al mercado como nunca antes.

El tiempo en el arte, como en una novela de Proust, tiene sus eclipses. Leemos nuestros deseos, nuestra subjetividad, en las demoliciones de la Utopía. Y cuando uno camina por el paseo del Prado, siente que la revolución descansa en las salas de El Bosco, Goya, Manet. Y que el cansancio político y la desmoralización adoptan las gigantescas formas de los torsos yacentes de Igor Mitoraj.

Ángela Molina, Un valle de lágrimas, El País - Babelia, 19 de abril de 2008

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