martes, 1 de abril de 2008

Jacqueline (Picasso) escapa del purgatorio

Seguramente porque hubo un pleito muy largo y porque había tanto dinero en juego, algunos de los herederos de Picasso han ido publicando libros sobre su relación con el pintor: los unos, como Marina (hija de Paulo, a su vez hijo de Olga Kokhlova), hablando de la ¿inhumanidad? del genio; los otros, como Olivier Widmaier (hijo de Maya, a su vez hija de Marie Thérèse Walther, y consejero jurídico de la Picasso Administration), rehabilitando la figura de su abuelo. Ahora acaba de aparecer otro libro sobre el entorno del gran artista del siglo XX que no ha causado tanto escándalo como Vivir con Picasso de Françoise Gilot... pero casi.

Jacqueline, por Picasso

La verdad sobre Jacqueline Picasso es obra de Pepita Dupont, periodista de Paris Match y gran amiga de Jacqueline Roque, la ultima mujer del pintor malagueño. El libro quiere recuperar la memoria de quien fue calificada por muchos como la cancerbera de Picasso, y que murió el 15 de octubre de 1986, 13 años después de la muerte de su marido, disparándose un tiro en la cabeza.

El argumento de Pepita Dupont contra esta opinión tan negativa es que Jacqueline no hizo más que seguir la voluntad del artista. Acusada de no haber dejado asistir a los hijos de Picasso, salvo Paulo, al entierro de su padre, Pepita recuerda que ellos habían iniciado anteriormente un pleito para estar seguros de heredar su fortuna, lo que indignó sobremanera al pintor. La verdad es que, siendo supersticioso como buen andaluz que era, Picasso no había hecho testamento: ¿Me moriría al día siguiente si lo hago?, le dijo al crítico de arte John Richardson.

De acuerdo a la ley francesa, sólo heredarían a su muerte su mujer legal y su único hijo legítimo, Paulo, hijo de la bailarina Olga Kokhlova. Pero en 1959, Picasso solicitó que sus hijos ilegítimos llevaran su nombre, lo que consiguió en 1961. Y al final, como se sabe, todos heredaron, y mucho. En cuanto a la acusación de que Jacqueline no dejaba entrar a Pablito, hijo de Paulo, Pepita explica que, en realidad, era un toxicómano que había intentado robar en Nôtre-Dame-de-Vie.

Jacqueline nos es descrita por su amiga como sincera, honesta y desprendida, así como alguien a quien no se le ha agradecido suficientemente ni su entera dedicación a Picasso ni su generosidad con los museos (cabe decir aquí que el Ayuntamiento de Barcelona le dio la Medalla de Oro de la ciudad en 1983 ¿tres años antes de morir? y le hizo una exposición en su honor, en 1990, es decir, cuatro años después de su suicidio).

Jacqueline Roque había nacido en 1926 en París, de padre electricista y de una madre costurera que se vio obligada a hacer de portera en un lujoso inmueble del barrio XVI. Cuando Jacqueline tenía tan sólo dos años, su padre las abandonó. Al decir de Pepita, una figura influyente en su vida fue la de su tío el abad Bardet, quien le enseñó la importancia de la modestia, la renuncia y la humildad. Virtudes que, sin duda, habrían de serle útiles en su pugna por lograr el corazón de Picasso frente a las otras aspirantes a principios de los años cincuenta.

A sus 20 años, Jacqueline se casó con Andre Hutin, ingeniero, aunque enseguida el matrimonio resultó un fracaso. En l948 nació su hija Cathy, con quien Jacqueline mantuvo unas relaciones siempre difíciles. La familia vivió durante un tiempo en África, en el actual Burkina Faso, hasta que Jacqueline abandonó a su marido, sospechando que le era infiel. Se separaron y Jacqueline se trasladó al sur de Francia, donde había de conocer al pintor malagueño a través del matrimonio Ramié.

El libro dice que no quiere entrar en detalles escabrosos, pero los hay, y muchos. Así, el lector se entera de que Françoise era llamada por Picasso Julot en lugar de Gilot (tener un Jules, en francés, es tener un amante) y de sus múltiples relaciones amorosas: con el escritor Claude Roy, con el filósofo Costas Axelos y con el pintor Luc Simon, con quien Françoise llegará a casarse y a tener una hija.

Jacqueline dejó leer a Pepita las cartas que Françoise envió a Picasso cuando estaba en su viaje de novios con Luc Simon, aunque en ellas, sorprendentemente, Françoise le decía que quería recomponer su vida con él. Para muchos, la relación de Françoise fue la más fría e interesada: Pepita cita a Geneviève Laporte (otra amante ocasional de Picasso) afirmando que Françoise se había hecho presentar a Picasso a través del actor Alain Cuny, desmontando así la idea de un encuentro fortuito.

¿Y por qué no publicó esta correspondencia?, le preguntó como es natural Pepita a Jacqueline: ¿Nunca hay que rebajarse o justificarse?, le respondió Jacqueline. Una vez que te han manchado, eso ya es para toda la vida?.

Esperemos que ahora no le pase lo mismo a Cathy Hutin, quien sale más que malparada de este libro. Cathy no debió de tener la atención suficiente de parte de Jacqueline, quien decidió dedicarse en cuerpo y alma al genio malagueño. Lo que se desprende del libro es una gran antipatía mutua ente ella y Pepita, a quien Jacqueline llevaba a las recepciones oficiales y en quien confiaba.

Cathy está vista aquí como alguien frío e interesado únicamente en el dinero, y como una hija que hace caso de las ultimas voluntades de su madre. La polémica tras la publicación del sulfuroso libro en Francia no se ha hecho esperar: Catherine Hutin-Blay ha presentado ya hasta tres denuncias contra Pepita Dupont por algunas de las revelaciones de la obra.

Con González y Mitterrand como presidentes respectivos de Francia y España, se devolvieron a España dos lienzos del artista malagueño muy significativos para nuestro país: Aux espagnols morts pour la France (hoy en el Reina Sofía) y Los tejados de Barcelona (hoy en el Museo Picasso de Barcelona). Y hace tan sólo pocos meses, la propia Catherine Hutin-Blay dejó en depósito en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) de Barcelona ocho piezas de su colección, aunque tan sólo por un año.

Por otra parte, el libro ofrece muchos episodios de interés, desde la propia boda de Jacqueline y Pablo Picasso (el 2 de marzo de 1961), con dos únicos testigos y una señora de la limpieza como único público, hasta la anécdota de Pasqual Maragall pidiendo cinta adhesiva para embalar una obra que Jacqueline regaló al museo de Barcelona.

O el propio episodio de la muerte de Jacqueline, que haría las delicias del mejor escritor de thrillers del mundo. En su polémico escrito, Pepita Dupont no niega ni el alcoholismo final de Jacqueline, ni su debilidad psicológica ni su soledad, aunque también rememora felices escenas cotidianas.

En resumen: lean el libro, se hablará de él. Hay materia para rato.

Victoria Combalía (Barcelona), Jacqueline escapa del purgatorio, El País, 1 de abril de 2008

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