No dar puntada sin hilo

Procedente del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, aunque en una versión algo más reducida, esta fascinante exposición sobre tapices, sobre hilos que han tejido obras de arte, objetos de lujo, de ostentación, de riqueza y poder, además de presentarse con frecuencia como instrumentos de prestigio y propaganda de sus poseedores y coleccionistas, constituye una ocasión única para poner en valor un arte como el de la tapicería y sus implicaciones históricas y simbólicas al que, sin embargo, no se le ha prestado toda la atención que sin duda merece, como reivindica en sus diferentes textos para el catálogo Thomas P. Campbell y, en general, esta exposición que, en su montaje y disposición, casi reconstruye y recrea ámbitos propios de otras épocas históricas con el fin de medir el efecto suntuoso y expresivo, alegórico y simbólico, de los tapices, verdadera piel superpuesta a la arquitectura y a sus espacios, ya fueran interiores o exteriores, cualificando esos lugares por medio de la riqueza, el color, los hilos de oro, los tintes, las dimensiones tantas veces colosales, así como por medio de sus motivos ornamentales, decorativos o iconográficos.

Las casi sesenta colgaduras y otras piezas que están presentes en la exposición constituyen una cuidada selección de obras excepcionales del arte de la tapicería desde finales del siglo XVI y durante todo el XVII, el siglo del Barroco.

Sin competencia. Obras que proceden de los principales obradores europeos del período, comenzando por los más importantes y prestigiosos de ellos, los flamencos, que tuvieron en los Países Bajos, ya desde el siglo XV, y especialmente en Bruselas, una presencia e importancia históricas sin competencia tanto por su extraordinaria calidad técnica y su riqueza, como por los temas y representaciones icnográficas, unas veces laudatorias de las proezas de príncipes y monarcas, otras de contenido religioso o profano, o simplemente ornamentales y decorativos.

La importancia de los talleres flamencos durante el siglo XVI, cuya producción y compleja organización permite considerarlos una verdadera industria que producía importantes beneficios, debido al altísimo precio pagado por las series de tapices que realizaban con historias religiosas o mitológicas y con historias que exaltaban triunfos políticos o militares de los principales monarcas y príncipes de la época, fue ciertamente excepcional, recibiendo encargos de diferentes cortes europeas, de Carlos V a Francisco I o Felipe II, de León X, para decorar la Capilla Sixtina, con cartones realizados expresamente por Rafael, con los Hechos de los Apóstoles (1516-151), a otros príncipes, prelados y nobles europeos. Fue ese siglo XVI el que aportó las series más célebres y representativas del tapiz flamenco, con frecuencia vueltas a ser usadas, con modificaciones, en la centuria siguiente. Al prestigio de sus compradores o poseedores se unía el carácter alegórico o triunfal de loa a los temas elegidos, cuyos modelli, bocetos y cartones procedían de algunos de los mejores artistas flamencos e italianos de la época, de Van Orley, Michiel Coxcie, Peter Coecke van Aelst o Vermeyen a Rafael, Giulio Romano, Francesco Penni o Perino del Vaga.

Nuevos retos. De este modo, la técnica del tapiz recogía las aportaciones de los más grandes artistas del Renacimiento, afrontando retos que tenían que resolver con nuevos procedimientos compositivos, formales y espaciales de los diferentes artistas mencionados. Así, partiendo de cartones, claro aroma gótico y ornamental, prolijos en la decoración y en la riqueza de los tintes y de los hilos metálicos, de oro o plata, los obradores tuvieron que dar respuesta técnica a las innovaciones plásticas y espaciales de los artistas italianos. Los resultados no pudieron ser más espléndidos, como algunos ejemplos colgados en esta exposición demuestran.

Si se repara en la descripción hecha de los diferentes frentes que un obrador de tapices tenía que afrontar, no puede extrañar el altísimo precio que llegaron a adquirir en su época, y que sólo estaba al alcance de los muy poderosos, convirtiendo esas obras no sólo en un instrumento de prestigio y poder, sino en verdadero autorretrato de su dignidad, hazañas heroicas y virtudes. Así, cada obrador debía contar y pagar los costes de los cartones a artistas reconocidos, mantener una mano de obra numerosa y muy especializada de liceros, adquirir los mejores hilos, incluidos los de oro, los tintes más adecuados y emplear un tiempo considerable en la producción de tapices de grandes dimensiones que, con frecuencia, poseían el carácter de series que habrían de amueblar palacios reales y grandes residencias nobiliarias, sin olvidar los ámbitos religiosos. Situados en los espacios más representativos de esos edificios, ya fueran de recepción o privados, los tapices cumplieron siempre una función simbólica de poder y propaganda, además de cubrir funciones más utilitarias de aislamiento. Su carácter móvil y desmontable hacía posible su uso ceremonial o ritual coincidiendo con acontecimientos políticos o religiosos, entradas triunfales o procesiones, invadiendo a veces el espacio urbano, transformándolo así, efímeramente, en un espectáculo propagandístico que ocupaba simbólicamente la ciudad como un ejercicio propio del poder.

Fueron algunos los intentos durante el siglo XVI de crear otros obradores de tapicería en distintas ciudades y cortes europeas, pero no se logró propiamente hasta la dispersión de los tapiceros flamencos por Europa como consecuencia de las guerras religiosas y civiles de los Países Bajos (1570-1600), cuya producción no volvió a recuperarse hasta el gobierno del Archiduque Alberto de Austria e Isabel Clara Eugenia. La diáspora de los tapiceros flamencos por Europa incitó a numerosos príncipes y monarcas a instalar en sus cortes fábricas para atender sus propias necesidades representativas en sus palacios, y para producir obras con vistas al regalo o al intercambio simbólico, de la de Florencia de los Medici a la de los Barberini en Roma; de las manufacturas de París, luego continuadas en el Taller de los Gobelinos durante el reinado de Luis XIV, de una excepcional calidad, a la de Mortlake, cerca de Londres, promovida con extraordinario entusiasmo por Carlos I. El siglo XVII vio incorporarse al arte del tapiz, además de nuevas técnicas, viejos temas y nuevas series iconográficas, algunas debidas a artistas tan importantes como Rubens o Le Brun, así como el consolidarse de las más grandes colecciones de tapices, entre las que brillaron por su elevado número y calidad las Reales de Inglaterra, Francia y España.

Sin pasar desapercibido. Le muestra recorre todos estos problemas, con modelli, bocetos, cartones, tapices procedentes de muchos de esos importantísimos centros manufactureros y de algunas de las colecciones más prestigiosas de la época, acompañada de una extraordinario catálogo que es una verdadera historia del tapiz durante esa época en la que los hilos recuperaron su esplendor. Un verdadero y único espectáculo que no debe pasar desapercibido.

Delfín Rodríguez, No dar puntada sin hilo, ABCD Las Artes y Las Letras, nº 846, 19 de abril de 2008

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