miércoles, 22 de diciembre de 2010

Altamira, una guerra microscópica

Pulsar para ampliar la imagenLa cueva de Altamira seguirá cerrada, en principio, dos años más. El informe de 2009 del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que alertaba del peligro de las visitas para las milenarias pinturas de la gruta, ha sido decisivo para mantener su clausura.

Sin embargo, la impaciencia de los políticos cántabros, con su presidente Miguel Ángel Revilla al frente, llevó esta semana al Patronato de Altamira a apartar al CSIC de las investigaciones y buscar el dictamen de un grupo internacional de expertos, que se constituirá antes del próximo mes de abril y que deberá establecer un régimen controlado de visitas que al mismo tiempo garantice la conservación de los bisontes.

Sergio Sánchez-Moral es el director de la última investigación del CSIC. Entró por primera vez en Altamira en 1993 y desde entonces ha estudiado las condiciones ambientales de la cavidad al milímetro. "Cuando nos piden visitas experimentales para ver cómo afectan a la cueva, es absurdo, porque eso se sabe más que de sobra, está estudiado hasta la saciedad. Hay hasta una tesis doctoral sobre el tema", explica el geólogo en su despacho del Museo de Ciencias Naturales de Madrid.

Su trabajo en la cueva durante la última década le ha llevado a constatar dos evidencias: la situación en la sala de polícromos ha mejorado mucho, pero sigue siendo muy delicada. Las colonias de bacterias que provocaron las manchas verdes que levantaron la voz de alarma en 2002 se han reducido, lo que no significa que las bacterias hayan desaparecido. Es más, son necesarias "para mantener a raya a los hongos. El problema es que si matas a todas las bacterias se te puede hacer fuerte el hongo. Y hay hongos que proliferan y se te meten en el pigmento, y luego no lo puedes quitar, porque está metido en la pintura", analiza el científico.

El equipo llegó a esta conclusión después de que en 2007 introdujeran roca estéril, sin bacterias, en la cueva. "Al instalarlas ahí, los hongos se hacen con la roca en un momento. Nos dimos cuenta de que el problema era mucho peor de lo que parecía. Teníamos que hacer campañas de microbiología para ver lo que flotaba en el aire y fotografiar los techos para observar cómo proliferan las colonias de bacterias. Nos preguntamos si en los sustratos que no hay colonias habría bacterias. Empezamos a medir y... ¡estaban llenos!", exclama.

El principal problema es que mientras las bacterias empiezan a colonizar un ambiente no son perceptibles al ojo humano, por lo que su crecimiento es difícil de controlar. "Entran en una fase de estabilidad. Aumentan poco a poco y durante un tiempo se fortalecen, se van haciendo con el ambiente. Pero en un momento determinado hay una fase de proliferación y el crecimiento experimenta una fuerte subida de golpe. Y ahí ya ves las manchas en la cueva", sostiene Sánchez-Moral.

Detener el avance o matar

Los trabajos del CSIC han dado sus frutos y han logrado detener la proliferación de las colonias. "Ha disminuido la actividad metabólica de las bacterias, lo que es muy bueno. Y otra cosa que pasa es que están aumentando las proteínas, porque las bacterias se ahogan y buscan alimento. Yo ahora mismo no sé matar a esas bacterias, pero creemos saber cómo hacer para que no proliferen", subraya el geólogo.

A esto hay que añadir la fragilidad de la cueva, que se encuentra en estado senil. Ya cuando entró el investigador Hugo Obermaier a principios de siglo XX para hacer excavaciones arqueológicas se le cayeron varios bloques al lado, de ahí que se tuvieran que hacer obras de sujección. Además, la entrada de la cueva, conocida como la sala de la cocina, "está destrozada microambientalmente, con colonias de todos los tipos. Nuestro primer objetivo fue que esas bacterias no pasasen a la sala de polícromos. De ahí la instalación de un segundo cierre, justo después de la sala de la cocina, que ha reducido mucho la transmisión", expone Sánchez-Moral.

La sala de polícromos cuenta, no obstante, con dos condiciones naturales a su favor, que son el motivo por el cual las pinturas siguen allí después de miles de años. "Es un milagro, por eso hay sólo tres o cuatro en el mundo. La suerte que tiene la sala de polícromos es que por su configuración hay una parte donde no entra en circulación el aire, y es donde están los bisontes. Además, tiene encima una capa de piedra muy impermeable que desvía el agua hacia los lados. Ese es el motivo de que no haya estalactitas y por eso el señor que pintaba lo hacía allí", cuenta Sánchez-Moral.

La cueva, un ser vivo

Vista desde los ojos de un científico, una cueva deja de ser una cueva y se convierte en un ser vivo que sufre, responde, se recupera e incluso respira. El equipo del CSIC viajaba, como mínimo, una vez cada dos meses a la cueva para recoger los datos almacenados en los equipos de monitorización. También llevaron a cabo jornadas de medición de 24 horas, ininterrumpidamente. "Eran pruebas para ver cómo respira la cueva. Se pincha en el prado de encima una serie de tubos y se meten otros tubos en diferentes puntos de la cueva, desde fuera. Bombeamos aire de la cueva y vemos cómo se comporta el aire. Esto te permite saber en qué momentos no puedes abrirla".

Sergio Sánchez-Moral alerta sobre el peligro que las visitas tienen para las pinturas en este momento, pero en ningún caso es pesimista sobre la posibilidad de abrir la cueva en el futuro. Y pone un ejemplo: "En el año 90 se tomó una muestra de la pata de un bisonte para datar las pinturas. Se cogió pigmento del bisonte, que no vas a volver a poner. Pues bien, en 1990 se cogieron 20 miligramos, mientras que en 1980 la cantidad necesaria era de 1.000 miligramos. En 2010 sólo harían falta entre uno y dos miligramos. Y con paciencia, igual ni siquiera hay que tomar una muestra. ¿Va a poder entrar gente? Yo creo que sí, porque la ciencia avanza y a día de hoy las cosas están yendo mejor".

En 2011, el estudio quedará en manos de expertos internacionales. "En Europa hay poca gente que se dedique a esto de la forma en la que nosotros lo hacemos, pero claro, si quieren abrirla tendrán que llamar a otros", concluye Sánchez-Moral. La reapertura, por tanto, se retrasa al menos dos años. Una minucia al lado de los 15.000 años que llevan allí los bisontes.

Jesús Miguel Marcos, Madrid: Altamira, una guerra microscópica, Público, 19 de diciembre de 2010

A modo de justificación...

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