viernes, 3 de diciembre de 2010

La segunda revolución cultural en China

Pekín amanecía ayer congelada... y cubista. Son, como reza el título de la exposición, «tiempos de cubismo»

Dos personas contemplan la exposición en el Museo Nacional de Arte de China . LU PENG

Manuel de Falla le decía a sus alumnos: «Vayan a París, conozcan a Picasso y hagan cubismo: es tan revolucionario que comprende muy bien la tradición». Fue Matisse quien, como miembro del jurado en el Salón de Otoño de París de 1908, y tras ver los «petits cubes» en los cuadros de Braque, los bautizó irónicamente como «cubistas». Pero, en realidad, la aventura cubista comenzó con Cézanne y sus espacios creados mediante volúmenes y, sobre todo, con Picasso, que ya en 1907 pinta las Señoritas más descaradas y desestructuradas de la Historia del Arte. De Aviñón, para más señas.

A miles de kilómetros de París resuenan hoy los ecos de aquella fascinante aventura artística. Pekín amanecía ayer congelada, aún traspuesta por la amenaza coreana y los secretos diplomáticos con las vergüenzas al aire, y con la resaca del Barça-Madrid —los chinos siguieron el partido con devoción—. Pero Pekín también amanecía cubista. Son, como reza el título de la exposición, «tiempos de cubismo». Hasta aquí han viajado los 43 cuadros de la colección que la Fundación Telefónica ha reunido en torno a este movimiento fundamental de las vanguardias históricas y que lleva unos años paseando por medio mundo: Chile, Argentina, Brasil, Perú, Bélgica y Alemania, además de exhibirse en Madrid y Barcelona.

El Museo Nacional de Arte de China (NAMOC) fue inaugurado en 1963 por Mao Zedong: hizo él mismo la inscripción en caligrafía china que preside la fachada. Por sus 18.000 metros cuadrados y sus 17 salas expositivas han pasado grandes muestras internacionales. En 2007, y coincidiendo con el Año de España en China, viajaron al museo obras maestras del Prado. Ahora hacen lo propio Juan Gris y compañía; o sea, el cubismo y sus entornos.

Es la joya de la Corona de la colección que atesora la Fundación Telefónica, como explicaba el lunes su director, Francisco Serrano, en el Instituto Cervantes de la ciudad. Dicha colección se formó en los años 80 por una petición del Gobierno a las empresas españolas para que tratasen de coleccionar arte que no estuviese representado en nuestros museos, supliendo así las carencias de las colecciones públicas y privadas españolas. Se compraron entonces obras de Picasso, Gris, Tàpies... Y para ello se creó una Comisión Asesora de Arte de Telefónica, al frente de la cual se puso María Corral y a la que se uniría Eugenio Carmona, entusiasta comisario de la exposición.

Hay colección y hay edificio para acogerla. Pero, por distintos problemas, lleva tiempo en vía muerta la reforma de la sede de la Fundación Telefónica en Gran Vía. Está previsto que acoja varios proyectos puestos en marcha por esta institución: el Museo de la Tecnología, los premios Vida, su colección de fotografía histórica y, en la cuarta planta, las obras cubistas. Al parecer, finalmente dicha reforma estará lista en menos de un año. Y es que algunos pretendientes de esta colección, viendo que se retrasaba el proyecto, querían echarle el lazo. Incluso se oía que Manuel Borja-Villel soñaba con hacerse con tan preciado botín para la colección permanente del Reina Sofía.

El comisario de la exposición afirma que Gris se sumó a Braque y Picasso en la aventura cubista gracias al «inventor del arte moderno», Kahnweiler, marchante de todos ellos y adalid de este movimiento. Gris, dice, supo «pensar el cubismo, que se condensaba en su obra».

Pero este movimiento plural y refractario, catalizador de lenguajes, técnicas y resgistros muy diversos, no se limtó a Paris. Y esta exposición nos cuenta que el cubismo no se agota con Braque y Picasso, pese a que fueron los pioneros, sino que los artistas españoles e iberoamericanos tuvieron mucho que decir al respecto, aunque no se suele reconocer. Con obras fechadas entre 1912 y 1933, desfilan por el NAMOC (hasta el 9 de enero) 18 artistas.

Gris al frente

Y, al frente de ellos, Juan Gris. De sus 11 obras presentes, seis se depositaron en el Reina Sofía y dos en el IVAM en comodato —un tipo de préstamo gratuito—. Han viajado a China las seis del Reina y una del museo valenciano. Eugenio Carmona nos ofrece, a través de estas 43 obras una nueva interpretación, una revisión de la historia de este movimiento, con todas sus complejidades y derivaciones. El recorrido comienza con una sala muy rotunda donde 7 obras de Gris se miden con trabajos de Pettoruti, Coppola y Herbin. Ahí están las metáforas musicales de Gris, la sensorialidad y poesía de su pintura, que le aleja de Picasso.

Una segunda sala se centra en ese «segundo cubismo», que lidera el propio Juan Gris, y junto al que están nombres como Gleizes, Metzinger, Huidobro, Blanchard, Lhote... Concluye la muestra con las huellas del cubismo en Rusia (Exter, Gontcharova), Latinoamérica (Xul Solar, Barradas, Torres-García, Rego Monteiro...)

«Después del cubismo ya nada fue lo mismo», dijo un joven músico. Y así fue. Futuristas, suprematistas, dadaístas, las vanguardias rusas... lo comprendieron e hicieron del cubismo su eje indiscutible. «También tuvo un impacto muy importante en el arte chino», recordaba Zhao Li, comisario del pabellón chino en Venecia. Y a partir de esta exposición, aún más. Como dice el director del NAMOC, «a lo mejor acabamos olvidándonos de Picasso».

Natividad Pulido, Pekín: La segunda revolución cultural en China, ABC, 1 de diciembre de 2010

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