Paul Durand-Ruel, el marchante que inventó el impresionismo

Basta darse una vuelta por alguna de las muchas ferias de arte del planeta para entender que hoy son muchos los galeristas poderosos, los coleccionistas de peso, los marchantes influyentes. Pero a finales del siglo XIX todo era muy diferente. Dominado por el mundo académico y por sus pequeñas mafias, instaladas en centros como la Royal Academy de Londres o de París, el mercado del arte tal y como hoy lo conocemos no existía y era casi imposible ser un artista que se saliera de la norma y ser reconocido sin la aprobación de ‘la academia’. Hoy hablamos de los impresionistas con fervor y se pagan millones por sus cuadros pero ¿qué hubiera sido de Monet, Pissarro, Degas, Renoir, Manet de no haber existido Paul Durand-Ruel
Uno de los cuadros de Monet incluido en la exposición
Uno de los cuadros de Monet incluido en la exposición
La exposición Inventando el Impresionismo que acaba de inaugurarse en la National Gallery de Londres y podrá verse hasta el 31 de mayo, tiene su origen en esa pregunta. Las 85 espléndidas obras que aquí se muestran pasaron en algún momento por las manos de este marchante francés que durante casi dos décadas fue el único que supo ver la genialidad que encerraban los cuadros de los impresionistas. Durand-Ruel fue un galerista avezado que arriesgó su propia fortuna para apoyar a un grupo de artistas que antes de conocerle rozaron la pobreza extrema y hasta trataron de suicidarse, como en el caso de Claude Monet, que se tiró al Sena en 1868 arruinado y desesperado ante el desprecio que el mundo del arte de entonces sentía por sus trabajos. Dos años después, en cambio, su suerte dio un giro radical tras un encuentro casi fortuito con Durand-Ruel en Londres, donde ambos se exiliaron durante la guerra franco-prusiana y donde el artista pintó el ya clásico El Támesis frente a Westminster una de las obras que ilustran la exposición. Una tarde Monet se acercó a la galería temporal que el marchante había abierto en el centro de la ciudad acompañado por el paisajista Charles Francois Daubigny, de quién también era marchante y quien le presentó diciendo: “Este artista nos superará a todos”.

Durand-Ruel se había criado entre pinturas desde niño ya que su padre montó una galería tras tener una tienda de materiales artísticos en los que a menudo sus clientes le pagaban con cuadros. Sus ojos por tanto tenían la sabiduría de quien ha visto mucho y no sólo se limita a mirar sino que sabe ver más allá de la superficie. Le compró a Monet en el acto un cuadro y le pidió que le mostrara más. Días después su amigo Pissarro también le vendía una obra en Londres, dando inicio así a una relación que se extendería durante décadas, hasta la muerte del marchante en 1922, que transformaría la vida de aquellos artistas e inauguraría la historia del arte moderno. “Paul Durand-Ruel era un hombre que en su vida privada era muy conservador en el mejor sentido de la palabra, un hombre de familia, dedicado a ella por entero pero que tenía cualidades innatas, yo diría que casi instintivas para promover a los artistas a los que amaba. Y creo que en la base de su trabajo está precisamente ese amor por el arte en el que creía. Su descubrimiento de Monet y Pisarro en Londres en 1870 fue como el de San Pablo en el camino de Damasco, una conversión instantánea” cuenta a El Confidencial el comisario Christopher Riopelle. Por aquel entonces Monet, Pissarro, Renoir, Sisley o Manet compartían además de amistad el haber sido repudiados de los salones oficiales de París, donde sus trabajos, cargados de luz pero de perfiles difusos e imperfectos, llegaron a provocar carcajadas entre los entendidos de la época, que les calificaron de degenerados.

Tras su epifanía londinense, en cambio, Durand-Ruel se convirtió en el benefactor de todo este grupo al que comenzó a dedicarse en cuerpo y alma al regresar a París en 1871, año en que también perdió a su mujer. Nunca volvió a contraer matrimonio pero en cierto modo, se casó con los impresionistas y les cuidó como cuidó a sus seis hijos. No sólo les pagaba el alquiler, el sastre, el médico o los materiales, adquiría sus obras utilizando préstamos que le permitían hinchar sus precios, convirtiéndose de facto en el primer gran especulador de la historia del arte. Además compraba muchas a la vez, -en su primer encuentro con Manet, considerado oficialmente ‘invendible’, le compró 23 lienzos de golpe- algo que entonces aún tampoco se hacía y que con el tiempo le convertiría en un hombre muy rico aunque en los primeros años de mecenazgo casi le lleva a la ruina tres veces.
Monet, 'The Water-Lily Pond', 1899
Monet, 'The Water-Lily Pond', 1899
La exposición, que se desarrolla en orden cronológico, tiene su prólogo en la primera sala: una pequeña reconstrucción del salón de su casa parisina, donde se colgaron y ahora se muestran algunos de los lienzos de Renoir más célebres como Mujer con gato (1880) o dos lienzos de la serie Baile, Baile en el campo y Baile en la ciudad ambos fechados en 1883. También están las puertas de un armario que Monet decoró con motivos florales, más una gran foto que permite ver ese mismo armario, y los cuadros en el salón original. Además se exponen los retratos que Renoir le hizo tanto a Durand- Roel como a sus hijos. El galerista tenía ya ochenta años cuando posó para el que llegó a ser uno de sus amigos íntimos, que nos invita a conocerle como un hombre de rostro genuinamente amable pero de ojos tristes, recostado en un sillón ensimismado en sus pensamientos.

El mercado del arte entonces era muy diferente al actual, en el que cuando un marchante poderoso escoge a un artista, lo convierte en oro de inmediato, como ocurrió por ejemplo con Damian Hirst y Charles Saatchi, o con James Koons y Larry Gagosian. A finales del siglo XIX que un respetado galerista como Durand-Ruel comenzara a adquirir obra de los impresionistas, rechazados en masa por todo el ‘establishment’ artístico, fue un escándalo. Y mucho más que decidiera organizarles exposiciones individuales –otra de las novedades que introdujo en el mercado-, o que contratara a escritores como Zolá o Mallarmé para que escribieran sobre ellos –primera incursión en el marketing de un marchante de arte-, o incluso que abriera su casa al público para mostrar su colección privada, por no hablar de la acumulación de obra: llegó a tener 1500 renoirs, 1000 monets, 400 Degas y unos 800 pissarros, entre los más de 12000 cuadros que adquirió a lo largo de su vida.
Degas, 'Beach Scene', about 1869-70
Degas, 'Beach Scene', about 1869-70
Las nuevas herramientas que utilizó para dar a conocer a sus artistas son en realidad la base de nuestra forma actual de consumir y entender el arte. Pero aquello no ocurrió de la noche a la mañana: la de Durand-Ruel fue una carrera de fondo. “Atacados por los defensores del academicismo y las viejas doctrinas, por los críticos más reputados, por la prensa y por la mayoría de mis colegas, mis artistas se convirtieron en el material humorístico de los salones y del público y yo, culpable de haberme atrevido a mostrar sus trabajos y apoyarles, comencé a ser tratado como un loco. Poco a poco la confianza que había conseguido crear se esfumó y mis mejores clientes comenzaron a cuestionarme” escribió Durand-Ruel en sus memorias. Los malos tiempos a los que se refiere coinciden con el primer y el segundo salón del impresionismo en 1874 y 1876, fechas que a su vez coincidieron con una fuerte crisis económica en Francia, que volvió a repetirse en 1884. Para mantenerse a flote se vio obligado a vender toda su colección previa a los impresionistas –Corot, Delacroix, Courbet, cuadros que también se exhiben en esta muestra- y ni siquiera pudo hacerlo personalmente si no a través de un broker porque nadie quería tener ya relación con él, asociado de por vida a los impresionistas. Los bancos no le querían prestar dinero avalado por los cuadros de Monet o Renoir, sólo le adelantaban el valor del precio de los marcos así que su situación llegó a ser tan desesperada que incluso sus queridos pintores le ofrecieron devolverle la ayuda. En 1884 Renoir le escribió en una carta: “Si me necesitas considérame a tu entera disposición, ocurra lo que ocurra. Siempre te seré leal. Si necesitas sacrificar cuadros, no te arrepientas, pintaré otros aún mejores para ti”. Pese a las dificultades, no se rindió. “Mi gran crimen, el que ensombrece todos los demás es haber comprado y alabado el trabajo de algunos de los pintores más originales y diestros, de entre los cuales algunos son genios, y mi intención es conseguir que los amantes del arte los acepten” escribía en 1885. Para entonces ya había organizado, entre otras, dos exposiciones individuales de Monet, cuyos lienzos están por toda la muestra pero a quien aquí también se le dedica una sala entera donde pueden verse reunidos por primera vez cinco extraordinarios cuadros procedentes de varias colecciones de la serie que le dedico a los álamos en 1891. Para entonces tanto él como sus compañeros de generación se habían hecho famosos tras décadas de penurias.

El reconocimiento les llegó del otro lado del Atlántico en 1886 a través de una invitación de la American Art Association que invitaba a Durand-Ruel a exponer allí a los impresionistas. La exposición tuvo que prorrogarse, le llovieron críticas sublimes y vendió casi la totalidad de las 300 obras que expuso. Fue la entrada en la historia de aquellos pintores por los que este amante del arte y excelente hombre de negocios tanto había luchado. “Los americanos no se ríen, compran. No creáis que son unos salvajes. Al contrario, son menos ignorantes y de mente más abierta que los coleccionistas franceses” le dijo a sus artistas, incrédulos ante su propio éxito. Poco después abría una galería en Nueva York, que se convertiría en el epicentro de sus negocios. París tomó nota y en 1894 Durand-Ruel ya había podido pagar todas sus deudas mientras sus artistas se cotizaban cada vez más alto también entre franceses. En 1905 organizaba en Londres la que sigue siendo la mayor exposición de arte impresionista de la historia: 315 obras en las lujosas galerías Graffton entre las que había 196 cuadros de su propia colección. Aquella muestra fue también un ejemplo de comisariado moderno, ya que Durand-Ruel trazó una línea cronológica por la historia del movimiento que hasta entonces no se había practicado. La exposición de la National Gallery cierra precisamente con una selección de los cuadros que se mostraron allí, obras como Dos hermanas (1881), de Renoir, que el marchante le compró a su autor por 1500 francos en 1881 y que en 1925 se vendió a un coleccionista de Chicago por 100.000 dólares.  

Bárbara Celis: El marchante que inventó el impresionismo, El Confidencial, 6 de marzo de 2015

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