Edward Hopper: el cine también es usted. Y la soledad
El primer contacto con algunos pintores que se van a incrustar en tu retina y en tu alma para el resto de tu existencia se lo debo al cine. Descubrí en la niñez a Van Gogh con el rostro anguloso, el hoyuelo en la barbilla, la mirada febril y el cabello teñido de Kirk Douglas en El loco del pelo rojo. Las figuras en descomposición retorcidas por el sufrimiento, monstruosas, de Francis Bacon, acompañadas por el sonido desgarrado, lírico y trígico de Gato Barbieri, en los títulos de crédito al comienzo de Último tango en París. 'Nighthwaks', del pintor norteamericano Edward Hopper. / AFP Pero la primera y conmocionante vez que observé en un catálogo, en una reproducción o en un libro, las pinturas de Edward Hopper sentí que ya conocía ese universo, esa luz, esa atmósfera, esos paisajes, ese misterio, ese estado de ánimo. Me lo había mostrado el cine en muchas ocasiones. Pretenciosa o suavemente, de forma ostentosa o sutil, contándome historias tristes y ...