viernes, 2 de enero de 2015

Berlín, entre la vida y la muerte

«Berlín era una caldera encendida. No se veía quién echaba leña en aquella caldera; solamente sentíamos el alegre crepitar del fuego y un calor cada vez más intenso». Así describía el artista alemán George Grosz (Berlín, 1893-1959) el ambiente social del Berlín de la República de Weimar, el periodo de entreguerras previo a 1933. Hablaba de algo que conocía muy bien; no en vano de sus pinceles había surgido, en 1917, una inquietante Metrópolis que, en plena I Guerra Mundial, denunciaba la deshumanización de las grandes urbes y la atmósfera violenta de aquellos años.

Tres homenajes a la ciudad de Berlín. (De izda a dcha) 'La Dama de Malva', de Lyonel Feininger; 'Calle con buscona de rojo', de Ernest Ludwig Kirchner, y 'Escena callejera', de George Grosz
Tres homenajes a la ciudad de Berlín. (De izda a dcha) 'La Dama de Malva', de Lyonel Feininger; 'Calle con buscona de rojo', de Ernest Ludwig Kirchner, y 'Escena callejera', de George Grosz
Como tantas otras veces, la crisis social y económica de aquellos años convivió con un extraordinario auge de la creatividad artística. Aquel Berlín destruido por la derrota alemana de 1918 sería el escenario de una escena cultural de enorme vitalidad, y es esa plenitud creativa en tiempos difíciles lo que celebra ahora el Museo Thyssen-Bornemisza con un montaje de obras de su colección. Organizada con motivo de la conmemoración de la caída del Muro de Berlín hace ya 25 años, Calles y rostros de Berlín reúne un total de 18 obras estructuradas en dos secciones.


'Metrópolis', de George Grosz
'Metrópolis', de George Grosz
La primera está consagrada a la vorágine urbana de una ciudad que sus habitantes retrataron bajo el prisma de las vanguardias. El expresionismo de Kirchner (Calle con buscona de rojo, 1914-1925) se adentra en la bohemia callejera, mientras Grosz experimenta con el humor y la crítica social en pinturas, collages y dibujos dotados de una aguda capacidad de denuncia. Encontramos la emblemática Metrópolisy obras expuestas con menos frecuencia, como la acuarela Tertulia(1928-1930). La influencia de la deconstrucción cubista y la frialdad futurista quedan patentes en las perspectivas distorsionadas de Meidner (La casa de la esquina, 1913) o Feininger, autor de pinturas que plasman el vértigo y el abigarramiento de las ciudades modernas. Junto a sus rascacielos, las casas campestres de Johannes Ritten (Grupo de casas en primavera, 1916) apuntan la necesidad de una salida al caos urbano.

Ese deseo de un arte más equilibrado tendría su reflejo en la Neue Sachlichkeit (Nueva Objetividad), un movimiento que dominó la pintura alemana de los años 20, y que aquí se encuentra representado por un interesantísimo conjunto de retratos. El más célebre es el de Hugo Erfurth con perro (1926), que Otto Dix pintó con la antigua técnica del temple sobre madera. Hay oscuridad en estos rostros: el retrato entre tinieblas del pintor A. M. Tränkler que Albert Henrich presentó en 1926 es un buen ejemplo de una depuración formal que, en el Doble retrato de Hilde II (1929) de Karl Hubbuch, se convierte en diagnóstico social. La posición de desamparo de la protagonista contrasta con su porte elegante y con la silla de tubos de aluminio donde se halla sentada, y que nos recuerda que durante la República de Weimar surgió la muy avanzada escuela de diseño Bauhaus.

La sofisticación de estos berlineses no consigue evitar una atmósfera de inquietud. Es cuando recordamos que el protagonista del Retrato del Dr. Haustein (1928) de Christian Schad se suicidaría con cianuro tras ser capturado por la Gestapo, o que Max Beckmann borró la sonrisa de su retrato Qyappi con suéter rosa en 1934, tras la llegada de Hitler al poder. El tiempo de las sonrisas había pasado.

Carlos Primo: Berlín, entre la vida y la muerte, Metrópoli-El Mundo, 7 de noviembre de 2014

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