miércoles, 10 de agosto de 2011

Picasso en París: devorar o ser devorado

Picasso: Autorretrato con paleta, 1906.Existe un problema con Picasso: la leyenda. La figura del pintor malagueño está inmersa en una densa niebla que hace imposible una lectura de su valía como artista. Picasso es el mito del arte moderno y el mito dificulta mirar y reconocer la obra. La suya está oculta por capas y capas de aspectos extra-artísticos que acaban por hacerla invisible. Se diría, incluso, que la mayoría de los esfuerzos teóricos para reinterpretar a Picasso son desbordados por la leyenda.

La presente exposición, Devorar París: Picasso, 1900-1907, tiene el mérito -o, al menos, las buenas intenciones- de intentar pensar al artista en un entorno, que es el contexto artístico y cultural europeo del cambio de siglo. Estamos acostumbrados a percibir a Picasso como una personalidad aislada, por lo que observarlo dentro de una trama, parece una saludable perspectiva. Más aún cuando el periodo escogido es el momento en que el pintor está ensayando diferentes alternativas prevanguardistas que van a derivar en las Señoritas de Aviñón y sus especulaciones sobre el espacio y la representación. En otras palabras, reflexionar sobre la relación de Picasso con el contexto artístico de principios de siglo significa preguntarse qué hay de original en el pintor, qué debe a otros, qué le aporta París o qué ha aprendido en Barcelona. Se trata de estudiar el proceso de construcción de Picasso en tanto que artista.

La exposición, coproducida por el Van Gogh Museum de Ámsterman y el Museo Picasso de Barcelona, fue previamente presentada en la capital holandesa y llega ahora a España con algunas ausencias significativas que acaso desvirtúan la intención de su comisaria, Marilyn McCully. Porque intuimos que su propósito no era sólo trazar el itinerario de Picasso en París, sino examinar la obra del malagueño con la de Van Gogh, Gauguin, Puvis de Chavannes, Toulouse-Lautrec, Rodin, Steinlen, amén de algunos pintores catalanes y españoles que formaban parte de su entorno.

Todos estos artistas representan de alguna manera sus referentes o sus modelos. La cuestión clave es saber cómo Picasso se situaba ante ellos. En este punto, la comisaria se esfuerza por explicar que nuestro artista nunca fue un imitador y que toda su carrera se desarrolló bajo el signo de la experimentación. Por si no bastara, el recorrido de la muestra se cierra con un capítulo titulado El gran salto, que a manera de conclusión, nos presenta a Picasso como el demiurgo del arte contemporáneo que abre nuevos caminos hasta entonces inéditos.

La lectura que se propone no es nueva; al contrario, contribuye a cristalizar la leyenda de la que estamos bastante fatigados. Y, sin embargo, hay preguntas y planteamientos importantes que quedan fuera de la muestra. Cuestiones que ni el montaje, ni el catálogo consiguen dilucidar: París como capital cultural del siglo XX, el deslumbramiento que ejerce en los jóvenes artistas de la periferia, cómo y por qué muchos de estos genios en ciernes que intentaron “devorar París” fueron devorados por la metrópolis, como sucedió con el amigo de Picasso, Carles Casagemas. Aunque éste no fue el caso de Picasso. Al contrario, fue allí donde nuestro artista consiguió afirmarse y descubrirse a sí mismo como creador, lo cual nos conduce a nuevos interrogantes, de tipo psicológico o biográfico... En fin, las preguntas que suscita la exposición son muchas, pero ni éstas -ni sus respuestas- se encuentran allí.

No es que no se exhiban obras significativas: entre otras muchas, se muestra el Autorretrato con paleta (1906) de Picasso, que el recorrido de la exposición confronta, en una relación simbólica (¿diálogo de genios?), con el Autorretrato como pintor (1888) de Vincent van Gogh. Pero, personalmente, me han atraído aquellos aspectos que se presentan como más anecdóticos y que en la exposición aparecen como de relleno: las fotografías del París de principios del siglo XX, las del Bateau-Lavoir, el inmueble localizado en Montmartre donde Picasso, al igual que otros artistas, tuvo su estudio... Y, muy especialmente, un plano de París de 1900 que explica cómo en un radio no superior a 500 metros cuadrados, se concentraba el centro del mundo. Allí, en Montmartre, se aglutinaron los talleres de los artistas, los marchantes y los cabarets. A falta de una explicación mejor, estas fotografías y el plano de París nos resultan especialmente sugerentes.

Devorar París. Picasso 1900-1907. Comisaria: M. McCully. Museo Picasso. Montcada, 15-23. Barcelona. Hasta el 16 de octubre

Jaume Vidal Oliveras: Picasso en París: devorar o ser devorado, EL MUNDO / El Cultural, 29 de julio de 2011

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