Un edificio de miedo

Fragmento de la Fachada  del Ayuntamiento
¿La Catedral? ¿Una iglesia? Pues no: estos bichejos viven en la fachada plateresca del Ayuntamiento de Sevilla. No, no es que hayan salido con el humo: su presencia allí tiene otras razones.

Sevilla está llena de monstruos, mejorando lo presente. La Catedral, por ejemplo, con sus gárgolas y sus demonios, sus bichejos de fantasía. Era muy propio salpicar de criaturitas absolutamente impresentables (en lo físico y en lo moral, por no hablar de los modales en la mesa) los templos medievales, para acongojar al feligrés y advertirle de la clase de estopa que lo esperaba si se descantillaba un pelo. Pero, ¿por qué llenar también de motivos aterradores los edificios civiles? ¿Acaso le aguarda algo similar a quien no pague el sello del coche?, podrá preguntarse cualquiera que se dé un garbeo por delante de la fachada plateresca del Ayuntamiento de Sevilla. Una joya de mediados del siglo XVI que ahora mismo debería de estar restaurándose por espacio de dos años (en verano dijeron que empezarían, y ya corre agosto que se las pela) y que de momento sigue como estaba. Quizá sea mejor no quejarse mucho del retraso, porque la cosa dicen que sale por unos 250.000 euros, sino centrarse en la contemplación de sus seres imposibles.

¿Qué hacen, por ejemplo, unas calaveras humanas en un consistorio? ¿Tienen algo que ver con la supresión del Plan Centro? Pues no, para su sorpresa. Es que eso es el Plateresco. De momento, los amantes de lo misterioso van a tener un día de campo. Quédense con un nombre: Diego de Riaño, el que esbozó el edificio. Un tipo singular con toda una historia a sus espaldas y un mar de dudas alrededor de su persona: ¿fue un soberbio arquitecto, tanto como para merecer una calle y el prestigio de firmar ciertas capillas de la Catedral, o apenas pasó de avezado cantero (probabilidad más cercana al parecer del arquitecto y profesor sevillano Ricardo Sierra) y no es obra suya todo lo que se dice? Menudo personaje. Tuvo que huir de Sevilla escopetado cuando descalabró de un mazazo a su colega Pedro de Rozas, y no pudo volver hasta ser perdonado por el hermano del muerto. Pero volvió, y acabó siendo (lo de acabó siendo es literal: murió mientras cumplía con su encargo) director de las obras de este palacio.

Ángeles y dragones, monstruos y calaveras, hombres aterrorizados, atrezzo funerario de civilizaciones antiguas y un bestiario moralizante mezclado con otros adornos más... cortesanos, por así decirlo, se asoman a la Plaza de San Francisco desde esos frisos y esas volutas renacentistas. Alfredo J. Morales, doctor en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla, justifica esta imaginería en la vecindad existente entre el nuevo edificio y el Convento de San Francisco, que estaban pegados (de hecho, el Arquillo era el acceso al compás del convento); ello "explica la presencia de motivos religiosos en la ornamentación de un edificio civil".

No se sabe quién eligió esas esculturas y no otras, pero sí se conjetura que con ello también se quiso ensalzar el origen mítico de la ciudad, como señala Morales, así como la grandeza de sus héroes y el esplendor del presente.

Un constructor homicida, una época de tránsito entre los rescoldos de la Edad Media y los incipientes fulgores del Renacimiento, un entallador desconocido, un convento al lado y una disimulada galería de horrores que contempla al paseante. Ya tiene los mimbres para imaginarse su propia novela la próxima vez que pase por allí.

César Rufino: Un edificio de miedo, El Correo de Andalucía, 8 de agosto de 2011

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