domingo, 12 de junio de 2011

Antonio López: «Me llevo muy bien con el trabajo últimamente»

Será, qué duda cabe, la exposición del verano. A nadie escapa el tirón popular y mediático de Antonio López. Las colas en el Thyssen están aseguradas del 28 de junio al 25 de septiembre. Mañana comienzan a montar esta gran exposición, comisariada por Guillermo Solana, director del Thyssen, y María López, hija del artista. Será el reencuentro del maestro con el público en Madrid después de 18 años. En 1993 el Reina Sofía le dedicó una completa antológica. Ahora, el Thyssen reúne 130 obras (pinturas, dibujos y esculturas). Aunque no faltarán piezas de sus comienzos, ni algunas de sus obras maestras, el acento se ha puesto en su trabajo más reciente. Nuestra cita con el artista es en su estudio. A sus 75 años está en plena forma, con mil proyectos. Nos recibe en traje de faena, embutido en un delantal con una obra de Patinir manchado de pintura. A los artistas, los periodistas, como las musas, los deben sorprender trabajando.

El artista, en su taller. Ernesto Agudo

— ¿Por qué ha tardado tanto en reencontrarse con el público madrileño?
— Soy un pintor de muy pocas exposiciones. Produzco poco y no se puede dar el tostón a la gente pidiéndole obras de acá para allá. Lo principal se cumplió: que yo lo pinté y lo vendí.

— En esta ocasión se va a incidir en su obra más reciente...
— Sí, la obra última es casi el motivo de esta exposición. Y es lo que está creando problemas. Yo calculo muy mal el tiempo. Cuando me habló Guillermo (Solana) del proyecto, fijamos la fecha, me pareció que quedaba tiempo suficiente para acabar parte de las cosas que tenía en marcha, y va a ser que no. Hay dos opciones: mostrarlas inacabadas o no llevarlas. Ya veremos...

— La muestra comienza con unas cabezas griegas que está haciendo en la Facultad de Bellas Artes. Está más clásico que nunca...
— Amo el mundo antiguo de forma muy profunda, como Giacometti, como Bacon. Es casi inevitable: han ocurrido cosas maravillosas. Yo deseaba hacer copias de esas cabezas de Olimpia, como Rubens hizo copias de Tiziano, por el deseo de hacerlas. Hice dos hace diez años y estoy acabando otras dos. Parte de la belleza que tienen está en la copia.

— ¿Por qué volver al mundo antiguo?
— Un profesor me dijo que debía ir a copiar al Prado, cuando yo estudiaba Bellas Artes. No lo creí útil. Pero ha sido maravilloso hacer estas copias. Es una forma de penetrar en algo que admiras y trabajar sin la intención de crear nada.

— Había una cabeza clásica en casa de sus padres, que pintó en un cuadro.
— Sí. Pero mi conocimiento del mundo antiguo fue en el Museo de Reproducciones. Ahí descubrí la escultura. El amor a la escultura tan profundo que tengo fue un flechazo que surgió allí.

— ¿Es esta exposición una reivindicación del Antonio López escultor?
— En el primer año de Bellas Artes había una asignatura obligatoria: modelaje. Cuando toqué el barro y empecé a modelar me entusiasmó. Todo el curso dudé si hacer pintura o escultura. Me decanté por la pintura, pero nunca he abandonado la escultura. Me apasiona.

— Y, últimamente, escultura pública.
— El espacio público es un territorio que había perdido la escultura en el arte moderno. Tuve la suerte de compartir una escultura de los Reyes con Julio y Paco López Hernández. He hecho también la «Mujer de Coslada» y las cabezas de Atocha. Lo estoy viviendo con emoción.

— ¿Le gusta el nuevo emplazamiento de las cabezas de Atocha?
— Me gustaba el primero por el contacto con los trenes, esa relación con el viaje, aunque estuvieran acogotadas por el techo tan bajo. Pero también me gusta el actual. Están ya en la ciudad.

— Una estación muy especial para usted, que plasma en un lienzo. Fue lo primero que vio al llegar a Madrid.
— Tiene un valor sentimental especial.

— Esta exposición es una suerte de autobiografía, de diario sentimental. Veremos retratos de sus abuelos, de sus padres, de su tío Antonio...
— Fue una persona provindencial. Ese ejemplo y apoyo todavía dura, no se ha agotado. Está muerto desde hace años pero sigue siendo algo muy valioso.

— ¿Conserva esa «Venus de Milo» que dibujó su tío y que tenía colgada con chinchetas en la pensión de Madrid?
— No, está en el Museo López Torres de Tomelloso. La dibujó con 25 años en la Escuela de Bellas Artes. Lo sigo viendo muy especial: es como un día de primavera. No puede haber nada más hermoso que este dibujo.

— Hay un autorretrato en el que se pinta con su esposa. Es del 61 y estuvo oculto muchos años. Ahora ve la luz. ¿Nos cuenta la historia?
— No sé si lo vamos a colgar en la muestra. He encargado el bastidor esta mañana. Ninguna de las dos figuras está acabada. Mari más que yo. Comencé con la figura de Mari y después me incorporé yo con el esquema de los retratos de mis abuelos y mis padres. La figura de Mari me iba saliendo, pero la mía, entre el espejo, y varias cosas, me hice un lío, me cambié de posición dos o tres veces. Me cansé tanto, encontré tanta dificultad en la ejecución y estaba tan frustrado que le dije a Mari que pintara encima e hizo un paisaje, que tampoco le salió bien. Y ha estado así mucho tiempo.

— Se le resistió ese cuadro...
— Ese trozo de madera... se resiste. Y un día hablando con Mari le dije: «Voy a ir saltando la pintura a ver qué hay debajo». Y así han aparecido las dos figuras nuestras al cabo de 50 años.

— Creo que ha esbozado un nuevo autorretrato junto a Mari. ¿Es por la necesidad de acabar algo nunca acabó?
— Mari sigue teniendo para mí un significado enorme (se emociona al hablar de su esposa). Y, a pesar de los años, del deterioro físico, su alma sigue estando ahí. Cuando haces un seguimiento de una persona a lo largo del tiempo quieres continuarlo, representar qué ha pasado con ese rostro, con la mirada... Velázquez lo pudo hacer con Felipe IV.

— Quién le iba a decir que María, esa niña que nos mira fijamente en un maravilloso dibujo que estará en la muestra, acabaría siendo comisaria de una exposición suya...
— No lo quiero pensar mucho... María dejó su trabajo por echarnos una mano a todos en casa.

— Ese retrato, ¿le salió de un tirón?
— El dibujo no está muy acabado —sí la cabeza—, pero está hecho de un tirón. Las cabezas de los nietos también. Va a haber muchas en la muestra de mis cuatro nietos y también de algún niño más.

— Me cuentan que siente una fascinación muy especial por los niños.
— Cuando voy en el Metro y aparece una señora con un cochecito con un niño, al verlo, la vida se ilumina. Tienen un encanto irresistible.

— También aparecerán por esa autobiografía sentimental amigos. Algunos ya no están: Lucio, Amalia... Formaban una gran pandilla.
— Son amigos y personas a las que admiro. Siempre quise retratar a personas a las que admiraba, como Palazuelo, Tàpies, Delibes, Ferlosio...

— Y llegamos a Madrid. Guillermo Solana ha querido que sea uno de los puntos fuertes de la exposición.
— Estará muy presente.

— Está previsto que se exhiban las siete vistas de la Gran Vía, aún sin terminar, que conforman una sola jornada.
— Sí, el vuelo de la Gran Vía... El célebre cuadro de la Gran Vía, que pinté en la calle, entre los coches, lo viví con muchísima emoción, pero también con incomodidad. Me obligaba a madrugar mucho. Lo llevaba fatal. A veces llegaba allí y me volvía a casa. Era incapaz de ponerme a pintar. No podía superar la dificultad de coger el caballete, poner el cuadro en la isleta, coger la paleta y ponerme a trabajar entre los demás. Me costaba muchísimo.

— Pocos pintores tienen una obra con la que se les idetifique tanto. ¿Eso le agrada o le molesta?
— No son cosas que busque. En la duda, me llevé a mi amigo Enrique Gran un domingo al amanecer y me dijo: «Debes pintarlo. Esto es real como una enfermedad». Me hizo ver la trascendencia que tenía la escena. Decidí hacerlo. El contacto con la Gran Vía fue a lo grande, desde un espacio majestuoso. Después quise hacer una nueva Gran Vía, pero ya no en la calle. Pedí permiso en el hotel Capitol. Fui un par de veranos. Empecé otra desde una terraza. Y surgió la necesidad o el deseo de hacer un recorrido por la Gran Vía un día del año: desde que amanece, al comienzo, en el edificio Zurich, hasta la Plaza de España al atardecer. Elegí siete puntos. Es un vuelo. Una criatura va desplazándose a lo largo del día. Es el 1 de agosto.

— Con la fresca...
— (Se ríe). El calor y la soledad de agosto en Madrid crean algo espectral en la ciudad que me interesa.

— ¿Estarán en la muestra las siete escenas de la Gran Vía?
— Me está ayundando un pintor amigo a ver si es posible mostrarlas. En pintura no todo tiene que estar acabado. Uno de los inmensos atractivos de Velázquez es su relación de libertad con la pintura, como no la tuvo nadie. Y hay pinturas maravillosas de Velázquez inacabadas. La relación con la pintura tiene que llegar hasta donde llega de forma natural. Es como la relación amorosa. Debe cortarse cuando se acaba el interés. Días antes de la muestra veré. Quiero llevarlas.

— Y nosotros verlas... Dice su hija María que usted es anárquico y caótico, cuando todo el mundo piensa lo contrario: que es perfeccionista, metódico, minucioso hasta la saciedad, que retoca una y otra vez...
— No soy caótico ni anárquico. Es maravilloso el sentimiento de libertad que tienes en todo el trabajo del cuadro.

— ¿Es un insatisfecho permanente?
— Yo estoy encantado (se ríe). Me llevo muy bien con el trabajo últimamente, ha sido un premio para mí.

— Como buen manchego, tendrá un membrillero en casa...
— Tengo el de la película y uno más.

— ¿Y los sigue pintando?
— Cada otoño, cuando los veo en el árbol, siento la tentación de empezar un cuadro, pero voy tan cargado de cosas... Estar junto a una criatura viva, callada, me causa placer, me enriquece.

— Hay una historia muy hermosa de una serie con flores que me gustaría que recordase...
— El primer año surgió de forma espontánea. Le regalaron un ramo de flores blancas a Mari los organizadores de un taller de pintura en Ávila al que voy. Cuando las vi en el hotel por la noche me parecieron preciosas, las coloqué en agua y las trajimos a Madrid. Pensé en lo bonito que sería dejar un recuerdo de esas flores. Las pinté en dos días. Y así ha ocurrido ya desde 2007. Este año Mari también tendrá sus flores blancas y yo iniciaré un nuevo cuadro. Acepto lo que salga. El trato conmigo mismo es ese.

— La figura humana había estado en un segundo plano hasta ahora.
— Sí. La escultura ha tirado de todo eso y ha pasado a la pintura. Ahora deseo hacer la figura humana sobre todas las cosas. Fuera interiores. Mi estado actual es la figura humana vestida, desnuda, amándose... ¡Ha quedado tan huérfana en mi pintura! Quiero recuperarla.

— No estará en la muestra el retrato de la Familia Real.
— No lo he podido retomar a causa de la exposición. Y quería emplearme a fondo. Hace un año o así, decidí traerlo a casa desde Patrimonio Nacional para trabajar en él. No he querido que el encargo pesara y le quitara frescura y calor a la realización de este cuadro. Lo empecé, lo abandoné... No con irresponsabilidad, sino con libertad. Quiero seguir trabajando en él con libertad, si me dejan y puedo.

— ¿En qué estado está el cuadro?
— Patrimonio dice que ya lo podría entregar. Pero noto que hay cosas que no están resueltas en ese cuadro: el Príncipe está excesivamente separado de la Reina. Quisiera llevarlo hasta el límite de lo que creo que puedo hacer. El Rey me decía al principio que los pintara como una familia española más, pero sabes que no es así. No quiero que sea un cuadro demasiado diferente. Velázquez lo hizo muy bien en sus retratos. Se nota que es el Rey pero no lo pinta diferente de como pinta otras cosas. Tras la exposición lo retomaré tranquilo. Quiero sentir el placer de volver al cuadro.

Paseamos con Antonio López por su estudio. Nos enseña una foto suya a los cinco meses, cuya postura está copiando para una escultura. También, la cabeza que está haciendo del nieto de Lucio Muñoz, una escultura de un hombre que ríe y el dibujo para una escultura de un hombre que camina con armadura para Albacete. «Es el primer trabajo que me encargan en mi tierra». Nos muestra con orgullo una pintura de su tío y nos propone un acertijo. «¿Sabéis que es esto?», nos pregunta mostrándonos un trozo de papel. Nos rendimos. «Es el anca más maravillosa de la Historia del Arte». Son las nalgas de «La Venus del Espejo», de Velázquez. Lo arrancó de una valla. Una vez más, Velázquez, siempre Velázquez.

Natividad Pulido, Madrid: «Me llevo muy bien con el trabajo últimamente», ABC, 12 de junio de 2011

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