El malestar en la pintura

El pintor canario Manolo Millares encontró en los restos arqueológicos de la cultura guanche un motivo de inspiración para su arte informalista. Una exposición intenta poner al descubierto algunas de las claves de ese interés y su reflejo en la creación del artista. El primitivismo, uno de los caballos de batalla de las vanguardias, no es hoy más que una fantasía vapuleada desde distintas posiciones intelectuales, las mismas que desde hace años sacuden los cimientos positivistas de las ciencias humanas. La exposición El artista como arqueólogo comisariada por Orlando Franco constituye una audaz incursión en este campo de tensiones al colocar en un mismo plano perceptivo a Manolo Millares, que erigió su poética informalista sobre las huellas de los guanches, y a El Museo Canario, cuya colección de momias, cráneos y cerámicas prehispánicas conformó su mirada.

Entre uno y otro, entre las taxonomías del viejo gabinete científico y las pulsiones arcaizantes del artista, se extiende una arqueología con la episteme resquebrajada que en algunas de sus expresiones más radicales deja de mirarse en el espejo de las ciencias naturales para, en parte, hacerlo en el del arte. El paradigma radiológico sobre el que se fundó el Museo Canario se desmoronó hace tiempo. Sus "irrefutables" verdades científicas, que explicaban la cultura en función de datos biológicos, son hoy apenas un pintoresco retrato de la época de la levita y la barba bífida. Pero su desfase histórico no impide que sus salas decimonónicas, con sus vitrinas atestadas de osamentas humanas y sus guanches embalsamados, sigan siendo las más fascinantes del museo y un lugar privilegiado para reflexionar sobre la deriva de la empresa moderna. Por otro lado, la llamada de los orígenes, que Manolo Millares creyó oír en su interior, se asentaba sobre la presunción surrealista de que el inconsciente es una estratificación "arqueológica" en cuyas capas inferiores pervive un ser primitivo que puede emerger mediante un rito de autoalteración artística, que en el caso del pintor insular pasaba por deformar violentamente el lienzo mediante pliegues, desgarros y costuras al modo de las mortajas prehispánicas y por activar las grafías de aquella cultura extinguida con descargas pulsionales.

Pero ni existe el ojo en estado salvaje ni el arte puede abrogar la mediación del lenguaje por lo que tras el giro lingüístico de los sesenta el mito del primitivo se convirtió en uno de los blancos preferidos de arqueólogos y antropólogos posestructuralistas y artistas de pelaje diverso. Con todo, pese a la que está cayendo, no somos inmunes al malestar que se destila en la pintura de Millares, un artista al que hoy se invoca lo mismo para un roto que para un descosido. Ya no nos seducen sus veleidades primitivistas, pero sí adquiere interés su socavamiento de la arqueología, que en algunas de sus manifestaciones más interesantes asume hoy algunas de las posiciones del pintor, como la identificación del observador con lo observado, el compromiso ético con la memoria de los muertos y la conciencia de la discontinuidad del tiempo.

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