domingo, 21 de septiembre de 2008

El rostro extraviado

En unos momentos en que el retrato parece recuperar posiciones y recibir nuevos impulsos en el campo fotográfico, todos los diagnósticos emitidos parecen apuntar hacia una progresiva e irreversible transformación del género. Diagnósticos que en todos los casos aparecen teñidos por una capa de escepticismo respecto a la validez de las formas más clásicas y convencionales del retrato tal y como se ha desarrollado a lo largo del siglo XX. Si en este punto parece haber acuerdo, las posturas difieren respecto a su posible reconstrucción.

Dos recientes libros sobre el retrato fotográfico, centrados ambos en el estudio del rostro, abordan desde ópticas muy diferentes esta situación. Se trata de sendos trabajos de Dominique Baqué y William A. Ewing, titulados Visages y El rostro humano, respectivamente. Los subtítulos de ambos libros son más aclaratorios. Dominique Baqué añade al título genérico de su obra, Rostros, un amplio marco temporal: De la máscara griega al trasplante de cara. Ewing, por su parte, subtitula su libro: El nuevo retrato fotográfico.

Ambos autores tienen claro lo que ya es una evidencia, que después de las últimas décadas del siglo XX, en las que el cuerpo protagonizó las principales estrategias y preguntas del género, el rostro ha recuperado de nuevo su posición como elemento central hacia el que inevitablemente converge el retrato. Pero es una posición que ahora se muestra más incierta e inestable que nunca. Para Baqué el rostro es un enigma y para Ewing un campo de batalla.

Paul Ardenne, poco antes, en su sugerente recopilación de retratos titulada Portraiturés, ya manifestaba de un modo más prosaico que el retrato no tiene cura. En efecto, sobre el rostro se han configurado a lo largo del siglo XX algunas certezas y múltiples interrogantes. Hoy cada vez provoca menos certezas y evidencias, si es que alguna se mantiene, y más decepciones. El rostro ha ido perdiendo, década tras década, la mayor parte de sus atributos: ha dejado de ser el territorio de la evidencia y la identificación, ya no es el puente entre nuestra subjetividad y el mundo, y ya no se nos muestra ni seguro ni vulnerable sino más bien indiferente.

Baudrillard ya había señalado y en cierto modo prefigurado, a principios de los años noventa, el paso de la metamorfosis a la indiferencia en relación con nuestra actitud respecto al rostro y la representación de la identidad. Y bastante antes, Barthes también había anunciado y ejemplificado otro importante cambio, la transición entre dos edades iconográficas representadas respectivamente por los rostros de Greta Garbo y Audrey Hepburn, el primero encarnando la esencia, la idea, el segundo lo morfológico, el acontecimiento.

Así, en torno al rostro, progresivos retrocesos: desvanecimiento tanto de las evidencias como de los sueños, disolución de los arquetipos y, sobre todo, agotamiento de las posibilidades críticas que ofrecían las estrategias de desfiguración, deconstrucción y transformación practicadas desde la esfera artística. La identidad ya no reside en los rasgos faciales sino en el principio de identidad biológica, la naturalidad y singularidad del rostro han sido sustituidas por la artificialidad y la posibilidad de reconstrucción, la capacidad de representación de lo humano ha sido trastocada a lo largo del siglo pasado por sucesivos traumas que cuestionan la idea misma de humanidad (la Primera Guerra Mundial, el Holocausto y las más recientes manifestaciones ligadas tanto al nuevo tipo de conflictos bélicos como de atentados terroristas). Los síntomas de esta decepción del rostro aparecen apuntados con claridad en la obra de Dominique Baqué: retroceso de la facialidad, regresión de la identidad y déficit de humanidad. Como en general se admite que cada era define los rostros que produce (Monique Sicard) y que éstos pueden y deben ser pensados como una construcción simbólica y cultural, parece lógico que el contexto tecnológico de fin de siglo agudizara el proceso de retraimiento dando paso a una estética de lo poshumano que acabaría propiciando el triunfo definitivo de la piel y la superficie sobre la identidad y la interioridad subjetiva. Manipulación genética, cuerpos y caras remodeladas, robótica, inteligencia artificial, en definitiva, un contexto material, biomédico y tecnológico demasiado determinante e invasivo como para que una práctica como la del retrato no se sintiera radicalmente afectada. Así, la práctica del retrato se ha visto inundada de trabajos que hacen explícito de un modo bastante homogéneo este principio de retraimiento y negación de la subjetividad y la identidad: proliferan las imágenes de maniquíes que parecen personas y viceversa; niños que parecen muñecos y muñecos que parecen tener vida; rostros tapados o con los rasgos faciales borrados o deformados; retratos de cadáveres, individuos dormidos o simplemente con los ojos cerrados; caras de síntesis construidas a partir de otras caras; o expresiones emocionales que delatan expresamente su artificialidad. La cuestión, tanto para Dominique Baqué como para William A. Ewing, es que en este momento se hace necesario repensar el género y afrontar esta pérdida del rostro. Y dan dos respuestas distintas. Para Ewing se trata de “devolver al espejo una parte de su antigua magia”, aquella que se perdió entre el nihilismo warholiano y las pretensiones psicoanalíticas de la fotografía. Una vuelta atrás que parece recelar de todo lo que no sea volver a citar la capacidad de emoción y seducción de la fotografía. Para Baqué, más escéptica y con menos confianza en las propiedades “curativas” de la fotografía, el artista debe responder a un dilema de difícil respuesta: seguir adelante en la deconstrucción irónica de la facialidad o iniciar un largo proceso de reconquista del rostro y la identidad perdidos. La respuesta para ella está en la construcción de una postura de resistencia capaz de rescatar al sujeto tanto del anonimato como de la primacía de la piel y las superficies. A lo primero se responde mediante un reequilibrio entre individuo y grupo, entre parecido y diferenciación, a lo segundo con una investigación de la interioridad y la expresividad que asuma con claridad, y a su favor, el carácter fluido, frágil y oscuro de la identidad subjetiva.

El rostro humano. El nuevo retrato fotográfico. William A. Ewing. Traducción de M. Pijoan Rotgé. Blume. Barcelona, 2008. 240 páginas. 39,90 euros.

Visages. Du masque grec à la greffe du visage. Dominique Baqué. Editions du Regard. París, 2007. 224 páginas. 30 euros.

Alberto Martín: El rostro extraviado, El País / Babelia, 30 de agosto de 2008

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