Museo del Prado. Visiones de la insolación

La lengua a su vaina
Consciente como d´Ors de que mi visita estaba marcada por la «estrechez del tiempo» abuso del derecho a la abreviatura. Sin pedir permiso me atrincheré durante cinco minutos en la puerta descomunal por la parte interior y comencé a fantasear con un instante de pompa y circunstancia tal que pudiéramos por allí ingresar. En mi calenturienta fantasía estaban hermanados el Bosco y Barceló, El Greco y Gordillo, Zurbarán y Zugaza. Tras divagar sobre el Museo del Jamón, el Microgigante o el de Ángel Nieto, llegué a la conclusión de que el más raro y laberíntico de todos es El Prado. He escuchado, en reiteradas ocasiones, que esta institución es «asunto de Estado» y que tiene que estar más allá de la polémica. Lo mejor sería que contrataran unos aplaudidores profesionales para evitar así los funestos desacuerdos. Que una exposición, pongamos por caso la de Goya en tiempos de guerra, te parece que está pésimamente montada, pues guarda silencio por «respeto institucional». Si al entrar en la sala Velázquez piensas que Las M

En este «peazo» Museo hay investigadores a punta pala, gente de un rigor intachable que no soportan el diletantismo ni la terquedad del completo ignorante. Poco importa que las explicaciones brillen en las salas por su ausencia y la impresión de cierto «desorden» esté a punto de imponerse. Lo único que merece la pena resaltar es que aquí está lo mejor de lo mejor y, como dicen algunos, punto pelota. Entre tanta escena religiosa, heroísmo gestual, escorzos sublimes y relato histórico, participamos en la ceremonia de lo canónico. Quien quiera lío y polémica que compre una entrada del tendido del siete en Las Ventas. Yo mismo, llevado por la inercia y mi proverbial insensatez, entré al trapo del Coloso. Ahora, mareado y maltratado por la canícula, estoy dispuesto a firmar, ante notario, que el asno de peluche, la musculatura desproporcionada, la pincelada deslavazada y el tío que se cae a contramano, demuestran que el cuadro de marras lo pintó uno que pasaba por allí pero no el genio de Fuendetodos. También, en una contra-epifanía, doy fe de que las llamadas pinturas negras las hizo un chapucero y son más inauténticas que Robinho. Insólito pero cierto. Ha llegado el momento de tirar de la manta. Aunque sea para evitar fallecer envueltos en nuestro propio sudor.
Fernando Castro López, Museo del Prado. Visiones de la insolación, ABC, 31 de agosto de 2008