sábado, 11 de julio de 2009

La restauración de la Capilla Paulina desvela las últimas pinceladas de Miguel Ángel

Miguel Ángel: Conversión de San Pablo. Fresco, 1545. Capilla Paolina. Vaticano

La mirada fulminante de San Pedro y la mirada ciega de San Pablo son el centro de los dos grandiosos frescos de la Capilla Paulina, el último trabajo pictórico de Miguel Ángel cuando ya tenía setenta años y empezaban a faltarle las fuerzas. La espléndida restauración, similar a la de la Capilla Sixtina, saca de nuevo a la luz los brillantes colores del florentino y también un autorretrato.

En la escena de «La crucifixión de San Pedro», que ocupa el lado derecho de la Capilla Paulina, el restaurador de los frescos, Mauricio De Luca, descubrió un rostro muy especial. Uno de los caballeros, tocado con turbante azul, recuerda poderosamente a Michelangelo Buonarroti. De Luca manifestó al diario «La Repubblica» su asombro por la «semejanza sorprendente» con los retratos del genio realizados por Daniele da Volterra y Giulio Bugiardini. El restaurador está convencido de que es un autorretrato, «y por lo tanto se trata de un descubrimiento extraordinario». En el lado izquierdo de la capilla, «La Conversión de San Pablo» ilustra un episodio que tuvo lugar, camino de Damasco, cuando el futuro apóstol -por entonces todavía violento perseguidor de los cristianos- tenía en torno a los treinta años y estaba a punto de empezar una vida de aventuras y de viajes que duraría más de tres décadas hasta su martirio en Roma el año 67.

A medida que limpiaban la suciedad acumulada durante cuatro siglos y medio, los restauradores descubrían en el personaje del Apóstol de los Gentiles el rostro de un hombre anciano que también recuerda extraordinariamente a los retratos de Miguel Ángel realizados por sus contemporáneos y al conocido busto en bronce esculpido por Giambologna. El San Pablo-Miguel Ángel tiene los ojos cerrados, cegado por la luz del cielo, y un gesto de dolor que recuerda el sufrimiento personal del pintor durante aquellos años del ocaso de su vida.

Miguel Ángel terminó la Capilla Paulina al cabo de siete años de trabajo, en 1550. En 1557 inició otro autorretrato, esta vez en la «Pietá» llamada Bandini, conservada en la catedral de Florencia, mucho menos conocida que la primera, la de la basílica de San Pedro, tallada en 1499 cuando el escultor tenía sólo 24 años. Miguel Ángel empezó a esculpir la última en 1557, ya con 81 años, y la destinaba como monumento para su propia tumba. Con gran sufrimiento y esfuerzo se autorretrató en mármol en el personaje de Nicodemo, que sostiene el cuerpo de Jesús en la bajada de la Cruz y se lo está entregando a su madre. Los restauradores de la Capilla Paulina han explorado jornada a jornada el calendario de trabajo de Miguel Ángel. Su último día como pintor concluyó en 1550, dando las últimas pinceladas a las cuatro mujeres, las dolorosas, que presencian el martirio de San Pedro al pie de la cruz.

Juan Vicente Boo, Corresponsal Roma: La restauración de la Capilla Paulina desvela las últimas pinceladas de Miguel Ángel, ABC, 3 de julio de 2009

San Pedro estaba desnundo y sin clavos

Miguel Ángel: Cruxifición de San Pedro. Fresco, 1545. Capilla Paolina. Vaticano

La «teología del cuerpo» que Miguel Ángel desarrolló con vigor tanto en los frescos de la Capilla Paulina como en los de la Capilla Sixtina llegó con demasiada antelación. Los desnudos fueron retocados posteriormente por Daniele da Volterra, quien sobrepuso «slips» y bragas negras en las figuras más llamativas. El mismo destino sufrió, treinta años después, el cuerpo de san Pedro en la poderosa escena de la Crucifixión cabeza abajo. Miguel Ángel lo había pintado desnudo y sin clavos por motivos más teológicos que artísticos.

Desnudo, porque el cuerpo humano es imagen de Dios y porque el suplicio del martirio incluía la humillación del despojo de la ropa. Sin clavos, para destacar que Pedro se sometía voluntariamente a la misma muerte que su maestro. Años más tarde, los revisionistas añadieron un «slip» blanco y unos clavos en las manos y los pies del Apóstol para impedir que el cuerpo resbalase y cayese de la cruz. El restaurador, Maurizio de Luca, quería quitar todo lo falso, pero no le han dejado.

San Pedro estaba desnundo y sin clavos, ABC, 3 de julio de 2009

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