Van Gogh. Los últimos paisajes (2)

Tuvimos oportunidad de comentar ya brevemente esta exposición en otro lugar. No obstante, reiteramos nuestra apuesta por plantear escenarios complementarios y ampliatorios de nuestro trabajo anterior.

A través de 29 obras, reunidas en una exposición sin precedentes, se puede recorrer la obra que el maestro holandés realizó en la localidad francesa de Auvers los dos meses antes quitarse la vida con un tiro de revólver, el 29 de julio de 1890. Es la primera muestra monográfica de Van Gogh en España (1). También es la primera en el mundo dedicada en exclusiva a los paisajes que pintó en Auvers. 'Van Gogh. Los últimos paisajes', que podrá visitarse desde este martes hasta el próximo 16 de septiembre, rinde homenaje a la fecundidad del periodo final del maestro. En 70 días produjo 72 pinturas, 33 dibujos y un grabado. La exposición del Thyssen ha logrado reunir una muestra representativa de esa frenética actividad gracias a la colaboración de museos y coleccionistas de todo el mundo, que "han confiado en el prestigio" del museo para ceder sus obras, destacó Guillermo Solana, el conservador jefe de la pinacoteca. Las 26 pinturas y tres dibujos del artista holandés que se exhiben en la muestra se completan con seis cuadros de Daubigny, Pissarro y Cezanne. Todos ellos son tres precursores de Van Gogh que habían pintado antes que él en Auvers-sur-Oise.

A esta localidad, situada a 35 kilómetros al noroeste de París y que contaba con unos 2.000 habitantes, llegó Van Gogh el 20 de mayo de 1890, en busca de un lugar tranquilo para recuperar la salud y la calma. Una semana antes, había abandonado el manicomio de Saint-Remy, donde había permanecido un año entero. El de Auvers " no es un periodo terminal ni depresivo, sino un momento de entusiasmo, germinal", ha subrayado el conservador jefe del Thyssen, y así lo demuestra el " carácter optimista" de los cuadros de la exposición. La luz y los colores vivos dominan este recorrido por la obra final de Van Gogh, que comienza con un paisaje -procedente de una colección privada- que tiene de fondo el Ayuntamiento de Auvers, y que fue pintado sólo 15 días antes de la muerte del pintor.

En estas obras, los campos de trigo se alternan con jardines y bosques, las chozas con los chalets, y los caminos de tierra con las extensiones de hierba y flores, en un panorama de la vida campestre trazado con una fuerza arrebatadora. Van Gogh se reencontró en Auvers con los temas rústicos y la comunidad rural de su juventud, que había perdido desde que abandonó Nuenen (Holanda). Recuperó también la mirada de los grandes paisajistas holandeses del siglo XVII, a quienes nunca dejó de admirar profundamente. En estos días, Van Gogh emplea un nuevo tamaño de lienzo rectangular con el que pintó doce paisajes y un retrato. Esta serie está representada por una de las estrellas de la muestra, ' Dos figuras en el bosque', del Museo de Arte de Cincinnati (EEUU). Junto a ella, otras dos obras: ' Paisaje al atardecer', prestado por el Museo Van Gogh, y 'El jardín de Daubigny', procedente del Kühnstmuseum de Basilea. Entre el dominio de los paisajes llama la atención el ' Niño con naranja', un retrato aportado por una colección suiza que muestra sobre un campo de flores al hijo del carpintero que, según se cree, hizo el ataúd de Van Gogh.

"Auvers se convirtió en una especie de epílogo de su obra", ha explicado Guillermo Solana, quien recordó que justo antes de llegar a esta localidad Van Gogh tuvo la ocasión de ver en París por primera vez reunidos sus cuadros en la casa de su hermano Theo y en la tienda de un marchante de arte. Fue Theo quien tuvo la idea de que su hermano se estableciera en esa localidad francesa. Fue cuando el pintor Camille Pissarro, tras declinar hacerse cargo de Van Gogh, le sugirió el nombre de Paul-Ferdinand Gachet, un médico y artista aficionado, amigo de pintores, que vivía en allí. El periodo de Auvers, cuyo comienzo Van Gogh vivió como una liberación, debía haber marcado el inicio de una nueva etapa en su obra, un ciclo que quedó truncado con el suicidio del artista, que contaba 37 años. Van Gogh tardó dos días en morir desde que se disparó. En esas horas fue atendido por su hermano Theo, quien no dejó de darle ánimos hasta el final, con la intención de que se recuperara. "La tristeza durará siempre", le respondió el pintor antes de expirar.

Van Gogh: punto final (2)

Dada la cantidad de exposiciones realizadas sobre, a costa o a pesar de Vicent van Gogh a lo largo del siglo XX, pero, todo hay que decirlo, con creciente encarnizamiento durante el último cuarto de dicha centuria, cualquier convocatoria sobre el malhadado pintor holandés produce, de entrada, temblor. Me refiero al temblor ante lo "esperado", que es mucho más terrible y agobiante que el que produce lo "inesperado", al que se le puede conceder, por lo menos, el beneficio de la duda. Permítaseme este comienzo tan retórico, pero es que está dictado para subrayar la excepción: esto es: que estamos ante una muestra de Van Gogh, que no quiere explotar su mito, sino comprender su obra. En este sentido, el comisario de la muestra, Guillermo Solana, se ha atrevido a centrar la atención sobre lo que produjo el artista durante sus setenta últimos días de vida; sobre su "obra terminal", la cual, en la medida en que, como es sabido, Van Gogh se suicidó, adquiere el valor de un testamento, de un testimonio.

'Casas en Auvers' de Van Gogh- MUSEUM OF FINE ARTS/BOSTON

Por lo demás, que, en este par de meses ligeramente alargados, el artista realizara 72 pinturas, 33 dibujos y un grabado -notabilísimo rendimiento para quien estaba rumiando su propia muerte-, refuerza que nos fijemos con más atención en lo que, con toda intensidad, fue su indudable adiós a la vida. Pues bien, que yo sepa, increíblemente, es la primera vez que como tal se ha acometido esta empresa, que se ha hecho mediante la selección de 30 obras -27 pinturas y 3 dibujos-, que es casi un tercio de lo que produjo Van Gogh en este postrer periodo febril de su corta y atribulada existencia, siendo este conjunto tanto más meritorio en cuanto apenas si hay obras suyas en las colecciones públicas y privadas de nuestro país.

Pero hay más: si al morir Van Gogh tenía 37 años, hay que recordar que no encontró su verdadero camino artístico hasta 1886, fecha de su llegada a París, lo cual significa que lo que consideramos como su periodo más interesante duró sólo cuatro años. ¿Cómo entonces, a partir de tan estrecho margen, no aquilatar, no digo hasta la menor brizna, sino precisamente la ardiente brizna de su último suspiro? Evidentemente, ha habido todo tipo de excusas para no hacerlo, aunque todas cortadas por el aprensivo patrón de la moralidad más ramplonamente burguesa: la que exorciza la locura como el peor desorden. Y, claro, aunque Van Gogh siempre tuvo fama de alocado, a comienzos de 1890 estuvo tres meses en un manicomio y se convirtió en un loco oficial, algo muy bueno para acreditar el aura romanesca de una biografía, pero no tanto o casi nada para apreciar críticamente una obra. Con lo que, la muy corta vida de Van Gogh queda de esta manera todavía más acortada, sobre todo, desde el punto de vista artístico, lo que explica cómo su mito ha crecido frente y a costa de su obra.

Husmeando ávidamente por entre las costuras de su propia muerte, lo que realizó Van Gogh inmediatamente antes de dispararse un tiro frente a un trigal a las afueras de Auvers, no es sólo la consumación de su ansiosa exploración artística, sino, a través de ella, su, en efecto, signo o signatura final: la recapitulación de su vocación artística.

Retorna Van Gogh al origen y, en esta última obra, el exaltado colorista filtra el cromatismo mediante el colador del grafismo más sutil, que transforma las gamas y los tonos en una diseminación pululante de partículas atómicas, en una nube como de hollín en suspensión. Es como si súbitamente le hubiera remontado desde el pozo íntimo de su memoria más atávica el ancestro de Hércules Seghers, ese esmerado maniaco de los mil trazos a base de puntos y comas. El resultado es un paisaje de aspecto tan patéticamente fragilizado que, quien lo contempla, no se atreve ni a respirar, como si intuyera que al menor soplo lo que está viendo se esfumaría. ¿Y acaso esto no es la mejor descripción de lo que pictóricamente podría llamarse el último suspiro de un pintor o su punto final?


'Van Gogh. Los últimos paisajes'. Del 12 de junio al 16 de septiembre. Museo Thyssen-Bornemisza (Paseo del Prado 8, 28014 Madrid. Horario: De martes a domingo de 10.00 a 19.00 horas)
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