martes, 6 de enero de 2009

Cuatro torres en medio de la crisis inmobiliaria

Lo mejor del 2008 en la arquitectura es sin duda la crisis inmobiliaria. Mirando la coyuntural situación del mercado, y con la total confianza que un profundo cambio en los modos de operar son absolutamente necesarios para la economía y para la sociedad, el año 2008 podría ser recordado como el año en el que los viejos modos de desarrollo de las economías basados en la especulación sobre el suelo y los activos financieros, definitivmente explotaron.

Las cuatro torres: El poder económico sobre la arquitectura

Para analizar el porqué de lo que está sucediendo, nos deberíamos remontar al sistema feudal de la titularidad del suelo, que fue evolucionando hasta el complejo sistema municipal de reparto y gestión del urbanismo, transformándose el suelo a lo largo de la historia desde un soporte de poder territorial y estratégico hasta el contemporáneo activo financiero. Pero deberíamos hacernos algunas preguntas: ¿por qué el suelo tiene precio?, si no lo tiene el agua, o el aire. Todos son elementos indispensables de la vida, y es nuestra obligación y necesidad su gestión inteligente. Mientras que el mal uso del aire que respiramos, o la contaminación de las aguas de las que bebemos, tienen repercusiones penales, esquilmar la tierra de la que comemos ha sido una práctica en la que se ha basado el modelo de desarrollo económico de nuestro país durante los últimos 50 o 60 años.

Hemos arrasado todo el paisaje costero con míseras construcciones que ya ni tienen el valor ni el atractivo que hicieron de España la cuna del turismo, y ahora estamos empeñados en arrasar las ciudades. El sistema municipal es una compleja red de franquicias que sirven para la venta del suelo disponible como único recurso económico de muchos territorios, y su diseño, eficacia y plan de explotación han sido dejados en manos inexpertas, para servir a un mercado voraz que ha transformado la construcción de ciudades en el destino económico de toda actividad. Porque cuando se acaba el suelo, –y es un bien no renovable–- el municipio entra en crisis económica y deja de tener ingresos al no haber invertido en otros sectores de actividad. El reparto del suelo como bien de interés público debería hacerse de un modo científico, y su precio debería ser nulo o, mejor dicho, el resultante de dotar a la ciudad de modernas infraestructuras –de movilidad, energéticas, de residuos y de distribución de agua, gas, ect–, tecnologías de vanguardia de imposible implantación en el actual diseño de la ciudad.

La ciudad es el soporte donde atendemos nuestras necesidades primarias: alimentarnos, producir bienes y servicios, y base de la cohesión social y expresión cultural, y no una empresa de titulización del suelo para cebar a los bancos y crear la ilusión de prosperidad basada en un juego especulativo que ya ha explotado con la consiguiente ruina de los ciudadanos. No tiene sentido que la repercusión del valor del suelo sobre el precio de las viviendas, dotaciones y equipamientos alcance más de la mitad del valor en el mejor de los casos. Tampoco tiene sentido que algunas empresas acaparen bolsas de suelo tan grandes que ni los sistemas bancarios pueden soportar el coste financiero y colapsen todas las ramos de actividad y las economías domésticas.

También en el 2008 se han construido importantes edificios, insignificantes dentro de este contexto global, pero esperanzadores por lo que representan, una resistencia inteligente y sensible en este caos urbano. El mejor balance de nuestra arquitectura se publica en Arquitectura Viva “España 2008” de y en la monografía sobre arquitectura española de El Croquis. Es la referencia internacional impresa del presente y futuro de la arquitectura española, y por lo tanto, de la ciudad. Celebramos este año la exposición de Zaragoza, con un sugerente pabellón de España construido por Mangado, y un puente retorcido y audaz formalmente que conduce al atractivo edificio de Nieto y Sobejano. En Madrid, Navarro Baldeweg acabó el Teatro del Canal contra viento y marea, Tuñón y Mansilla construirán un evocador símbolo en Madrid, el palacio de Congresos entre la cuatro torres de la castellana, cerrando un año de éxitos tras la concesión del prestigioso premio europeo Mies van der Rohe. La cuatro torres representan la primacía del poder económico sobre la arquitectura y quizá su declive. Simples en su diseño individual –nos permiten volver a mirar por su diseño el BBV de Oíza, la Torre de Cajamadrid de Oriol, y las Kio de Johnson, menores en tamaño–, han cambiado la fisonomía de Madrid, su escala y perfil y por lo tanto se olvida que se encuentren en un entorno deslavazado y que sean el producto de una necesidad de saneamiento financiero.

Si nuestra inteligencia colectiva nos lo permite, la crisis inmobiliario-financiera será muy útil para reconstruir el sistema desde el principio y que los que sobrevivan recojan con más fuerza y entusiasmo la misión de hacer de la ciudad el espacio donde vivimos y no el título sobre el que especulamos, para que unos ganen y todos perdamos.

Antón García-Abril: Cuatro torres en medio de la crisis inmobiliaria, El Mundo / El Cultural, 31 de diciembre de 2008

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