Francis Bacon: Caos creativo en Reece Mews

Bacon conoció en el Colony Room en 1976 a John Edwards, un camarero casi analfabeto y disléxico que fue como un hijo para Bacon (fue el único al que permitía estar en su estudio mientras pintaba) y al que dejó todo su legado. «Edwards era un pesado -cuenta Claudio Bravo- y un mal educado. Se comía el caviar con los dedos. Apenas hablaba, sólo fumaba porros». Elena Ochoa, sin embargo, lo recuerda con cariño: «Era un tipo estupendo y encantandor, vividor, dulce, inteligente. Comprendo que Francis lo eligiera como amigo. No sabía leer ni escribir. Siempre sonriente. Recuerdo que sólo comía caviar y helado».

En 1998, Elena Ochoa visitó con su marido, Norman Foster; John Edwards y Brian Clarke, albacea del legado del artista y presidente del Estate de Brancis Bacon, el estudio-vivienda que mantuvo hasta su muerte en el número 7 de Reece Mews, una antigua caballeriza de South Kensington (Londres). Compró varias casas y se mudó en alguna ocasión, pero siempre volvía a Reece Mews. Allí pintó sus obras maestras. «Para llegar había que subir una escalera muy empinada con una barandilla de cuerda -recuerda Elena Ochoa-. El estudio era un espacio caótico: estaba lleno de revistas, fotografías arrancadas de periódicos e imágenes de fotomatón (algunas de sus amantes) que él doblaba para crear distorsiones; imágenes de dictadores, de asesinos, de torturas; libros de medicina sobre alteraciones de la piel, de boxeo, de arte, incluso uno sobre cómo aprender español, «Spanish for travellers»; telegramas, trozos de un pantalón de pana que utilizaba para pintar, carnets...» Como única decoración, unas bombillas peladas y un espejo roto.

El caos del estudio, dice Elena Ochoa, contrastaba con el orden y pulcritud de los otros dos espacios: uno combinaba la cocina y el baño. «Había un horno y un lavabo. Tenía todas las salsas y los cepillos de dientes colocados perfectamente. En su habitación, las cazadoras de cuero negro colgadas impecablemente y los zapatos perfectamente ordenados. Sobre la cómoda, libros de Velázquez, de animales...» Elena Ochoa sólo lo vio una vez. Se lo presentó un amigo en el Cock en Madrid, pero no tuvo oportunidad de tratarlo. Sin embargo, John Edwards le ofreció la posibilidad de hacer algo con todo ese material del estudio: «Recoge sus detritus», me dijo. Y así fue. Tras seis años de trabajo e investigación, en 2006 nació «Detritus» (Ivorypress), 25 maletas (reproducciones exactas de una que se halló en casa de Bacon) con 75 facsímiles de objetos seleccionados de los 75.000 hallados en su estudio. «Resume perfectamente cómo fue su proceso creativo, la savia y la raíz de su creación. Era un hombre tremendamente inteligente, extremadamente profesional y perseverante, un trabajador infatigable, con una gran fuerza interior y muy amigo de sus amigos».

Fachada del taller del artista en Reece Mews, 7, South Kensington, London 1992

John Edwards donó en 1998 el estudio de Reece Mews a la Hugh Lane Gallery of Modern Art de Dublín. Se reconstruyó allí pieza a pieza y se abrió al público en 2001. Era parte del legado que recibió de Bacon (cuadros y propiedades inmobiliarias por valor de unos 11 millones de libras) y que generó una agria disputa entre su heredero universal, John Edwards, y la galería Marlborough, representante de Bacon desde 1958. El albacea del legado de Bacon, Brian Clarke, acusó a la galería de haber estafado y explotado al artista durante años, al tiempo que reclamaba el paradero de unas treinta obras. Un largo y costosísimo pleito en Londres acabó con la firma de un acuerdo en 2002. Edwards murió en Tailandia un año después.


Natividad Pulido: Caos creativo en Reece Mews, ABC, 18 de enero de 2009
Fracis Bacon, Blog el El Humilde Fotero del Pánico, 12 de septiembre de 2006 (fotografías)