El arte no es un par de zapatos

Enjaulada como un tigre en una suite del Hotel Palace de Madrid, teclea en su portátil. Sobre la mesa la blackberry, una caja de bombones abierta y una copa de champán. Es una pelirroja con ojos de gata. Astuta, no acepta sumisa que la fotografíen, sino que pelea por su libertad de imagen y de movimientos. Retira las porcelanas de la habitación, quiere aparecer más moderna, en un estado más salvaje. Entonces sí mira a la cámara fijamente, con un punto desafiante y a la vez divertido. Dicen de los tigres que el patrón de rayas es único en cada ejemplar, y que es posible utilizar sus dibujos para identificar a cada individuo de la especie. Si las rayas de la coleccionista de arte Francesca, la única hija del barón Thyssen, siguen un patrón determinado, no se le nota. Ella escapa de las etiquetas y se deja caer lánguida sobre el sofá con elegancia felina.

Francesca Thyssen

En 2009 afianzará su relación con España: la obra The Morning Line, de Matthew Ritchie (proyecto de la Fundación Thyssen-Bornemisza Art Contemporary que fundó en 2002) estará en el CAAC de Sevilla hasta marzo y por entonces quiere introducir en el Museo Thyssen de Madrid algo de su colección, el arte más contemporáneo.

La obra de Ritchie ha sido anunciada como una de las piezas más emblemáticas de la última edición de la BIACS. Se ha dicho de ella que no es un pabellón arquitectónico, sino un anti-pabellón, que es a la vez ruina y monumento. ¿Qué diría usted?

"The Morning Line": Model. Matthew Ritchie, Aranda/Lasch & Daniel Bosia/ARUP AGU. Commissioned by: Thyssen-Bornemisza Art Contemporary. Photo: Lyndon Douglas / Thyssen-Bornemisza Art Contemporary.

Diría que nada en el universo es lo que parece. Hay que encontrar la manera de expandir tu saber en la manera de mirar a las cosas. Este proyecto une varias disciplinas: arquitectura, matemáticas, cosmología, música... La obra se expande físicamente y crea un universo paralelo. El dibujo de Matthew es muy sofisticado, su universo no es plano. Trabaja en el límite de lo posible. En su proyecto se han puesto en marcha nuevos principios de ingeniería. Y después está el componente musical, como una extensión natural.

Se rompen los patrones de la disciplina individual en la línea del compromiso de su Fundación con la producción de proyectos interdisciplinarios.

La disciplina individual es un invento completamente anglosajón. Hay un tabú que impide pasar de una disciplina a otra. En Asia no tienen esa obsesión por distinguir la opera house, el teatro, el museo de arte contemporáneo: el teatro es música y arte a la vez. Hay una gran discusión acerca de la cultura fragmentaria. Yo creo que hay que ir hacia una cultura de forma orgánica y completamente integrada. He dicho antes invento anglosajón? Bueno, tal vez no es sólo un modelo anglosajón, es también el modelo Habsburgo... ¡Ay, Dios mío! ¡Lo inventamos nosotros!
Su vida estuvo siempre marcada por el arte que colgaba de las paredes de su propia casa. ¿Qué recuerda de su iniciación artística?
Cuando viví en Villa Favorita, me gustaban los expresionistas alemanes. No estaban en el museo, sino en casa, y eso les daba intimidad. Eran coloristas, luminosos, vibrantes... Me parecían las mejores pinturas del mundo. No había perfección en el dibujo, pero podías descubrir expresividad, interpretación, valentía. Además, a mi padre también le encantaban.

¿En qué sentido influyó su padre en su relación con el arte?

Me influyó muchísimo. Por ejemplo, en los ochenta, hicimos un viaje a Moscú y San Petersburgo, entonces Leningrado. Es el momento álgido de la Guerra Fría, Ronald Reagan... Y mi padre acordó un gran intercambio de piezas de arte por valor de 25 millones de dólares. Recuerdo que después lo anunciamos en una cena que dimos en San Francisco. La mitad de los invitados americanos se levantaron y salieron de la habitación. Lo que se me quedó grabado fue que, en un momento en el que nadie quería tener nada que ver con los soviéticos, mi padre dijo: «No, la única manera de cambiar la URSS es uniéndose a ella». Y yo pensé: eso abre una puerta que ni los políticos se atreven a abrir.

¿Ha heredado usted ese gusto por abrir puertas difíciles?

Desde luego. Para mí ha sido un gran esfuerzo de imaginación mi proyecto con Matthew. Pero tenemos los dos algo en común: que amamos lo que desconocemos. Hay gente que teme adentrarse en mundos nuevos: «No sé nada de arte», «no puedo hacerlo», o «no sé nada de sexo», en cualquier cosa... Me parece una personalidad interesante aquélla que, cuanto menos sabe de algo, más desea penetrar en ello.

Una curiosidad que le ha llevado a la inversión en arte.

Yo admiro la inversión en cultura. Crecí en una familia obsesionada con las posesiones. Tener. Eres lo que tienes. Yo rechacé esa idea cuando era muy joven. Creo que no posees el arte contemporáneo cuando lo compras. Ese arte va a perdurar durante mucho más tiempo que tú. Tu rol, durante tu corta vida, es la de ser el guardián de ese arte. Una responsabilidad muy excitante.

Carmen Thyssen y Francesca Thyssen- ULY MARTÍN


Y como guardiana y responsable de arte, ¿qué le parece el «fast food» aplicado al arte? El «visto, visto, visto», el recorrer los museos a toda prisa, sin detenerse un tiempo frente a un cuadro.

Bueno, realmente, ¿cuánto tiempo puedes permanecer delante de la Mona Lisa? ¿Treinta segundos? Y visto. La arquitectura de los museos juega un papel aquí: empuja a las personas de una sala a otra. Tenemos una clara influencia del XIX, cuando se establecieron los museos con un carácter muy didáctico. Al final pasas por delante de las obras, las ves pero no las asimilas.

En ese sentido, «The Morning Line» sí representa una nueva forma de relacionarse con el arte. No sólo miras la obra, sino que te metes en ella.

Sí, exacto. Ahí no se trata de aprender pasivamente, sino de una pieza por la que puedes sentir curiosidad desde distintos puntos de vista. El arte se está expandiendo en sus formas y significados, y se decanta hacia la inmersión. Hay que prepararse para ver una obra de arte: la cuestión está en el antes y el después. El viaje hacia el interior de la obra es importante, cómo llegas allí en el sentido físico, intelectual y también emocional. Y en la distancia que tomas después de verla. Me gustaría crear espacios para que el espectador piense. La clave para superar eso que llama fast food artístico está en la calidad del tiempo de exposición a la obra, no en la cantidad. Si no, el tiempo que pases delante de ella será indiferente: No habrá tanta diferencia entre cinco minutos o media hora.

¿Hacen buen matrimonio la calidad y la industria del entretenimiento?

En la vida, la tarea más difícil es mantener la esencia, la sofisticación de una idea mientras eres capaz de hacerlo accesible a mucha gente. Lo mismo ocurre en el arte: Yo no quiero perder la esencia. Creo que los museos se equivocan, se ven como un espacio de entretenimiento. Yo he tenido muchas peleas en el museo Thyssen por ese motivo: ¡Nosotros no estamos en la industria del entretenimiento! No somos un par de zapatos. La economía cuenta cuántos tiquets se han vendido, y se hacen exposiciones cada vez más populares.

Bueno, ahora va a traer algo de su colección al Museo Thyssen, va a introducirlo en el arte más contemporáneo.

Es muy difícil para mí escoger qué vendrá al Thyssen de mi colección, porque sus salas no están diseñadas para el arte contemporáneo. Lo único que me gusta es el hall de la entrada. Entras en el museo y te topas con una obra. Nunca se ha aprovechado bien el potencial de ese espacio. Es una gran oportunidad. Tenéis buenos museos, están sucediendo muchas cosas en España, y es un momento fantástico para empezar a trabajar aquí.

Paloma Torres Pérez-Soler: El arte no es un par de zapatos, ABCD Las Artes y Las Letras, nº 884, 3 de enero de 2009