martes, 17 de febrero de 2009

Óleo.., sangre, plumas y caramelo

Papel de estraza bañado en sangre animal. Plumas de aves. Cortezas de árboles. Caramelos. Cera. Serrín. Este incongruente inventario no es sino la paleta de materiales de los que están hechas algunas de las obras que han podido verse en la edición de Arco clausurada ayer. Es la que ha usado la joven artista Jodie Carey para fabricar el tapiz de plumas y la escultura que exhibía la galería británica Alexia Goethe; el francés Bojan Sarcevic para la instalación que presentaba en el pabellón de Carlier / Gebauer; o Bosco Sodi en la pieza Organic work, que colgaba de las paredes de la galería Álvaro Alcázar. Cabe preguntarse si perdurarán.

Dos obras hechas con plumas, de la artista Jodie Carey, expuestas en la pasada edición de Arco. Uly Martín

La misión de los restauradores de arte contemporáneo es que así sea, pero sus armas son muy diferentes de las que usan sus colegas en el arte más tradicional. Ante un cuadro antiguo, el restaurador se enfrenta a unas pautas más que conocidas: bastidor, lienzo, capa de pintura, barniz. Pero nunca sabe qué encontrará en una pieza contemporánea. "La restauración de arte clásico es un proceso muy definido. En el contemporáneo no hay esa previsión: cada artista es un mundo y cada obra es un mundo", señala Jorge García Gómez-Tejedor, jefe de restauración del Museo Reina Sofía.

A veces, los problemas empiezan porque se usan pinturas industriales que se degradan rápidamente. "Los pigmentos antiguos eran naturales, de buena calidad. Hoy, para muchos artistas, la calidad del pigmento no es tan primordial", indica Lourdes Rico, del equipo de restauración de la Fundación March. Pero, en la mayor parte de los casos, la forma de usar los materiales es lo que causa verdaderos quebraderos de cabeza. Manolo Valdés, en la obra Doble imagen sobre fondo gris -que mostraba en Arco la galería Marlborough- ha grapado y cosido tela de arpillera, sobre la que ha aplicado óleo y cera... "En restauración de arte contemporáneo hay muy poca experiencia en el tratamiento de la mayoría de los materiales. Incluso si se usan los tradicionales, se mezclan con otros y el cóctel acaba siendo algo completamente nuevo que no sabemos cómo se va a comportar", señala Silvia Noguer, responsable de conservación del Macba.

Ante la duda, el primer mandamiento es siempre preguntar al artista, si está vivo, o a su entorno, si ha fallecido. No es raro que tengan ideas bien diferentes a las del restaurador: "En una ocasión, al Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca se le ocurrió preguntar a Lucio Muñoz qué debían hacer con una obra suya que había acumulado mucho polvo. Su respuesta fue que la sacaran al patio y le dieran un manguerazo", recuerda Rico. No le hicieron caso.

A menudo se plantean complicados dilemas, como el que tuvo que resolver el Macba hace unos años con el Mar de chocolate del suizo Dieter Roth, una pieza de 1970 que forma parte de la colección del museo. Hecho de chocolatinas, no sólo el tiempo las había tornado rancias y malolientes, sino que se habían llenado de bichos. ¿Habría que sustituirlas? La respuesta fue un no contundente: "El artista consideraba que la degradación forma parte de la obra", explica Noguer. Lo único que pudo hacerse fue acabar con los coleópteros mediante la ciencia: usaron feromonas para atraerlos y una sustancia paralizante para rematarlos.

Lo que está en juego, afirma Emilio Ruiz de Arcaute, responsable de restauración de la colección de Artium, es un problema conceptual: "El restaurador no puede violar la propiedad intelectual de la obra". Por eso impulsó a finales de los ochenta la creación de una base de datos que recoge, a partir de entrevistas, los criterios de cada artista. Hoy, ese archivo lo sigue gestionando el grupo español de restauradores de arte contemporáneo del International Institute for Conservation of Historic and Artistic Works (IIC).

A veces, el restaurador se convierte en el médico de cabecera del artista. Es la relación que tiene con Antoni Tàpies Jesús Marull, que se define como un "cirujano estético" cuya misión es conseguir que la pieza tenga el mismo aspecto que cuando se realizó: "En arte contemporáneo la obra es gestual y lo que hay que conservar es el gesto del artista. Por eso, si en un collage de Barceló falta una colilla o un trozo de bombilla, rompes una bombilla, o buscas una colilla, y la manipulas hasta que sea igual a la original".

Incógnitas digitales

En pleno boom de la fotografía digital, los restauradores ya se echan las manos a la cabeza. El especialista Ángel Fuentes apunta, por ejemplo, que en una imagen tradicional se pueden reconstruir los pasos que siguió el autor a partir del negativo. "Pero nunca tienes la certeza de que la imagen digital sea la que haya tomado el autor".

La rapidez de los cambios tecnológicos hace que la conservación vaya aún muy por detrás de las novedades: "Los avances en fotografía físico-química eran tan lentos que daba tiempo de establecer procedimientos de actuación. Nos falta toda una generación de archivistas y documentalistas digitales".

Isabel Lafont, Madrid: Óleo.., sangre, plumas y caramelo, El País, 17 de febrero de 2009

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