Diego Rivera, luces y sombras

Todo en él fue desbordante: su físico, su arte, sus ideas. Ilya Ehrenburg lo definió con exactitud: «No entra en una habitación, la llena». A Diego Rivera se le queda chico el apartado en el que figuran los artistas comprometidos. Lo fue, pero desborda el calificativo. Le va mejor el de artista combatiente. De este modo, lo presenta Raquel Tibol en «Luces y sombras» (Lumen), en el cincuenta aniversario de su muerte, acaecida en México el 25 de noviembre de 1957. La escritora dejó en 1953 su Argentina natal, para convertirse en la secretaria del artista. En su biografía, Tibol disecciona la obra de Rivera, narra su fervor político y las razones por las que llegó, se marchó y regresó al Partido Comunista Mexicano amén de inesperadas concomitancias con Estados Unidos. Ribol se detiene en la intensísima relación del gigante mexicano con la pintura hasta convertirse en eje esencial del arte nacional de su patria. Las envidias que padeció por ello; sus años en Europa; el arte español e italiano que aprendió, pero nunca imitó y un etcétera siempre interesante, con el telón de fondo de la revolución mexicana y de la revolución rusa y sus consecuencias. En estas páginas se palpa al hombre que se negó a pasar por este mundo sin bebérselo a grandes tragos.

Autorretrato del muralista mexicano Diego Rivera

Diego Rivera nació en Guanajuato, en un hogar humilde, el 8 de diciembre de 1886. Su padre, maestro de ideas liberales, se trasladó con la familia a la capital de la República en 1892 tratando de encontrar un ambiente menos hostil -su hijo Diego, andando el tiempo, comentaría a mineros bolivianos que Zapata fue alumno de su progenitor. El arte lo llamó pronto y en 1904 obtuvo su primera medalla. Ya entonces practicaba lo que convirtió en norma: trabajar hasta el agotamiento. Hay que tener presente que cuando estudiaba, el 80 por ciento de la población mexicana era analfabeta. Desde 1907 a 1921, vivió su etapa europea. En 1912 decidió incursionar en el cubismo, un estilo que floreció en su obra hasta 1917 y terminó en 1918. En lo que respecta a su vida privada, en 1911 se casó con la pintora rusa Angelina Beloff, matrimonio -tuvieron un hijo que sólo vivió 16 meses-, que duró diez años. El gran amor del pintor fue la también pintora Frida Kahlo, con la que, con divorcio por medio, convivió 18 años. Diego pidió que a su muerte sus cenizas se mezclaran con las de ella, pero su ruego no fue atendido. Angelina daba clases con Matisse y tenía una estrecha amistad con Marie Blanchard que se extendió a Diego. Una amistad que Tibol califica como «una de las más persistentes» en el artista. Pero la política se cobra precios muy altos. María murió en 1932 y el Ateneo madrileño le rindió homenaje. Rivera había sido expulsado del PCM, y quizá por los resquemores que estos asuntos provocan, Lorca en su elegía se refirió al mexicano como «la verdadera antítesis de María, artista sensual que ahora, mientras ella sube al cielo, él pinta de oro y besa el ombligo terrible de Plutarco Elía Calles».

Rivera llevó su fuerte personalidad también a la política. Además de pertenecer al PCM -relación tormentosa-, fue vocal del Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores y Escultores y estuvo entre los fundadores de «El machete», órgano del sindicato. Sus idas y regresos al partido fueron sonados. De comunista pasó a ser, según Siqueiros, «la inmundicia mayor del trotskismo». Rivera, que se pasó al trotskismo, consiguió que el presidente Cárdenas acogiera en México a Trotsky, junto con su mujer, pero sufrió serias tribulaciones por el cambio y su casa fue apedreada. Dado que Siqueiros al frente de un grupo asaltó la casa de Trotsky -había una camioneta de Rivera-, éste solicitó en mayo una visa para entrar en Estados Unidos, ya que temía un atentado. Pero si hubo algo que lo descolocó fue el pacto germano-soviético de 1939. Fue tal su descontrol, explica Tibol, que se convirtió en informante, e incluso delator, al servicio de la embajada estadounidense en México. Sucedió en 1940 y explica la turbulencia que para Diego significó el inimaginable acuerdo. De hecho, había dado caña a Estados Unidos y concretamente en el caso de Sacco y Vanzetti desarrolló una campaña contra lo que consideraba un crimen «legal». A través de su historial político, recibió todo tipo de insultos. Fue rebautizado por J. C.Orozco como Diegoff Riveritch Romanoff, «el renegado», o «líder folclórico», y sus colegas mexicanos lo consideraron como «toda una amenaza», dado que el Museo de Arte Moderno neoyorquino sólo exhibía «al único genio». Siqueiros escribió sobre «el camino contrarrevolucionario de Rivera», pero fue Ehrenburg quien resolvió el asunto: «Desde 1917 hasta su muerte tuvo a Lenin por maestro. Fue un auténtico revolucionario mutilado por un gran artista».

El alma dedicada al arte

Rivera resolvió la técnica de la pintura mural, aunque esta faceta tampoco escapó a su lado combatiente. «Sueños de un domingo en la Alameda» para el Hotel del Prado es prueba de ello. Su autor introdujo en él a personajes diversos, uno de ellos «El Nigromante», que llevaba en una mano la frase «Dios no existe», lo que le valió la enemistad de la jerarquía católica y de católicos. Un grupo de jóvenes raspó la inscripción y los gritos de «¡Muera Diego Rivera!» se propagaron. El mural se ocultó a la vista del público durante 8 años. En 1955, Pellicer, poeta católico, intervino en el conflicto quitando hierro al asunto religioso y centrándose en el cultural. El autor, desde Moscú, donde se trataba un cáncer, propuso que la cita se sustituyera por «Conferencia en la Academia de Letrán 1836», en cuyo seno habló el Nigromante. En «El Teatro en México» aparecía Cantinflas dando dinero a los pobres y la cifra 20.000.000 millones; en otro lado, los millonarios y el número 9.000 x 1.000.000, es decir 9.000 ricos frente a 20.000.000 de desamparados. Tibol le preguntó al artista la razón por la que había elegido al famoso actor y él le aconsejó que fuera a la calle Morelos. Allí, en efecto, Mario Moreno, ayudaba a los humildes.

A Diego Rivera los bandazos políticos y emocionales le pasaron factura y en 1948 visitó a su amigo Alfonso Millán, psiquiatra. En 1874, J.M. Villela escribió que la sociedad sin arte sería como un hombre sin alma. Diego ofreció la suya al arte.

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