La luz mágica del maestro Antonio López, a pie de calle
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Vídeo: Ricardo Domínguez
¿Quién no ha paseado por los lugares más turísticos de Madrid curioseando las obras de pintores desconocidos que se venden por unos cuantos euros? ¿Quién no ha recorrido sus aceras entre caballetes, atriles y lienzos?
No era un caricaturista cualquiera ni un dibujante anónimo al que los cientos de transeúntes que abarrotaban ayer la Puerta del Sol pudieron contemplar al atardecer. Se trataba del maestro Antonio López (Tomelloso, 1936), padre del hiperrealismo madrileño, que, evadido del público que lo contemplaba, trabajaba absorto en una de sus últimas obras. Desde las 19:00 hasta que cae la tarde pero sólo durante los últimos quince días de agosto. Una hora y media diaria que el artista aprovecha para pintar, aprovechando esa luz tan necesaria para su obra, especial y precisa, que decora en esos minutos las fachadas de los edificios de la calles Arenal y Mayor, además de la de la Real Casa de Correos, sede de la Presidencia Comunidad de Madrid.
Hace tres días que comenzó aunque no terminará esta mágica obra, llena de luces y sombras, hasta dentro de tres años. Al manchego no le importa la esclavitud del tiempo porque para él "lo importante es pintar". A medida que avanzan los minutos los curiosos se arremolinan a su alrededor. No le importa que le miren, que le fotografíen o que le graben, aunque si es reticente a las palabras. No dice nada, sólo pinta, crea. "Es muy tímido, un hombre que no habla con nadie", afirma uno de sus seguidores, José Redondo. "Yo soy pintora, es una maravilla verle y si pudiera darle un beso lo haría, pero está trabajando y ya se sabe", afirmaba una de las personas que observaban el trabajo de López. La culmen del mismo será un hermoso lienzo que valdrá más de mil millones porque Antonio "es un genio y no hay más que decir", señalaba otro de los presentes.
La suerte de ver al maestro
Mientras, algunos despistados se asombraban de que un señor bajito, ataviado con bermudas, alpargatas gastadas y camisa de rayas, concentrará tanta expectación. Una gorra roja le tapaba la cara, protegiéndole del sol que él mismo trata de recrear, quizá ese fuera el motivo por el que muchos curiosos desconocieran que se trataba del mismísimo Antonio López, aunque, una vez oídos su nombre, trayectoria y obra del artista, afirmaban que era una "satisfacción y una suerte" el estar presente mientras el genio creaba. Su caja de pinturas sobre una silla de playa, una docena de pinceles, un caballete, un lienzo y su mirada. Una mente prodigiosa para imaginar cada detalle, por minúsculo que sea. A las ocho y media recoge sus bártulos. Se acabó el espectáculo.
Tras una ovación espontánea se retira. No dice palabra, eso "me cansa mucho". Prefiere expresarse con intensas imágenes. A los allí reunidos no les importa porque "Antonio es un grande" y sin duda alguna piensan "repetir mañana". El maestro se aleja con su niña bonita a cuestas, no terminará este verano, "tiene que ser así".
No era un caricaturista cualquiera ni un dibujante anónimo al que los cientos de transeúntes que abarrotaban ayer la Puerta del Sol pudieron contemplar al atardecer. Se trataba del maestro Antonio López (Tomelloso, 1936), padre del hiperrealismo madrileño, que, evadido del público que lo contemplaba, trabajaba absorto en una de sus últimas obras. Desde las 19:00 hasta que cae la tarde pero sólo durante los últimos quince días de agosto. Una hora y media diaria que el artista aprovecha para pintar, aprovechando esa luz tan necesaria para su obra, especial y precisa, que decora en esos minutos las fachadas de los edificios de la calles Arenal y Mayor, además de la de la Real Casa de Correos, sede de la Presidencia Comunidad de Madrid.
Hace tres días que comenzó aunque no terminará esta mágica obra, llena de luces y sombras, hasta dentro de tres años. Al manchego no le importa la esclavitud del tiempo porque para él "lo importante es pintar". A medida que avanzan los minutos los curiosos se arremolinan a su alrededor. No le importa que le miren, que le fotografíen o que le graben, aunque si es reticente a las palabras. No dice nada, sólo pinta, crea. "Es muy tímido, un hombre que no habla con nadie", afirma uno de sus seguidores, José Redondo. "Yo soy pintora, es una maravilla verle y si pudiera darle un beso lo haría, pero está trabajando y ya se sabe", afirmaba una de las personas que observaban el trabajo de López. La culmen del mismo será un hermoso lienzo que valdrá más de mil millones porque Antonio "es un genio y no hay más que decir", señalaba otro de los presentes.
La suerte de ver al maestro
Mientras, algunos despistados se asombraban de que un señor bajito, ataviado con bermudas, alpargatas gastadas y camisa de rayas, concentrará tanta expectación. Una gorra roja le tapaba la cara, protegiéndole del sol que él mismo trata de recrear, quizá ese fuera el motivo por el que muchos curiosos desconocieran que se trataba del mismísimo Antonio López, aunque, una vez oídos su nombre, trayectoria y obra del artista, afirmaban que era una "satisfacción y una suerte" el estar presente mientras el genio creaba. Su caja de pinturas sobre una silla de playa, una docena de pinceles, un caballete, un lienzo y su mirada. Una mente prodigiosa para imaginar cada detalle, por minúsculo que sea. A las ocho y media recoge sus bártulos. Se acabó el espectáculo.
Tras una ovación espontánea se retira. No dice palabra, eso "me cansa mucho". Prefiere expresarse con intensas imágenes. A los allí reunidos no les importa porque "Antonio es un grande" y sin duda alguna piensan "repetir mañana". El maestro se aleja con su niña bonita a cuestas, no terminará este verano, "tiene que ser así".
Julia Bustos | Madrid: La luz mágica del maestro Antonio López, a pie de calle,
EL MUNDO, 19 de agosto de 2010
EL MUNDO, 19 de agosto de 2010