25 años sin Joan Miró, el pintor de poesías

El pincel se convertía en sus manos en una varita mágica. Sus cuadros eran una orgía de color, privilegiadas manchas cromáticas de sensualidad y alegría, de turbación o desgarro. Amante del detalle y hechicero de caprichos visuales, Joan Miró desarrolló un lenguaje pictórico único, rico en formas onduladas de fulgurante expresividad y significado. El 25 de diciembre se cumple un cuarto de siglo del fallecimiento del artista catalán. (Foto: Henri Cartier-Bresson)

Joan Miró nació en 1893 en Barcelona, en el seno de una familia acomodada. Era un niño introvertido y de salud frágil, cuyas ensoñaciones llenaban blocs de dibujo. Pese al incipiente talento artístico de Miró, su padre intentó persuadirlo para que eligiera una 'profesión respetable'. "Para ganarme el sustento y al mismo tiempo poder pintar, mi familia me aconsejó hacerme fraile o soldado", contaría años después Miró a su biógrafo, Jacques Dupin.

El padre de Miró logró finalmente que su hijo se matriculara en una escuela de comercio, aunque simultáneamente frecuentaba 'La Escuela de la Lonja', famosa academia artística por la que el propio Picasso había pasado fugazmente unos años antes. Al finalizar sus estudios mercantiles, Miró fue contratado por una empresa química. Apenas tardó unas semanas en desarrollar una leve crisis nerviosa y un acceso de tifus. Era obvio que Miró no había nacido para la actividad comercial, tal y como confirmó su eventual despido por pintarrajear en los libros de contabilidad. (Obra: 'El astro del labertinto')

A principios de siglo, el camino para un joven artista como Miró estaba plagado de trampas. Era difícil hallar la propia identidad creativa en un universo en guerra. El academicismo clásico defendía sus últimos reductos de autoridad ante el cubismo, el fauvismo y por el 'asesinato del arte' que habían perpetrado los atrevidos dadaístas. Miró era un soldado en tierra de nadie, y apenas intuía qué trinchera debía defender. Finalmente comprendió que anhelaba expresar algo sustancial y eterno, arrancado de sus raíces catalanas. (Foto: Bonney)

Encaminado irremisiblemente a ser artista, Miró ingresó en 1912 en la academia de Francesc D'A. Galí, cuyas enseñanzas fortalecieron ese instinto escultural que más tarde plasmaría en sus obras. Por aquella época entró en contacto también con el marchante Josep Dalmau, quien en 1918 acogió en su galería la primera exposición individual de Miró, donde quedaban al descubierto sus formas delicadas y diluidas en la vitalidad cromática. (Foto: Museo Thyssen)

Las venenosas críticas que recibió Miró tras esa primera exhibición marcaron una nueva fase. Minucioso en el detalle y sutil observador, inició su etapa de 'realismo poético'. En una carta a su amigo Enric Ricart, escribe: "Nada de simplificaciones o abstracciones; en estos momentos me interesa solamente la caligrafía de un árbol o de un tejado, hoja a hoja, rama a rama, hierba a hierba, teja a teja. Eso no quiere decir que al final los paisajes no puedan ser cubistas o sintéticamente salvajes. Ya lo veremos". (Foto: El Mundo)

En 1919, Miró pinta un sorprendente 'Autorretrato', un cuadro que preconiza su intención de emprender la aventura parisina, capital del imperio artístico. Una atmósfera cálida y sugerente envuelve su rostro de rasgos cincelados, en una obra que combina elementos cubistas detallados y abstractos. El lienzo sería comprado por Picasso, un año después de conocer a Miró.

Aquel gesto del genio malagueño no le libraría de las críticas de Miró. A su llegada a París, poco tardó Miró en darse cuenta de que gran parte del arte contemporáneo se orientaba al seductor dinero y no a la expresión de ideas. Un moralista como Miró no podía más que deplorar semejante actitud. En una carta de la época, el pintor catalán escribe: "los franceses (y Picasso con ellos) son los condenados, ya que han tomado el camino fácil y pintan para vender".

Sería su segunda estancia en París la que marcaría el destino artístico de Miró. El escultor Pablo Gargallo —que en invierno ejercía como profesor en Barcelona— comenzó a alquilarle en 1921 su taller en la rue Blomet. André Masson, propietario del estudio contiguo, trabó amistad con Miró y logró introducirlo en círculos artísticos y literarios frecuentados por intelectuales como Paul Éluard, André Breton, Tristan Tzara o Henry Miller. Para Miró fue trascendental el influjo de los poetas, que en aquellos tiempos obraban la destrucción de las estructuras para favorecer una impresión inmediata y sensual.

Esas nuevas influencias cobrarían protagonismo en 'La Masía', una de las obras clave de Miró. Repleta de alusiones sexuales, la obra parece abordar el tema de la fertilidad, quizá como metáfora de la productividad artística. El pintor integra todos los elementos en su composición jugando con la tensión entre equilibrio y simetría, menos interesado en narrar una historia que en construir un armazón conceptual que habla de la identidad catalana y del espíritu cristiano, de la autenticidad de la gente y de la tierra. Salpicada de innumerables guiños y lecturas, 'La Masía' fue adquirida por Ernest Hemingway, fascinado por su reproducción del paisaje mediterráneo.

Con sus exquisitos modales de burgués, Miró era en muchos aspectos la antítesis del pintor bohemio. Hombre religioso y moralista, Miró no era mujeriego, se mostraba parco en palabras y procuraba que sólo su trabajo, meticuloso y disciplinado, hablara por él. Ese carácter retraído y reservado, antagónico del estereotipo artístico en la 'rive gauche', contribuyó a que el círculo surrealista de París le tomara en broma. Consideraban sus cuadros infantiles y se burlaban de su falta de pasión. En una ocasión, durante un acalorado debate, Max Ernst anudó una soga al cuello de Miró, amenazándole con la muerte si no manifestaba su opinión. No pronunció una palabra.

Afortunadamente, aquella broma pesada no pasó a mayores y Miró salvó el pescuezo. Continuó su vida y en octubre de 1929 contrajo matrimonio con Pilar Juncosa en Palma de Mallorca. Ella fue la madre de Dolores, primera y única hija de Miró. (Foto: El Mundo)

La obra de Miró atraviesa un nuevo cambio a partir de 1923, cuando los objetos en sus cuadros se deforman hasta la fealdad sin renunciar a su identidad. El artista elude el mensaje intelectual para acentuar la sensualidad y otorgar importancia capital a lo insignificante. Guiándose por el lema "menos es más" y su búsqueda de la claridad, Miró vacía cuadros como 'El cazador' para que sean los detalles más primarios los que hablen en un lenguaje de símbolos y asociaciones poéticas. Ya en 1920, Miró escribía: "me muevo en un arte de conceptos que toma la realidad sólo como punto de partida, no como meta final". (Foto: Museo Thyssen)

El primer manifiesto surrealista aparece en 1924, y Miró es uno de los primeros artistas en seguir sus postulados de asociación libre, automatismos aleatorios más allá de consideraciones estéticas y poder absoluto del sueño. El surrealismo reaccionaba contra la gélida geometría a la que tendía el arte a principios de los años 20, y abogaba por elevar la voz íntima y primaria que grita silenciosa en nuestro interior. Para ello, muchos artistas se abandonaron al abuso de éter, alcohol, cocaína o sexo. Las alucinaciones de Miró, siempre más pacato y místico, se debían por el contrario al hambre, pues muchas veces se acostaba sin cenar. (Foto: El Mundo)

Miró trata de explicar el universo a partir de un ínfimo detalle. Quiere que sus cuadros ofrezcan la percepción fresca y directa de un haiku. Desea captar, según sus propias palabras en una carta a Michel Leiris, "la elocuencia de la exclamación de admiración que hace un niño al ver una flor". Con el tiempo, Miró deriva en composiciones más abstractas y formas más orgánicas, siguiendo el ejemplo de Hans Arp y acercándose al estilo de Klee o Kandinsky. La meta de Miró era trascender la pintura, alcanzar una dimensión conceptual más allá de la sola experiencia visual. (Foto: Museo Thyssen)

La continua apuesta de Miró por las fantasías poéticas se tiñó en los años 30 de temor apenas contenido ante la inminente hecatombe política en España y Europa. Sin embargo, Miró proyecta sus miedos sobre figuras desnudas de hombres y mujeres, lo que invitaba a pensar en problemáticas sexuales y no tanto sociales. Sería en 'Naturaleza muerta con zapato viejo' donde Miró abandonaría el lenguaje que había definido a lo largo de tantos años y esfuerzos, para crear un cuadro de fácil comprensión que hablara a través de los objetos de los sentimientos de pérdida y pobreza, de furia y rencor. (Foto: EFE)

En 1937, Miró participó en la Exposición Universal de París con un cuadro, hoy desaparecido, titulado 'El segador'. Con la Guerra Civil española en pleno desarrollo, la obra era todo un símbolo del espíritu revolucionario. Sin embargo, Miró se vio completamente eclipsado por el impacto del 'Gernika', cuya crudeza cautivó al planeta artístico. Aunque pintó notables carteles para apoyar la lucha por la libertad en España, Miró nunca llegó a cumplir el proyecto de su propio gran cuadro trágico sin "el melodrama de Picasso", como él mismo comentaba.

Con el estallido de la guerra, para Miró fue necesario refugiarse en su interior. Y del mismo modo que la poesía le había influido terminada la Primera Guerra Mundial, a principios de los años 40 era la música de Mozart o Bach la que acompasaba sus 'Constelaciones'. Éstas eran una serie de composiciones en complejo y perfecto equilibrio, cuadros en los que soles, estrellas, lunas y filamentos quedaban entretejidos en una red cósmica de simbología rítmica y festiva. Las 'Constelaciones', expuestas en Nueva York, ejercieron una influencia determinante en artistas estadounidenses como Gorky o Pollock.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, Miró decidió dar un nuevo giro a su carrera. Esta vez, sus inquietudes artísticas venían acompañadas de preocupaciones más prosaicas. Y es que a sus 52 años, Miró aún no había sacado un rendimiento económico notable a su pintura. "Lo que no puedo aceptar es seguir llevando la vida mediocre de un modesto caballero", les espetó a sus galeristas antes de empezar a imprimir su universo de ilusión y color en esculturas, objetos de alfarería o grabados con los que aspiraba a llegar a un público masivo. A su manera, Miró se convertía de este modo en precursor del 'Land art' y el 'Pop art'. (Foto: El Mundo)

El éxito de Miró radicaba en su capacidad para seducir al público con la percepción espontánea de su lenguaje de formas onduladas y su irresistible atractivo cromático. Ello le valió prestigiosos galardones internacionales como el premio Guggenheim, ser investido doctor 'honoris causa' por Harvard o nombrado caballero de la Legión de Honor de Francia. Además, en 1980 recibió de Juan Carlos I la Medalla de Oro de las Bellas Artes de España. (Foto: AFP)

"Para mí es importante conseguir la máxima intensidad con el mínimo esfuerzo. Por eso el vacío ocupa un papel cada vez más relevante en mis cuadros". Miró esribía estas palabras en los 60, cuando sus cuadros, como en 1925, volvieron a vaciarse para conceder todo el protagonismo a unos pocos acentos enfáticos. Son quizá estas filigranas minimalistas las que perpetúan a Miró en el recuerdo. Por siempre jamás habrá que reverenciar a un artista que en todo momento derrochó frescura y vitalidad, sin traicionar su estilo ni doblegarse a modas pasajeras. La inagotable fuente de creatividad y evolución que brotaba de las entrañas de Miró se secó en la Navidad de 1983, cuando el pintor contaba 90 años. (Foto: El Mundo)

Fran Casillas: 25 años sin Joan Miró, el pintor de poesías, El Mundo / Multimedia, 23 de diciembre de 2008

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