martes, 30 de diciembre de 2008

El despertar del dragón

China está atravesando una transformación a una velocidad inaudita. Transformaciones urbanas -con el consiguiente impacto cultural y social que éstas conllevan-, que en otros lugares tardaron siglos, se han sucedido allí en cuestión de décadas. A fines de los setenta había en China menos de doscientas ciudades; hoy, hay más de setecientas. Más de un centenar de ellas cuentan con una población superior al millón de habitantes. Las más pequeñas son inmensas comparadas con los parámetros de una ciudad norteamericana, colosales respecto a los de una ciudad europea.

Portada del libro de Thomas J. Campanella

La explosión económica de las últimas tres décadas, consecuencia de las reformas de Den Xiao Ping, ha acelerado el proceso de reinvención, brutal y drástico, de un territorio al cual no resulta anacrónico referirse como un imperio para poder imbuirlo de las connotaciones de grandeza, magnificencia y poder, de territorio constructor de una cultura y una historia, erigido en su propia identidad. Pero, a diferencia de los imperios históricos, cuyas ciudades sucumbieron a su propia decadencia, China es hoy un imperio que está literalmente destruyéndose desde dentro para producir un renacer ingentemente poderoso e influyente dentro del orden del mundo global.

El factor principal que centra las especulaciones sobre el devenir de la ciudad china es que su desarrollo se está testimoniando como un hecho sin precedentes, tanto por su magnitud como por la velocidad con que los cambios se están produciendo, y, seguramente, por el error de base en el que muchos han incurrido: querer buscar paralelismos entre el desarrollo de la ciudad occidental (americana), partiendo de una lectura exoticista.

Digital Beijing. Photo Iwan Baan

No todo vale. El fenómeno urbano chino se presta a simplificaciones e interpretaciones rápidas y frágiles desde el punto de vista de quienes formulan sus críticas desde tópicos, como los profetas del todo-vale, quienes, en nombre del progreso capitalista, intentan transformar la geografía china en un laboratorio de delirios que estarían vetados en Europa. Se hace necesario huir de esas simplificaciones para abrir un nuevo campo de mirada para este hecho complejo.

A un ritmo frenético, la transformación de China es un fenómeno que sirve a la vez de fascinación para insensatos y como alegoría extrema del tiempo en que vivimos: la constatación de que el hombre ha logrado ser capaz de generar una energía incontrolable que hace de la devastación la acción simbolizadora de su hegemonía imbatible en el presente, creando la impresión de un futuro que se hace abrumadoramente inmediato e implacable.

Es imposible evitar el uso de la palabra violencia o de cualquier sinónimo, aunque la posición de análisis se sitúe lejos del catastrofismo. En una cultura en la que durante siglos la geomancia hizo de toda actividad constructiva un acto sagrado regulado por principios cósmicos, la arquitectura se ha transformado en una actividad de destrucción deshumanizada, empresa regida por la avidez de especuladores inmobiliarios y de intereses políticos, que no vacilaron a la hora de arrasar entre 1990 y 2002 el 40 por ciento de la Vieja Ciudad de Pekín, devastando un tejido urbano de seis siglos de antigüedad por mor de una modernización urbana considerada imprescindible, llevando así a cabo lo que Thomas J. Campanella, autor del libro The Concrete Dragon ha definido como un «holocausto urbano sin precedentes».

Bird's Nest (image La Repubblica)

Con su urbanismo y arquitectura de colosalidad y espectáculo, el Pekín actual es la culminación exacerbada del rechazo al pasado y a la tradición que se inició con la llegada al poder del Partido Comunista Chino, prolongándose en la actual idolatría al dinero, al enriquecimiento rápido, encarnando -en palabras de la periodista Isabel Hutton- en «la confusión de una nación hambrienta de heterodoxia, comprando culturas y estilos para superponerlos a una tradición autóctona que había perdido sus bases».

La realidad del imperio está allí donde conviven multimillonarios con emigrantes rurales desposeídos de cualquier privilegio y mano de obra de la que depende la materialización física de esa transformación radical (cuyas condiciones de vida documenta Andreas Seibert en From Somewhere to Nowhere, 2008), y entremedias, todo un espectro de ciudadanos y clases cuyas expectativas están depositadas en las promesas de esta modernización y la liberación que ella traerá, en esa nueva identidad que nadie es capaz de definir en qué consiste y en la convicción de que quizá la Historia no es necesaria. «Soy chino, pero mi vida está occidentalizada en una ciudad en la que la Historia sobrevive en fragmentos aislados, piezas esporádicas de tradición interrumpidas por la modernidad. Queremos conservar nuestras tradiciones y valores, pero no sabemos qué es ni lo uno, ni lo otro. Treinta años después de esta explosión de poder no hay reglas, ni un plan para esta ciudad», explica uno de los arquitectos que hablan en el libro The Chinese Dream. Y posiblemente sea éste el tipo de documentación que es necesario que comencemos a manejar para poder comprender en qué consiste la transformación del imperio chino.

Reacción intelectual. Desde la confusión consciente, En la ciudad china. Miradas sobre las transformaciones de un imperio, la exposición del CCCB, inspira la posibilidad de una reacción intelectual que revela nuestro desconocimiento sobre la complejidad china pretérita y presente para plantear la posibilidad de aproximarse a ella desde el reconocimiento de su alteridad y la posibilidad de la apertura de una sensibilidad hacia ella.

Architecture of Density by Michael Wolf

Empezaríamos así a entender la revolución china como un fenómeno global, donde los elementos occidentalizantes juegan un papel muy importante pero devienen simples convidados cuando se entiende que este cambio es en realidad un fenómeno profundo, insondable, que trasciende cualquier paradigma conocido y asimilable de forma urbana. Un fenómeno de esencia, en el que los cambios exponenciales son en realidad elementos intrínsecamente propios, expresiones intraducibles en cuya confusión sin duda estamos tratando de ver y descifrar el estado de la realidad.

Fredy Massad: El despertar del dragón, ABCD Las Artes y Las letras, nº 883, 27 de diciembre de 2008

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