sábado, 9 de agosto de 2008

¿Ser o no ser un Goya, o un Anguissola?

Cisma entre los amantes del arte: de un día al otro, se decreta que uno de los goyas más conocidos, El coloso, no es de Goya. La gota que derrama el vaso de las sospechas ("las siluetas no están delineadas", "los rayos X muestran un esbozo de la figura principal en posición distinta", "parece un pastiche" -rebatibles, aunque ya se verá la argumentación que publiquen-) fue el descubrimiento de dos iniciales, A y J, que coinciden con las del nombre de Asensio Juliá, discípulo y asistente de Goya, a quien éste pintó escribiendo a su lado "mi amigo". Según algunos expertos, no hay ningún descubrimiento, las supuestas iniciales en la tela son un número que se ha identificado tiempo atrás y que corresponde al que el cuadro tenía en el inventario del legado de la mujer de Goya, muerta en 1812, donde se le nombra como Un gigante, un óleo sobre tela que pasa a ser propiedad del hijo, Javier, quien lo vende a Pedro Fernández Durán, y que el 2 de septiembre de 1930 lo lega al Museo del Prado.

Sofonisba Anguissola, Autorretrato, 1556, Museo Lancut, Polonia.

Las interpretaciones sobre El coloso son variopintas y a menudo contradictorias, todas enriquecen la pintura. Si se fija la nueva atribución, ésta no debiera quitar sentido(s) a El coloso -ni gloria, ni fama-. Tampoco lastimaría ni ayudaría a Goya, ni lo afinaría, como afirma Juliet Wilson Bareau en EL PAÍS, porque la verdad es que no hace falta sacarle punta a este artista. No es el caso de otras muchas atribuciones tambaleantes (o francamente erradas). Hay algunas que realmente pueden definir, borrar o distorsionar a un artista.

Para muestra, un botón: Sofonisba Anguissola (Cremona, 1532-Nápoles, 1625), muy querida en su tiempo (la admiraron Miguel Ángel y Van Dyck, la apreció Vassari, su obra formó parte de las más calificadas colecciones -como la del romano Fulvio Orsini que pasaría a los Farnese, en su inventario hay cuatro sofonisbas, acompañados de tizianos y leonardos-), y que a su muerte pasó al olvido. Sus obras se adjudicaron a Zurbarán, Moro, Tiziano, Sánchez Coello, Bronzino, Moroni, Greco, según Herbert Cook incluso a Van Dyck y posiblemente a Leonardo.

Cuando en 1559 llegó a la corte de Felipe II como dama de la reina Isabel de Valois, Sofonisba Anguissola ya tenía obra, había pintado célebres escenas domésticas, algunos memorables retratos de humanistas o colegas, y autorretratos, como haría el resto de su vida. Durante su estancia en la corte filipina, reformuló su oficio, lo enriqueció con las exigencias del retrato palaciego, la diplomacia requerida y la influencia de otros artistas -Moro, Tiziano, los flamencos que conformaban la espléndida colección de pintura que había traído consigo María de Hungría a Madrid-. Así llegara a pintar un lienzo que se consideró la quintaesencia de la pintura española, El retrato de la niña con el enano (en la colección del marqués de Griñón), Sofonisba conservó siempre un no sé qué italiano.

Por su papel en la casa de la reina, Sofonisba Anguissola no firmó los lienzos que pintó para la corte. El retrato de la niña con el enano fue atribuido, como otras pinturas de la Anguissola, a Sánchez Coello, su contemporáneo, quien estuvo a cargo de decenas de reproducciones de sus retratos, pues Sofonisba no tuvo taller. Un caso de atribución que sigue en debate es el de la pintura conocida como La dama del armiño, o Infanta Catalina Micaela, o Jerónima de las Cuevas, o La hija del Greco dependiendo de quién mente el retrato. La pintura está en Glasgow, en la Pollock House. Hasta hoy, unos convencidos afirman que es de El Greco, otros dan la autoría a Sofonisba Anguissola.



La dama del armiño no viste armiño, sino piel de lince. El análisis que la especialista Carmen Bernis hizo de su vestido consiguió fechar con exactitud el retrato e hizo posible compararlo con otros de El Greco del mismo periodo (retrato de Dama con flor) y ver, como apunta la crítica de arte María Kusche, que "es inmensamente más suelta y pastosa que la del retrato de Glasgow..., no existe ninguno de los detalles minuciosos que se ven en La dama del armiño". La cara de la mujer es idéntica a la de la infanta Catalina Micaela en otros retratos realizados por Anguissola, y muy parecida a la de la niña de El retrato de la niña con el enano, que es (como la ha identificado María Kusche) Margarita de Saboya, hija de Catalina Micaela (una niña con rasgos casi adultos, como si la artista, que fue muy cercana a la infanta desde su nacimiento, pintara en su hija más que otra cosa el parecido con la adulta).

'La dama del armiño, Infanta Catalina Micaela'. Pollock House (Glasgow)

Las similitudes entre otros anguissolas y esta pintura no radican sólo en la modelo: otros retratos de Sofonisba, sobre todo los de su madurez, se le parecen sobremanera, en la composición y en la realización. Algunos de los biógrafos y estudiosos de El Greco tienen décadas de haber escrito que no confían en dicha atribución (Pita Andrade, en 1981, "negando algunos que sea de El Greco"; José Gudiol, en 1982; Fernando Marías, en 1997, entre otros). Es verdad que en el inventario de 1621 de El Greco se menciona Un retrato de mujer bosquejado -pero no parece responder a nuestra bella detallada-.

Es tan sencillo seguirle la pista a El coloso de Goya como difícil rastrear las andanzas de las pinturas de Sofonisba Anguissola. Podemos imaginar algunas viajando en la carga que José Bonaparte sacó de España, los tesoros saqueados al Palacio Real que fueron robados en el trayecto y que arribaron por casualidad a las manos del duque de Wellington, quien tuvo la intención de devolverlos, pero el ministro de España en Inglaterra rechazó su oferta, regalándole el "botín". De cierto podemos afirmar algunas cosas: un par de las pinturas de Sofonisba entraron al Ermitage con otras españolas, donde aún permanecen. Llegan ahí de la mano del banquero Coesvelt, de Amsterdam, quien vivió en España durante la guerra de Independencia y supo aprovechar las aguas revueltas para hacerse con la colección que vende a Alejandro I de Rusia.

Por lo menos dos obras más de Sofonisba corrieron otra aventura azarosa. Formaron parte de la galería española de Luis Felipe en el Louvre de París, adonde llegaron ya atribuidas a otros pintores: Retrato de una joven dama, que pasó por ser del Moro, de Bronzino y de Sánchez Coello (única pintura de Sofonisba Anguissola en exhibición permanente en Madrid, en el Museo Lázaro Galdiano, y, antes de regresar la autoría a su legítima hacedora), y La dama del armiño, que cosechó enorme admiración. Valga agregar que las falsas atribuciones en la galería española de Luis Felipe fueron muy comentadas en su época, aunque no las de Sofonisba. La galería española terminó su corta vida cuando el rey Luis Felipe fue depuesto, diez años después, y se le restituyó su colección ("estúpidamente", calificaría Baudelaire). El destronado la llevó consigo a Inglaterra, y a su muerte se subastó en Londres.

A mi parecer, también El Greco sale mal parado por la atribución de La dama del armiño. El Greco tiene indudables virtudes propias y una personalidad inconfundible. Al forzarlo a la comparación con esta pieza le han hecho tragar a su prestigio comentarios no siempre halagadores, como uno, absurdo, repetido por varios: El Greco distorsiona voluntariamente sus figuras y colores, para marcar distancia con Tiziano y hacerse de un estilo propio. Hubo quien afirmó que si no lo hiciera, hubiera sido un gran pintor..., ¡como lo comprueba La dama del armiño!

Pero no todo han sido pérdidas para El Greco con esta atribución, recibió grandes elogios por esta específica pintura: "Ejecución cuidadosa de una delicada introspección psicológica...", "entiende la psicología de las mujeres", "llamarle chef-d'ouvre no es exageración..., no ha habido una penetración más profunda que la presente en esta pequeña pintura en el enigma de la belleza femenina, jamás un pincel ha mostrado la noción de una manera más exquisita...". El inglés Stirling Maxwell (1818-1878), quien poseyera La dama del armiño, dijo: "Velázquez nunca lo sobrepasó". Este coleccionista, amante del arte español, tuvo ocho grecos provenientes de la galería Luis Felipe del Louvre: sería imprescindible rastrear cuál o cuáles otros son falsas atribuciones. Y, como dice Herbert Cook, también habría que buscar a Sofonisba en las colecciones españolas (quien cita a Argote de Molina, una mención, de 1582, de un retrato de Isabel de Valois en el Pardo, ¿tal vez la que se exhibe en la exposición del Prado Retrato del Renacimiento con la atribución a Sofonisba -aunque en la página web del museo se la atribuya a Juan Pantoja de la Cruz-).

Un detalle más en esta reunión de celebraciones de La dama del armiño es que Cézanne hizo una copia muy libre (basándose a su vez en una copia, no tan libre), y llamó a El Greco "creador del arte moderno". Valga recordarlo para preguntarnos: ¿cuál fue la huella de Sofonisba Anguissola en otros artistas? ¿Por qué se la borró? ¿Irritó al espíritu del XVIII y el XIX la memoria de una mujer exitosa, aristócrata, astuta, quien, desoyendo consejos y brincándose formulismos sociales, se casó a los cincuenta años con un hombre a quien le doblaba la edad, Orazio Lomellini, capitán del barco genovés que la sacó de Sicilia después de su primera viudez? -¿perdió al primer marido a manos de los piratas?-. ¿O su desaparición comenzó más temprano porque su amistad con Felipe II le había ganado envidias y rencores que quisieron cobrar factura a la muerte de la artista?

¿O esa melancolía que deambula en sus lienzos le jugó la mala pasada, causando un imán desviado (amarlos, ¿pero como si no fueran de ella, como si el gusto pasara por un proceso de despojo también melancólico)?

¿O es que Sofonisba Anguissola desapareció "naturalmente", devorada por artistas más apetecibles?

El hecho es que pelear atribuciones puede no ser un deporte banal sino algo realmente significativo. Es necesario rebatirlas o reconsiderarlas cuando construyen la imagen de algún artista, o más todavía, la historia de la pintura. Y se comprenderá más la naturaleza misma del arte, un gigante o coloso que a menudo, ¡alás!, nos da la espalda, no dejándonos verle el rostro.

Carmen Boullosa (Ciudad de México, 1954) acaba de publicar la novela La virgen y el violín (Siruela) sobre la vida de Sofonisba Anguissola

Carmen Boullosa: ¿Ser o no ser un Goya, o un Anguissola?, El País-Babelia, 2 de agosto de 2008

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