miércoles, 19 de marzo de 2008

"¿Se pueden hacer obras de arte que no sean obras de arte?"

"¿Se pueden hacer obras de arte que no sean obras de arte?". Más que un interrogante es la expresión de una vocación subversiva y provocadora que acompaña a una reproducción a gran escala de La Gioconda, retocada con bigote y perilla, a la entrada de la Tate Modern en Londres. La irreverencia corresponde a Marcel Duchamp y ejerce de invitación para explorar una exposición que el museo londinense dedica a una de las figuras que más ha influido en la noción del arte contemporáneo. La idea de la obra, su proceso creativo, prima sobre el mérito de su realización final. Y ése es el gran pilar de arte conceptual. El mismo que se traduce en las cotizaciones millonarias de Damien Hirst o Tracy Emin y que, pese a los vaivenes de las tendencias, sigue en plena vigencia. Así lo demuestran iniciativas como la del comisario de la próxima bienal de São Paulo, que ha optado por presentar un pabellón vacío, carente de obras en el no va más del conceptualismo.

La fuente (1917), de Marcel Duchamp

Mucho antes de erigirse en el signo de los tiempos, la obra de Duchamp supuso, hace casi un siglo, una radical ruptura de las convenciones. Con la complicidad, eso sí, de sus dos grandes amigos y colegas, Francis Picabia y Man Ray. A ese trío de vividores, unidos en el desprecio por el arte institucionalizado y, en general, por todo lo considerado "correcto", está consagrada la muestra de la Tate que, bajo el sencillo título Duchamp, Picabia, Man Ray, indaga en sus relaciones e influencias mutuas desde el corazón del dadaísmo y el movimiento surrealista, sin dejar de retener cada uno su singularidad. "No había rivalidad entre ellos, sino una cooperación genuina que les permitía pasarlo bien juntos a la vez que se comprometían en esos diálogos visuales", explica Jennifer Mundy, comisaria de la exposición (en Londres hasta finales de mayo y en el Museu Nacional d'Art de Catalunya, de Barcelona, desde el 19 de junio).

Duchamp es, sin duda, el genio del grupo, una imparable máquina de ideas y el primero que osó exponer en un museo vulgares objetos de la vida cotidiana bajo la etiqueta de de arte. Como el provocador urinario que decora esta página. Una pieza de porcelana que sacudió el establishment artístico del Nueva York de 1917. El autor francés lo presentó bajo el título La Fuente y la firma del fabricante del sanitario -R. Mutt-, elevándolo a la categoría de obra simplemente porque el artista lo proclamaba como tal. Ese urinario, transformado en escultura moderna, es el paradigma de sus readymade y trastocó para siempre el lazo entre el trabajo del artista y el valor de la obra, que desde entonces podía hacerse con cualquier cosa y tomar cualquier forma. Lo que entonces supuso un ultraje devino en símbolo: recientemente, un panel de quinientos expertos del mundillo votaba a La Fuente como la pieza de arte moderno más influyente.

En cuanto a la "pequeña ayuda de los amigos" (si se permite parafrasear a los Beatles) la muestra sitúa las obras de los tres en el contexto de la amistad que les inspiró y que, en un caso inusual en el mundo del arte, se mantuvo. Francis Picabia, nacido en el seno de una opulenta familia de origen cubano, era una treinteañero de vida disoluta cuando en 1911 conoció a Duchamp. Pese a lo diferente de sus contextos y al carácter más cerebral de este último, la química fue inmediata. Cuatro años más tarde, el espíritu aventurero del americano Man Ray se sumaba a la ecuación artística.

Uno de los nexos era la obsesión por el sexo, que refleja la fuerte carga de erotismo en muchas de las obras expuestas, empezando por las vírgenes, novias y viudas de Duchamp. El recorrido pierde brío en la etapa de la prematura retirada de Duchamp, que decidió consagrarse a sus textos filosóficos y a su gran pasión, el ajedrez, inmortalizada en un filme de René Clair, Entr'Acte, que completa la exposición.

Patricia Tubella, Marcel Duchamp sí tenía razón, El País, 19 de marzo de 2008

Absoluta contemporaneidad


Al margen del interés que Man Ray, Francis Picabia o Marcel Duchamp, reunidos en la Tate Modern, puedan tener individualmente, lo que interesa aquí es el subtítulo de la exposición: El momento en que el arte cambió para siempre. En efecto, la prodigiosa década de la primera gran guerra supuso un cambio radical de lo que hasta entonces se había entendido como obra de arte y práctica artística, aunque estos cambios no se reflejarían de manera clara y fueran percibidos por el gran público hasta muchos años después. Justamente tras la segunda gran guerra y de la mano de una nueva generación de artistas surgidos en Estados Unidos, el país que la había ganado para convertirse en la nueva superpotencia mundial.

De los tres artistas, vistas sus trayectorias con la perspectiva que casi nos da un siglo después de ese "momento" decisivo para el arte, sin duda Duchamp se nos antoja hoy el más complejo de todos ellos. El gran visionario cuya influencia se ha dejado ver más, se ha sentido de manera seminal en el arte de la segunda mitad del siglo XX y que hoy interesa más a generaciones de jóvenes artistas, que, sin saberlo o no, siguen la estela marcada por Duchamp. Con él, la obra de arte dejó de ser un "producto" para ser un "proceso", en el que el espectador se convertía en coautor de la obra con el propio artista. En sus readymades, creados entre 1915 y 1923, Duchamp utiliza objetos prefabricados, ensamblajes, imágenes alteradas e instalaciones intentando crear una nueva categoría de arte para provocar al espectador a participar en la obra y reflexionar sobre ella. Para Duchamp el arte sucede en el punto de encuentro entre la idea del artista y la respuesta del espectador. En 1917 presenta su readymade más conocido, La Fuente. Escribió sobre esta obra: "Si el señor Mutt hizo o no con sus manos la fuente no tiene importancia. Él la eligió. Él tomó un objeto ordinario y lo situó de tal manera que su significado cotidiano desaparece bajo un nuevo nombre y un nuevo punto de vista, creando un nuevo significado para este objeto".

Lo que hace a Duchamp irresistible para las nuevas generaciones de artistas, como lo fue para Andy Warhol, otro visionario de la contemporaneidad, es esa especie de transformismo que hace al artista travestirse en obra de arte y al espectador ser protagonista de esa transformación.

José Guirao Cabrera (director de
La Casa Encendida de Madrid), Absoluta contemporaneidad, El País, 19 de marzo de 2008

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