domingo, 16 de agosto de 2009

En la riqueza y en la pobreza... Acerca de la arquitectura de nuestro tiempo

El espejismo del exceso se ha volatilizado frente a las evidencias de la crisis económica global. Nos hallamos ahora ante la necesidad y obligación de afrontar la reflexión acerca de las razones que nos han abocado a este estado en que corroboramos que el desenfreno y el despilfarro han sido productores de una suntuosa vacuidad material e ideológica.

Por sentido común. La constatación de la necesidad de un cambio real y trascendente (que no sea otro mero capricho de consumo enmascarado), de afirmarnos desde una postura de reacción (citando a Jean Baudrillard) que nos haga «abandonar la idea recibida según la cual una sociedad de la abundancia es una sociedad en la que se satisfacen fácilmente todas las necesidades materiales y culturales», dejar atrás esa disfuncional «lógica social que nos ha condenado a una carestía lujosa y espectacular», impone la búsqueda de una solución de sentido común no sólo para resolver esa urgencia inmediata de reformular y racionalizar nuestras actitudes de consumo desde una sensibilidad que abandona sus fundamentos de satisfacción hedonista para pasar a sustentarse en una fórmula ética que revierta la esterilidad que ahora comenzamos a ser críticamente capaces de reconocer en las estructuras de esa época del hiperconsumo y sus producciones.

Las señales de reacción contra este estado llevan tiempo latiendo, y las reflexiones que su toma de conciencia nos permite no deben quedarse en impostados mea culpa, sino en reconocer y desentrañar cuáles son los nuevos modelos y experiencias que, dentro de este contexto, evidencian la gestación de un incipiente paradigma de comprensión y expresión de la realidad que tome distancia de la ficcionalización en que la ha sumido el delirio del exceso.

Estamos en un tiempo de cuestionamientos, pero, simultáneamente, de creación de soluciones, que se funda en la reversión absoluta de lo que el término «escasez» ha estado significando: súbitamente, la escasez se transforma en el principio propositivo que contiene el potencial a partir del cual articular conceptos verdaderamente activos en la construcción de la sociedad presente. Ésta idea ha sido el eje del seminario Creatividad en la escasez, celebrado el pasado 9 de julio en Palma de Mallorca y organizado por la Fundación Arquitectura y Sociedad www.arquitecturaysociedad.com), que dirige José Tono Martínez: se trataba de analizar si éste enfrentamiento a la austeridad -y la carga de dificultad e incertidumbre que conlleva- representa la posibilidad de producir soluciones transformadoras (y regeneradoras) para la sociedad contemporánea que abran verdaderamente un nuevo horizonte para el siglo XXI. ¿Decrecer para progresar positiva y coherentemente?

Por un debate enriquecedor. Recientemente, en la celebración del Primer Campus Utzama, la Fundación dejó patente su vocación de promover un debate enriquecedor y basado en la pluralidad de opiniones sobre el estado del presente entre los agentes comprometidos en su formulación. En esta ocasión, y dirigido por el ensayista Vicente Verdú, el seminario reunió cuatro intervenciones planteadas desde diferentes ámbitos de reflexión que convergieron en una mesa de debate moderada por el arquitecto Francisco Mangado. Analizando cómo la entrada en «una civilización en donde lo artificial ordena las relaciones entre la Naturaleza y la cultura, y borra la relación entre el sujeto y el objeto, así como todas las obligaciones antaño asociadas a la alienación económica, social o religiosa», en la que cualquier elemento vital y cultural será «ajustado al nuevo orden de las imágenes y de su difusión masiva y sin control», el sociólogo francés Patrick Tacussel reconoce un desafío con capacidad subversiva que «incita a explorar los caminos de una creatividad hasta ahora desconocida». El catedrático de Historia del Arte Juan Antonio Ramírez proponía una lectura alternativa a la Historia del Arte desde una aproximación pauperista para exponer cómo frente a los lujos desaforados, durante los siglos ha vibrado una tendencia hacia la «austeridad, el despojamiento y la búsqueda de soluciones baratas» que evidencian que «la creatividad ha sido a menudo compatible con lo precario».

Mediante una intervención que ahondaba en el estado de la cuestión en torno a la creatividad y responsabilidad arquitectónica, la arquitecta Inés Sánchez de Madariaga presentó una ponencia en la que proponía que «para mejorar la calidad de los espacios urbanos se hace preciso reconsiderar la calidad y los procesos de aprendizaje de esa otra arquitectura doméstica y cotidiana que ahora consideramos como menor, y que debería ser pensada también como mayor de pleno derecho», lo cual exige «ciertos cambios en las prácticas habituales de las instancias de reconocimiento y consagración profesional». Aseverando este enfoque, es preciso reconocer que es evidente, aunque algunos se nieguen a aceptarlo, que el modelo arquitectónico existente se ha colapsado por insostenible y anacrónico.

Acumulación de desechos. Muchos se muestran aún reacios o incapaces de abandonar la era postmoderna (ahora camuflada tras la hipertecnología), que, pese a esa evidente necesidad de transformación profunda que nuestra civilización exige, mutó en la construcción de edificios icónicos sin ningún tipo de sentido ni convicción, lo que ha generado una profusión de deshechos en los últimos años en su obsesiva arquitectura de grandilocuencia, y el sueño, recurrente y persistente en casi todos los arquitectos, de lograr materializar un icono.

En este sistema del exceso, esa arquitectura considerada «mayor», se ha negado a aceptar y ha despreciado la arquitectura ordinaria; ha quedado en manos de toscos constructores, que sólo han aspirado a lucrarse con ella sin tener en cuenta al individuo. Esa propuesta de revaloración de la arquitectura ordinaria o «menor», que hasta ahora había sido vulgarizada, mientras los arquitectos ponderaban y sacralizaban la extraordinaria y su vocación totémica, supone la recuperación de una sensibilidad consciente hacia el papel de la arquitectura como auténtico agente creador en la construcción del escenario social, operando desde el pragmatismo, y acatando en toda su profundidad la necesidad, complejidad y esfuerzo del acto creativo vinculado al buen hacer y al potencial de las herramientas tecnológicas contemporáneas como expresión de la emergencia de un nuevo modelo humanista.

Fredy Massad, En la riqueza y en la pobreza, ABCD las Artes y las Letras, nº 923, 25 de julio de 2009

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