martes, 11 de agosto de 2009

Sobre las murallas de Ávila: Cal, arena y 1.000 años más

Sillares de granito, cal y arena. Esto es todo lo que se necesita para construir un edificio sólido, seguro y, sobre todo, resistente al paso del tiempo. En la sencillez de esta receta constructiva hoy abandonada se puede encontrar el alma de la muralla de Ávila, la mejor conservada de toda Europa tras 900 años de existencia, que afronta estos días diversos trabajos de conservación para seguir viendo pasar los siglos por sus adarves, lienzos y torreones.

Ejemplo clásico de la arquitectura defensiva medieval, los más de 2.500 metros de su perímetro y su excelente estado de conservación la convierten en un caso único. Sin embargo, como ha ocurrido prácticamente desde que finalizó su construcción, datada según distintas fuentes entre finales del siglo XI y mediados del XII, la muralla sigue necesitando defenderse de sus enemigos, que ya no son los ejércitos de Al Andalus sino el agua de lluvia, el paso del tiempo e incluso, pese a tratarse de Ávila, la polución. Y estos no descansan nunca. Por ello, y tras un periodo de relativo abandono por parte de la Administración, el Estado, que es el titular del monumento, ha invertido casi cinco millones de euros desde 2005, no sólo procedentes del 1% Cultural -porcentaje del presupuesto de la obra pública que debe destinarse por ley a la conservación del patrimonio histórico- sino también en el marco de actuaciones de emergencia para evitar problemas concretos como derrumbes o desprendimientos de piedras.

La última de estas obras de emergencia fue aprobada el pasado 24 de julio por el Consejo de Ministros, que decidió destinar 400.000 euros para la restauración del cubo (torreón) 73, en la cara sur del recinto, ya que la base de roca donde se asienta se estaba fragmentando, y de varios lienzos (segmentos de muro entre cubos) en la zona norte. En cualquier caso, el arquitecto José Ramón Duralde, que ostenta la dirección facultativa de la mayoría de las actuaciones de conservación y restauración realizadas en los últimos años, recuerda que el recinto abulense es "la muralla de esta importancia que presenta mejor estado de salud", ya que, aunque tiene restauraciones -sobre todo en las almenas, uno de los elementos que más sufre con el paso del tiempo-, "no han sido excesivas y casi todo lo que se ve es auténtico".

El agua, el principal enemigo

"La necesidad de conservación es permanente en la muralla de Ávila, como en cualquier monumento, si no queremos tener que acudir a grandes transformaciones, con la consiguiente pérdida del patrimonio histórico", señala el arquitecto. En este sentido, Duralde destaca que, al margen de obras de emergencia, la principal amenaza para la muralla es el agua de lluvia, por su capacidad para filtrarse al interior del muro cuando el rejuntado de mortero de cal y arena que une los sillares externos se debilita. "Donde no hay rejuntado el muro es como una esponja", agrega. Así, una vez que el mortero de cal y arena pierde fuerza, empiezan a caer las piedras ripias (pequeñas piezas que hacen de cuña entre los grandes sillares) y el agua llega al interior del muro, entre las dos pieles que forman sus caras exteriores. La acción del agua acaba debilitando el núcleo del muro, que tiene un grosor de dos a cuatro metros según las zonas y está formado por un relleno constituido por mampostería unida por morteros pobres de cal, y en ocasiones por simple tierra, provocando que los forros exteriores de piedra se abomben. Si no se actúa, el proceso culmina con el derrumbamiento de la estructura, lo que ha ocurrido en algunos cubos de forma parcial a lo largo de la historia.

Para cerrar el paso al agua, lo mejor es utilizar el mismo elemento que da cohesión a la muralla: el clásico mortero de cal y arena. Se trata de una argamasa que, según Duralde, no ha cambiado mucho a lo largo de los siglos y que, en casos como este, es lo ideal. "Un buen mortero de cal dura muchísimo y va adquiriendo dureza con el tiempo, mientras que el cemento, al impedir el paso del vapor de agua desde el interior del muro, retiene la humedad en su interior, acelerando el deterioro", explica Duralde. Además, el cemento contiene gran cantidad de sales que, arrastradas por el agua, cristalizan y fracturan la piedra.

Rocas sanas

Por otro lado, la gran calidad de la piedra de granito de la que está hecha la muralla es su principal aliada. "Tanto los sillares como los ripios son rocas muy compactas que están sanas por dentro", señala Rosa María Reguilón, geóloga de la Universidad de Salamanca que también trabaja en la muralla junto con técnicos del Ayuntamiento de Ávila y el equipo de Duralde. Asimismo, el hecho de estar asentada sobre roca natural impide que haya cesiones del terreno que pongan en peligro su integridad, según apunta por su parte Ángel Hernández, miembro de la junta directiva del Colegio de Arquitectos de Ávila. "Es material de primera calidad", sostiene Hernández, que destaca también que su posición sobre un cerro le hace ganar un mayor protagonismo y belleza que en el caso de otras cercas construidas en llano, como las de León. "Lo que crea una mayor emoción estética es su implantación en el paisaje", resume.

Las fracturas en la roca madre que sirve de base al monumento, y que es además el origen de muchos de sus sillares de granito, suponen otro riesgo para su integridad. Las grietas se deben a la acción del hielo y pueden provocar la pérdida de parte de la base, como ha ocurrido en el citado cubo 73, recién restaurado. "Lo que hemos hecho ha sido sujetar bien las distintas partes de la roca que están empezando a trabajar de manera distinta mediante cosidos con varillas de acero inoxidable con el fin de que la piedra vuelva a funcionar como una sola pieza", añade Duralde. En este caso, además, ha sido necesario agregar piezas para recuperar el volumen perdido, si bien de forma que no se aprecie a simple vista la diferencia. El director de las obras tiene claro cuál debe ser el espíritu de estas actuaciones: "No engañamos a nadie; ese trocito de roca lo hemos hecho nosotros; pero tampoco debe ser lo primero que llame la atención porque el protagonismo hay que dárselo al monumento, no a la restauración".

Otro ejemplo de obra de emergencia fue la llevada a cabo entre 2007 y 2008 en la espadaña del Carmen, uno de los elementos más emblemáticos de la muralla. En este caso, se descubrió que este campanario se estaba inclinando y corría riesgo de derrumbe, ya que se asentaba en parte en el relleno del muro, que ahí estaba formado por tierra húmeda. Como indica el arquitecto, se desechó la posibilidad de ponerla derecha, ya que era una obra compleja y cara, y se optó por sujetarla en su actual posición mediante unos tirantes de acero.

La contaminación es otro de los enemigos a batir. Como señala Reguilón, este problema puede aparecer sobre todo en uno de los tipos de granito de la muralla, de color gris oscuro, cuya composición, rica en anfíboles y micas, hace posible que aparezcan planos de exfoliación debido a las sales generadas por la polución.

Por otro lado, los trabajos en la muralla son también un ejemplo de coordinación entre administraciones de distinto signo político, ya que el Ayuntamiento, del PP, es el primero en avisar al Gobierno socialista cuando percibe, con ayuda de los bomberos de la ciudad, que hay algún problema que requiere remedio inmediato, como la caída de ripios, que puede poner en peligro a los propios viandantes. "Si no se puede esperar, el Ayuntamiento actúa de emergencia y luego pide la restauración al Ministerio", señala Rosa Ruiz, arqueóloga del Consistorio abulense, que advierte que, "en cuanto se caen tres ripios, las piedras grandes se van también".

Quejas de los ecologistas

Sin embargo, no todos están conformes con la forma en la que se desarrollan los trabajos. Es el caso de la Sociedad Española de Ornitología (SEO/BirdLife), que remitió una queja al Ayuntamiento el pasado 28 de julio al entender que las actuaciones de conservación de la muralla están perjudicando a la importante población de vencejos que anida en las oquedades entre los sillares. Así, los ecologistas reclaman que se paren las obras entre abril y agosto, coincidiendo con el periodo reproductor de estas aves, y critican que los nidos artificiales que se dejan en las zonas restauradas no son suficientes.

Los responsables de las obras aducen la dificultad de trabajar sólo en invierno, con el problema que suponen las bajas temperaturas para el fraguado de los morteros, y sostienen que se están instalando suficientes nidos. Tal como se puede apreciar en estas áreas, las actuaciones incluyen la introducción entre los sillares de un vaso de cerámica que hace de nido, cuya boca se obtura parcialmente con mortero para aumentar su atractivo para los vencejos.

Polémicas aparte, tanto los arquitectos como el resto de los profesionales involucrados en la conservación del monumento están seguros de que, si las actuaciones se mantienen al ritmo actual, habrá murallas para muchos años más. "Esperemos que dure por lo menos 300 años más; aunque ojalá durara otros 1.000", indica Reguilón, coincidiendo así con Duralde: "Espero que la muralla dure todos los miles de años que haga falta, pero para eso es inevitable mantener en el tiempo la labor de restauración".

Antonio González, Madrid: Cal, arena y 1.000 años más, Público, 9 de agosto de 2009

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