sábado, 10 de mayo de 2008

La seducción del racionalismo: Viollet-le-Duc

Entre el racionalismo y la poesía, entre estructuras constructivas y excusas orgánicas, entre la historia, la arqueología y el futuro, construyó y proyectó teóricamente su presente laico, materialista y positivista a ratos, Eugéne Viollet-le-Duc (París, 1814-Lausanne, 1879), uno de los más importantes pensadores e historiadores de la arquitectura del siglo XIX y con una llamativa influencia, no siempre bien apreciada ni correctamente identificada, en la arquitectura racionalista -aunque también en la ambiguamente denominada «orgánica»- del siglo XX, lo que explicaría su presencia teórica en arquitectos tan distantes como Berlage o Behrens, Wrigth o Le Corbusier, Mies van der Rohe o Gaudí, por sólo señalar algunos. Arquitecto y restaurador de edificios medievales y góticos en Francia, su memoria está hoy convencionalmente vinculada al neogótico decimonónico y a sus diferentes lecturas morales, políticas, nacionalistas, estéticas o religiosas y, sobre todo, a su actividad de arquitecto restaurador de importantísimos edificios civiles y religiosos en Francia, especialmente góticos.

Sin negar lo clásico. Su actividad como arquitecto restaurador, por la que consiguió buena parte de su prestigio, fue también la razón de su descrédito posterior al practicar una restauración imitativa que acababa convirtiendo los edificios góticos y medievales en ejemplos de un nuevo estilo teórico y atento a principios racionales que estaban por encima de la historia, falsificando así la misma memoria que pretendía restituir. Más que la verdad moral o religiosa del gótico, tal y como la habían teorizado y defendido algunos de sus contemporáneos británicos, de Pugin a Ruskin, Viollet-le-Duc identificó en ese estilo una verdad laica y estructural que había acabado, según él, por dar razón de todos los elementos formales de la arquitectura, incluida su ornamentación.

Es esa identificación de principios racionalistas que pudieran confirmar la relación estrecha entre construcción y lenguajes arquitectónicos, materiales y formas, la que le llevó a apreciar otros momentos de la historia de la arquitectura, especialmente el de la arquitectura griega, separándose así, y no sólo ideológicamente, de sus colegas ingleses, que negaban lo clásico por pagano y anticristiano y que, como ocurría con Ruskin, pensaban que era mejor estar muerto que restaurado -promoviendo así una poética de las ruinas conservacionista y romántica-, aunque coincidiese con ellos en otras cuestiones como el nacionalismo implícito en su defensa del gótico. Se trata de aspectos sustanciales de su teoría arquitectónica que son puestos de relieve en el magnífico ensayo introductorio que Francisco Jarauta ha escrito para esta cuidada traducción de una de las obras fundamentales de Viollet-le-Duc, como son los Entretiens sur l'Architecture, comenzados a publicar en 1858 y reunidos en dos gruesos y vivos volúmenes en 1863 y 1872, que son los que ahora se publican con el título de Conversaciones sobre la Arquitectura, en imprescindible edición del Consejo General de la Arquitectura Técnica de España.

Nuevos materiales. Prolífico tratadista de libros teóricos, arqueológicos e históricos, en sus Conversaciones compendió no sólo una teoría de la arquitectura racionalista, deducida de sus análisis históricos, sino toda una forma de entender el proyecto en la arquitectura de su tiempo, atendiendo a las nuevas condiciones materiales y sociales del desarrollo industrial decimonónico. Su obra y sus aportaciones sólo son comparables, en su repercusión posterior, a las de su contemporáneo Gottfried Semper, tan distante, sin embargo, en sus conclusiones. Y todo esto más allá de su simplista y reductora adscripción al neogótico europeo, como prueban además algunos de los complejos y contradictorios proyectos modernos que ilustran sus convicciones en las Conversaciones. En términos cronológicos, se movió entre la tradición clásica y la romántica, entre historicismos y eclecticismos, aunque muy pronto comenzó a identificarse y a identificar la «esencia» de la arquitectura con la que suponía había sido la más feliz adecuación histórica entre construcción, estructura y forma, es decir, con la arquitectura gótica, la, para él, verdaderamente racionalista y paradigma, por tanto, de los nuevos métodos que la arquitectura habría de seguir en su propio presente y en el futuro, atendiendo al uso de los nuevos materiales de construcción, especialmente al hierro, fundido o colado, combinado con la dignidad de otros como la piedra, el ladrillo, el cristal o la madera, estableciendo incluso analogías con barcos y locomotoras, símbolos del progreso industrial, racional y social, lo que, por otra parte, no había sido infrecuente considerar en su época, de James Fergusson a Prosper Mérimée, que le protegió y apoyó en el período en el que fue Inspector General de Monumentos Históricos.

En la historia de la arquitectura, pero no sólo en la gótica, sino también en la griega y la bizantina, buscó principios constructivos que dieran razón de la estructura de la arquitectura y de sus lenguajes, no sólo con el fin de atender a la conservación y restauración del patrimonio arquitectónico, sino también con el de proponer la opción adecuada para el siglo XIX, no necesariamente neogótica, a pesar de lo que es habitual pensar. La arquitectura gótica, sin embargo, era para él sinónimo no sólo de trabajo colectivo, sino expresión de una época en la que la estructura constructiva lógica y racional había sido secundada con un aparato de soluciones formales y de lenguajes tan precisos que parecían la consecuencia lógica de su propia racionalidad mecánica, atenta tanto a la planta como al alzado.

Greco-gótico. Se trata de convicciones que, en su ambigüedad, tuvieron la virtud de convertirse en principios tanto para la restauración de la arquitectura del pasado, de cualquier pasado, aunque su experiencia fundamental tuvo que ver con edificios góticos, tanto civiles como religiosos, del château de Pierrefonds a Notre-Dame de París, la iglesia de La Madeleine en Vézelay o Saint-Sernin en Toulouse, entre otros muchos, como para proyectar el estilo propio de su época, pendiente de las consecuencias estructurales de la incorporación de nuevos materiales industriales a los tradicionales, pero siempre respetando el equilibrio, la identidad racional y lógica de que lo que estuviera cumpliendo funciones estructurales y constructivas debería ser representado en su verdad fenomenológica, de apariencia de verdad. Principio racional y funcional que comenzó, como es sabido, a ser moneda corriente ya en el siglo XVIII, de Fremin o Cordemoy a Lodoli o Laugier, cuando se buscaba incluso una ideal conciliación greco-gótica para la arquitectura que uniera la ligereza, la transparencia y la racionalidad del gótico con la belleza de las formas de la arquitectura griega.

Es cierto que en casi todos los casos mencionados, como restaurador y teórico fundamentalmente, Viollet-le Duc fue contestado y debatido y, sin embargo, sus teorías y propuestas no han dejado de contaminar e influir hasta nuestros días, no sólo en esos ámbitos, sino en los propios de la historia de la arquitectura y en los que contemplan intensamente la necesaria relación entre estructura y forma en la arquitectura. De ahí también, la enorme importancia de esta traducción y su oportuna publicación para poder seguir «conversando» sobre arquitectura.

Delfín Rodríguez, La seducción del racionalismo, ABCD Las Arte y Las Letras, nº 848, 3 de mayo de 2008

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