sábado, 15 de mayo de 2010

Félix de Azúa y las pantallas acabaron con los crucifijos

Una autobiografía puede ser colectiva. Una autobiografía puede carecer de anécdotas. Con una autobiografía se puede recorrer la historia del arte. Para conseguirlo Félix de Azúa (Barcelona, 1944) ha echado mano de los signos, esa cadena genética a la que permanecemos amarrados desde nuestro nacimiento, y ha montado una revisión de las imágenes que forman parte de nuestro ser. Autobiografía sin vida incide en que las artes son un desesperado intento por producir sentido a nuestras vidas. "Los signos nos permiten soportar lo insoportable", cuenta el autor.

Así que el arte representa el mundo como si algo tuviera sentido. Incluso el arte contemporáneo, en su discurso sobre el propio absurdo al que se somete el ser contemporáneo. Si nada tiene sentido, si el arte representa lo que somos, "cuando alguien critica al arte contemporáneo como una tomadura de pelo o un fraude, no entiende que el fraude somos nosotros", apunta.

El escritor y filósofo define los signos como la parte íntima, oculta y secreta de nuestro ser. Esa en la que quedan encerradas las imágenes que nos dan forma, como a él y a los de su generación les ocurrió con el crucifijo. "Si le pregunto a mi propia experiencia, el objeto visible más insólito que domina la segunda mitad del siglo XX en España era el crucifijo y la galaxia de signos menores a él añadidos", en oposición a las generaciones más jóvenes, que tienen en la pantalla su signo inalterable, tal y como explica.

"Mi generación lo ha visto todo a través de la cruz, las nuevas generaciones lo ven todo a través de la pantalla. Lo que no cae dentro de la pantalla no se entiende", reflexiona el autor para aclarar que si no está en la pantalla no existe.

Artefacto narrativo

El texto, que llegó a la editorial como ensayo, ha sido publicado en la colección de narrativa de Mondadori, porque el autor considera que no es un manual de arte. De hecho, el repaso historiográfico no es más que una excusa para ensayar una fórmula narrativa en la que el autor de la autobiografía desaparece, como una vuelta de tuerca más al género tan en auge. De esta manera, Azúa arranca con las pinturas rupestres de las cuatro cabezas equinas de las cuevas de de Chauvet (Francia) de hace 30.000 años, y llega hasta La muerte de James Lee Byars, una performance de 1994 en la que el propio Byars protagonizó la acción con su muerte.

En su visión sobre los signos de la actualidad, Félix de Azúa cree que el arte se ha convertido en un rito religioso: "Ves a mucha gente que se trata con el arte como los antiguos con los rituales religiosos. Antes iban a misa, ahora van a los museos". Dice que la religión, el arte y la ciencia han servido para cerrar la herida que es el ser humano, pero que "la religión ha pasado a la Historia, no existe".

"Lo que importa es que el Estado no toma en consideración a Dios aunque haya gente que siga creyendo que existe. Lo único real es el Estado", así que el arte se ha enredado con la ciencia y "se ha convertido en un arte tecnológico". "No sabemos qué pasará, pero el arte se está suicidando para acabar con la tradición es el primer arte democrático de la Historia. Y como tal tiene todos los componentes de la democracia. Cualquier cosa es arte, todo es arte, lo puede hacer cualquiera".

P. H. R. MADRID: Y las pantallas acabaron con los crucifijos, Público, 14 de mayo de 2010

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